El Día del Juicio

Este espacio reúne artículos de análisis y opinión sobre derecho, instituciones y vida pública. La mayoría de los textos abordan cuestiones políticas y jurídicas vinculadas al contexto mexicano.

Ocasionalmente, el autor comparte también experiencias o reflexiones personales sobre asuntos más generales, cuando considera que estos pueden iluminar, desde otro ángulo, los temas que aquí se discuten.

Luis Villegas Montes Luis Villegas Montes

LA MISOGINIA DE SANTIAGO DE LA PEÑA GRAJEDA, EXHIBIDA POR ÉL MISMO EN TRES MINUTOS.

A Santiago de la Peña Grajeda le bastaron unos tres minutos.

No necesitó un discurso, ni una conferencia de una hora, ni uno de esos documentos redactados por asesores donde cada palabra ha sido desinfectada previamente hasta perder cualquier vestigio de espontaneidad. Tres minutos.

Tres minutos, a veces, como ahora, son suficientes.

Andrea Cecilia Domínguez Anguiano presentó ante la Comisión Estatal de los Derechos Humanos una queja que reúne 145 hechos ocurridos a lo largo de más de cuatro años, con solicitud de medidas de protección y señalamientos sobre posibles actos de intimidación, persecución, vigilancia y otras afectaciones a sus derechos. Entre las personas mencionadas aparecen Santiago de la Peña Grajeda y Alberto de la Peña, su hermano.

No había, por tanto, demasiada dificultad para comprender la gravedad institucional del momento: una mujer denuncia, un alto funcionario aparece mencionado, su hermano también, la Comisión de Derechos Humanos apenas comienza a conocer el asunto; era una magnífica ocasión para la prudencia.

Y Santiago de la Peña prefirió sonreír.

No voy a interpretar el gesto. No hace falta. Él mismo lo hizo visible: «Perdón que me sonría»; por mí, aceptada la disculpa, pero veamos qué ocurrió después: porque una sonrisa no prueba nada, puede obedecer a nerviosismo, incredulidad, incomodidad o mala digestión; lo interesante empieza cuando la sonrisa encuentra compañía. Y halló bastante.

El secretario declaró que había revisado la queja; los medios consignan su expresión: «lo que yo pude leer» y luego negó haber girado instrucciones a Andrea y sostuvo que la Secretaría General de Gobierno carece de atribuciones para administrar la Feria; añadió una frase destinada, supongo, a dejar perfectamente claro el asunto: «Yo no tengo ni tiempo ni facultades para administrar una feria».

Las facultades son asunto jurídico y el tiempo es asunto suyo; empero ya que él decidió introducirlo, examinémoslo: el hombre que no tiene tiempo para asuntos de la Feria sí tuvo tiempo para revisar una queja de 145 hechos relacionada precisamente con la Feria, formarse una opinión sobre ella y comparecer ante los medios para descalificarla.

Es decir, de aquella lectura aparentemente minuciosa, Santiago de la Peña no extrajo públicamente una exhortación a esclarecer las acusaciones, ni una preocupación por garantizar la seguridad de la denunciante, ni la conveniencia de guardar particular distancia respecto de un asunto en el que aparece mencionado su hermano. No, su preocupación pública fue otra: mirar quién patrocinaba jurídicamente a Andrea; expresamente sostuvo que al advertir quién se encontraba detrás de la representación legal de la denunciante, el argumento perdía sustento o «se caía por sí mismo».

Confieso mi fascinación. Ciento cuarenta y cinco hechos sometidos a una nueva regla probatoria: mire usted al abogado, fíjese en él, porque si no le gusta el abogado, quizá los hechos se evaporen. Lo relevante no es la mujer que denuncia persecución, acoso e incluso hechos cuya gravedad pide investigar bajo el parámetro de tortura, sino, el tipo chaparro, prieto, trompudo y panzón que la representa (o sea yo). Desconocía semejante innovación.

Además, el secretario todavía tenía preparada una pequeña exquisitez lógica: porque ese abogado cuya presencia parecía poseer fuerza suficiente para debilitar una queja entera resultó ser, al mismo tiempo, un personaje tan insignificante que De la Peña tuvo dificultades para recordar siquiera su nombre: «Villegas... perdón... Villegas Montes»; algo así. O sea, el secretario no sabe cómo me llamo, pero sabe que mi nombre —el que no recuerda— explica por qué habría que desconfiar de Andrea. Soy irrelevante y decisivo a la vez. Una verdadera hazaña. Aristóteles se quedaría turulato.

El detalle sería muy cómico si no revelara algo bastante menos divertido: porque yo no soy el verdadero destinatario de la operación. Andrea sí lo es; porque cuando Santiago de la Peña llama la atención sobre «quién la patrocina», la descalificación no termina en el abogado (o sea yo). Ahí empieza, porque el razonamiento funciona directamente contra ella: Miren quién está detrás de esa mujer; y en ese instante ocurre algo que merece ser observado con atención.

Andrea empieza a desaparecer, había presentado una queja, había asumido personalmente una acusación, había descrito 145 hechos, había acudido a un organismo constitucional, había solicitado protección, pero, ante la respuesta del secretario, de repente lo interesante deja de ser lo que ella afirma.

Lo interesante pasa a ser qué hombre está detrás de ella. Ése es el punto. A mí, Güicho Villegas, no me ofende ni me minimiza que no se acuerde de mí; eso sería una vanidad y, además, un asunto insignificante.

La minimización del abogado es el instrumento empleado para disminuir a la mujer: ahí aparece la misoginia que da título a estas líneas; y no utilizo el término para adivinar qué siente Santiago de la Peña por las mujeres ni para practicar psicoanálisis político de sobremesa, no, no, no; hablo de algo observable en su discurso: una mujer formula una acusación en nombre propio y el funcionario responde buscando al hombre que permita explicar, desacreditar o relativizar su voz.

Ella deja de ser sujeto y se convierte en intermediaria; no habla porque tenga algo que denunciar; habla porque alguien está detrás de ella; no decide, es patrocinada; no acusa, es utilizada; es decir, la antigua operación de siempre: ante una mujer incómoda, buscar al hombre que supuestamente la maneja. Eso es lo verdaderamente revelador de esos tres minutos.

Y hay más.

De la Peña quiso establecer una gran distancia entre Andrea y él; aseguró que no existía relación personal ni relación laboral entre ambos; muy bien, pero inmediatamente añadió que Andrea, «en algunas ocasiones», acudía a la Secretaría General de Gobierno buscando determinados apoyos o respuestas y que «la respuesta siempre fue» que aquello no era competencia suya. Aquí resulta interesante la gramática.

«En algunas ocasiones», «Iba», «Siempre». Esas expresiones no describen exactamente a dos personas que jamás tuvieron interlocución.

Naturalmente, esas expresiones no prueban que Santiago de la Peña haya impartido las instrucciones que Andrea afirma, pero sí prueban algo infinitamente más sencillo: sí hubo trato reiterado aunque él procure, sin sonrojos, presentarlo como irrelevante.

De modo que, en pocos minutos, la arquitectura del discurso empieza a mostrar una curiosa regularidad: Con Andrea, prácticamente ninguna relación, aunque haya ido varias veces a verlo; con la Feria, ningún tiempo para ocuparse de ella, aunque sí tiempo para revisar la denuncia y pronunciarse sobre ella; con el abogado, tan irrelevante que apenas recuerda el nombre, pero tan relevante que su identidad derrumba el argumento; con la queja, tan endeble que merece una sonrisa, pero tan importante que merece respuesta inmediata ante los medios.

Todo disminuye o crece, se acepta o se niega, se admite o se refuta, según convenga al argumento del minuto; sin embargo, hay un elemento que vuelve especialmente delicada toda la escena: Alberto de la Peña Grajeda es hermano de Santiago de la Peña y aparece mencionado en el asunto. Un hermano puede ser inocente, por supuesto, y el parentesco no demuestra absolutamente nada; precisamente por eso la salida institucional era sencillísima: «que investigue la Comisión», «colaboraré», «entregaré cuanto se me solicite», «no prejuzgaré», «por estar mencionado yo y por encontrarse involucrado mi hermano, seré particularmente cuidadoso» o «la denunciante debe contar con todas las garantías para su protección y defensa»; podía haber negado cada palabra de la queja y, simultáneamente, sostener esas cinco frases. Eso se llama institucionalidad.

No hizo eso. La reacción fue otra, distinta y opuesta: negar, disminuir y señalar al abogado; y ahí vuelve Andrea a desaparecer. No encontramos en esos tres minutos una preocupación equivalente por que ella pudiera denunciar libremente; no hay una invitación a esclarecer; no existe una sola consideración especialmente cuidadosa hacia una mujer que acababa de acudir a la CEDH.

Hay, en cambio, una pregunta decisiva: ¿quién la patrocina? Hay frases que por sí solas retratan épocas y frases que retratan personalidades; porque detrás de esa pregunta vive una concepción retrógrada, muy antigua, de las mujeres: cuando una mujer desafía una estructura de poder, debe existir algún hombre explicándola: uno que la mueve, que la manipula, que la manda, uno que está «detrás».

La posibilidad verdaderamente perturbadora —que ella haya decidido hablar porque quiso hablar— parece necesitar un intermediario masculino que la vuelva inteligible. Eso es invisibilizar y no metafóricamente.

Literalmente, la desplaza del centro de su propio acto.

Andrea denuncia a varios hombres y termina convertida en personaje secundario de una disputa entre hombres. Notable el actuar y el decir del secretario; y precisamente por eso la sonrisa inicial ya no puede observarse sola ni considerarse inocente o neutra. Sí, ya sé, una sonrisa no es una violación a los derechos humanos (no digamos tonterías); pero esa sonrisa, en ese contexto, expresamente reconocida, es una burla. Ello porque, al terminar los tres minutos sabemos lo que vino inmediatamente después: la descalificación de la denunciante mediante su abogado, la minimización del vínculo con ella, la omisión del incómodo parentesco como motivo de prudencia y el desplazamiento del fondo hacia las personas; por eso aquellas palabras adquieren ahora un significado mucho más interesante: «Perdón que me sonría».

No, secretario, la sonrisa es lo de menos; lo importante es por qué, cuando una mujer presentó una denuncia que lo alcanzaba a usted y a su hermano, su primera gran preocupación pública fue explicarnos quién era el hombre que estaba detrás de ella.

Eso sí merece atención: porque Andrea Cecilia Domínguez no es un instrumento, no soy ventrílocuo, ni ella es una menor de edad; no necesita que Santiago de la Peña encuentre un hombre que explique por qué habla. Es una mujer adulta que presentó una queja y asumió personalmente 145 hechos cuya verdad o falsedad deberá determinar la autoridad competente. La CEDH tendrá que investigar; ella tendrá que acreditar; los señalados tendrán derecho a defenderse. Eso es el Estado de derecho.

Todo perfectamente sencillo; y, sin embargo, al secretario general de Gobierno le bastaron aproximadamente tres minutos para enseñarnos otra cosa: cómo disminuir a una mujer sin llamarla mentirosa, cómo desacreditarla hablando de otro hombre, cómo quitarle centralidad a su propia denuncia, cómo convertir al abogado en protagonista para convertir a la denunciante (víctima) en figurante, cómo negar una relación y admitir interlocuciones reiteradas casi en la misma respiración, cómo declararse demasiado ocupado y encontrar, sin embargo, tiempo suficiente para pronunciarse, cómo no recordar un nombre y convertir ese mismo nombre en argumento y cómo hacer todo eso mientras su propio hermano está señalado expresa y directamente en el asunto.

No necesito saber si Santiago de la Peña se considera feminista, qué piensa de las mujeres ni qué discurso pronunciará el próximo 8 de marzo. Me bastan tres minutos. Tres minutos en los que una mujer denunció y él buscó al hombre que estaba detrás de ella. Hay quien necesita toda una vida para retratarse de cuerpo entero, a Santiago de la Peña le bastaron tres minutos.

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Luis Villegas Montes.

  

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EL DESPRECIO DE LA TRAICIÓN

Según se lee en algunas columnas políticas, para algunos, María Eugenia podría tener dos cartas para la sucesión de 2027: Marco Bonilla, como candidato natural de «su» partido, el PAN; y Cruz Pérez Cuéllar, con quien se le atribuyen entendimientos suficientes, e históricos, para transitar sin mayores sobresaltos una eventual alternancia.

No pretendo comentar —mucho menos demostrar aquí— si tales entendimientos existen o no… tampoco hace falta, resulta irrelevante. ¿Por qué? Porque la pregunta verdaderamente importante es otra: ¿le convendría a María Eugenia actuar como si Cruz fuera una garantía para ella?

Después de lo ocurrido esta semana, creo que no. María Eugenia tiene candidato y se llama «Marco Bonilla». Por su bien, más vale que lo entienda bien (¡ja!) y rápido.

Cruz Pérez Cuéllar acaba de ser designado para encabezar el proyecto político de MORENA en Chihuahua rumbo a 2027: y durante el mismo acto en que se anunció su designación, la dirigencia nacional de ese partido dejó pocas dudas respecto de la posición que guarda frente a la actual gobernadora: Ariadna Montiel no fue sutil; habló de la obligación de sacar del gobierno de Chihuahua al PAN, al que calificó de «corrupto»; y agregó una frase mucho más significativa: «no vamos a dejar de decir que María Eugenia Campos es una traidora a nuestra patria».

A María Eugenia le convendría detenerse en esas palabras porque Ariadna no dijo que ésa hubiera sido una diferencia del pasado ni insinuó siquiera una posible distensión futura: dijo, con todas sus letras: «no vamos a dejar de decir». Es una afirmación política en tiempo futuro: creo que sería imprudente ignorarla.

No hace falta preguntarse qué piensa Cruz en privado ni cuáles sean sus relaciones personales con la gobernadora. Ése no es el punto. Una relación entre dos políticos, por buena o mala que sea, no equivale a un acuerdo con un partido nacional, con su dirigencia, con sus grupos internos ni con el conjunto de intereses que concurren cuando ocurre una alternancia. De hecho, una relación entre dos políticos puede ser cualquier cosa. Ésa es, precisamente, la debilidad de la teoría según la cual María Eugenia tendría «dos candidatos». No los tiene. Tiene uno. Marco Bonilla es quien representa la continuidad de su gobierno, de su partido y, en buena medida, de su propio grupo político. Si se le ocurre irse por otro lado es ponerse una soga al amplio cuello. Cualquier otra opción pertenece a otra fuerza política y responde, naturalmente, a sus propios intereses.

Por eso resultaría difícil comprender que María Eugenia, llegada la hora, optara por debilitar a Marco, tomar distancia de él o, peor aún, contribuir de cualquier manera a su derrota con la esperanza de comprar para sí una salida confortable. Y no porque la política exija romanticismos: sino precisamente por lo contrario, porque no sería negocio.

¿Qué obtendría? Debilitaría al candidato cuya victoria le ofrece la única continuidad política cierta y, a cambio, recibiría apenas la expectativa de que una relación personal pudiera prevalecer sobre una estructura partidista que acaba de colocarla expresamente entre sus adversarios. Entregaría una certeza a cambio de una posibilidad. Pésima operación.

«Teoría de juegos», se llama. John Nash la llevó al terreno de las matemáticas: toda decisión racional depende también de lo que puedan hacer los demás; la mejor estrategia no es necesariamente la más vistosa, sino la que evita empeorar la propia posición.

Además, existe una circunstancia que quienes acarician la hipótesis de los «dos candidatos» parecen olvidar: en política, ayudar a alguien no obliga a ese alguien a cargar posteriormente con quien lo ayudó. Mucho menos obliga a todos los que lo acompañan.

Los gobiernos cambian; los partidos cobran agravios; los grupos reclaman posiciones: las nuevas mayorías necesitan distinguirse de las anteriores y las alternancias, por su propia naturaleza, buscan demostrar que algo terminó y algo distinto comienza. Por eso un pacto personal —suponiendo que exista— jamás debería confundirse con un salvoconducto.

No necesita quererse mucho para entenderlo; le debería bastar hacer las cuentas: si Marco gana, conserva un gobierno políticamente próximo, un partido en el poder y una estructura que tiene razones propias para defender el legado del sexenio que termina; si Marco pierde, ninguna relación personal puede garantizarle lo que hará MORENA una vez instalado en el gobierno; y menos después de que su dirigencia nacional haya definido públicamente el tono con el que piensa enfrentarla.

De ahí que cualquier tentación de jugar con dos barajas resulte, para María Eugenia, particularmente peligrosa y definitivamente un mal negocio; podría contribuir a debilitar precisamente aquello que realmente posee y confiar después en algo que no puede controlar.

Obrar en contra no parece inteligencia política: es, en cambio, renunciar voluntariamente a la mejor posición disponible. Marco Bonilla es su mejor, y único, candidato.

No se trata de afectos, ni de gratitud (no exageremos), ni de compañerismo partidista; se trata de que, para María Eugenia, si tiene aspiraciones de seguir en esto, su triunfo representa la única sucesión cuyo resultado político puede prever. Lo demás podría ser cercanía, entendimiento, comunicación o buena relación, pero no certeza.

Así que, si en algún momento María Eugenia llegara a considerar que apartarse de Marco, debilitarlo o jugar contra él pudiera asegurarle una mejor suerte, haría bien en pensárselo dos veces. Traicionar a Marco no le compra nada; podría favorecer a otros, sin duda; a ella, difícilmente, porque el poder puede aceptar con provecho una traición, lo que rara vez hace es respetar a quien la comete.

María Eugenia haría bien en tenerlo presente; en este punto, debería recordar una vieja lección: en el año 48 antes de Cristo, los hombres de Ptolomeo XIII asesinaron a Pompeyo creyendo congraciarse con César. Cuando le mostraron la cabeza de su rival —cuenta Plutarco— César apartó el rostro horrorizado y lloró al reconocer su sello. Ésa enseñanza ha sobrevivido dos mil años: la traición puede resultar útil; el traidor, no necesariamente; por eso, incluso desde la perspectiva más fría y pragmática, traicionar a Marco sería para María Eugenia una pésima apuesta.

Ah, «Marco», justicia poética, podría decirse… si ocurre. Confiemos en que no.

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EL CINISMO Y LA “PUREZA MORAL” MORENISTAS

En el teatro de la política chihuahuense, la simulación ha alcanzado niveles de comedia negra u ópera bufa. La desincorporación y venta de un tramo secundario de apenas 100 metros en la calle Anastasio Bustamante —un pedazo de asfalto de 2,110 metros cuadrados incrustado en una zona comercial— ha sido elevada por la bancada de MORENA a la categoría de “crimen patrimonial del siglo”. Con un discurso inflamado de indignación artificial, los voceros de la supuesta pureza pública rasgan sus vestiduras en la capital, gritando que se ha entregado la soberanía comunitaria a un corporativo privado.

Hay que tener un descaro monumental, o una amnesia colectiva clínicamente preocupante, para pararse frente a un micrófono a exigir “autoridad moral” cuando se carga a las espaldas con el mayor ecocidio y la mayor opacidad financiera en la historia moderna de México.

La realidad del proyecto en Chihuahua se rige por el más elemental urbanismo pragmático y representa un beneficio brutal, directo y definitivo para los intereses de los habitantes de la zona. Ese tramo de calle, subutilizado y convertido por las noches en una boca de lobo insegura y desierta, se transformará gracias a una transacción de más de 18 millones de pesos. El impacto positivo es evidente, medible y tangible para el ciudadano de a pie: dinamización económica sin precedentes en la colonia Altavista, ordenamiento del tráfico de carga que durante décadas asfixió la zona, la inyección de 400 empleos directos e indirectos, y una oleada de plusvalía que elevará de inmediato el valor de todas las propiedades vecinas gracias a un complejo comercial de primer nivel.

Se hace lo que se tiene que hacer: sacrificar una nula conectividad vial secundaria en favor de un bien público mayor y del desarrollo económico real, sin que exista un auténtico daño al erario ni afectación alguna a la circulación vehicular de la capital, pues el flujo fuerte se mueve por las arterias principales circundantes. Esos son hechos.

No obstante, para la oposición oficialista en la capital, esto es un pecado imperdonable. El chiste se cuenta solo. Mientras los diputados locales del movimiento guinda vigilan con lupa microscópica y santurronería barata cada centímetro cuadrado de pavimento vendido en Chihuahua, guardan un silencio sepulcral, cómplice y grotesco ante las atrocidades cometidas por su propio partido en el ámbito federal. Sí, atrocidades.

Ahí radica el brutal doble rasero moral de MORENA: ¿Bajo qué estándar ético se atreven a criticar una acera urbana quienes justificaron la destrucción sistemática y violenta de miles de hectáreas de selva virgen en el sureste mexicano? El Tren Maya, Dos Bocas y el AIFA no son proyectos de infraestructura; son monumentos al sobrecosto escandaloso, a la ineficiencia operativa subsidiada con el dinero de todos y al desprecio absoluto por la ley ambiental. Por si fuera poco, la hipocresía se corona con el saqueo y la opacidad total del destino de miles de toneladas de maderas preciosas —como el cedro y la caoba— extraídas de esa misma selva mutilada. Un negocio redondo e indiscutible cuyo paradero se ignora por completo bajo el manto protector del discurso de la “justicia social”. Para ellos, talar un pulmón biológico mundial y devorarse el presupuesto público es “transformación”; pero enajenar legalmente un callejón para generar inversión local es “corrupción”.

No hay autoridad moral en quien mide el impacto público con una doble vara tan cínica y desproporcionada. Comparar el ordenamiento de una calle local con la devastación impune del territorio nacional es una aberración argumentativa que insulta la inteligencia de los chihuahuenses. Al final del día, los hechos sepultan los gritos. La venta del tramo de la Anastasio Bustamante es una decisión ejecutiva orientada al crecimiento y la plusvalía de su entorno.

Las protestas de la oposición no son más que pataletas mediáticas, tonterías retóricas y cortinas de humo diseñadas para ocultar una verdad incómoda: que para señalar la paja en el ojo ajeno, primero hay que tener el valor de mirar la selva entera que tiraron en el propio.

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EL QUE TRAICIONA UNA VEZ…

Me he reído todo el fin de semana.

Hay políticos que esperan a ganar para desconocer a sus amigos y otros, más previsores, más cínicos o más tarugos, comienzan antes. Al parecer, Santiago de la Peña pertenece a esa segunda categoría: ¿para qué esperar a ser candidato si uno puede empezar a comportarse como tal desde antes?

El asunto, además de francamente cómico, resulta bastante ilustrativo: durante meses hubo panistas que se tomaron muy en serio las aspiraciones de Chago; lo trajeron de aquí para allá, lo arroparon, lo promovieron, le hicieron reuniones y seguramente debieron explicar en sobremesas familiares por qué un hombre que no es panista debía convertirse, por algún prodigio de la política moderna, en candidato del PAN. No lo tuvieron fácil ni debió ser sencillo; pues bien, es el caso que, sin aviso y de sopetón, ¡cuas!, ¡toma chango tu banana!, cuando todavía no terminaban de calentar las sillas de la campaña, llegó el momento de agradecerles: «Gracias, muchachos, gracias, gracias; muy amables; no se hubieran molestado y ahí nos vemos. ¡Ah!, por cierto, cierran la puerta al salir». Lo anterior porque, según se ha dado a conocer, quienes venían participando de manera destacada en la operación política, Margarita Alvídrez y Ramón Sáenz, fueron desplazados y la conducción quedó en manos de la diputada federal Rocío González.

No entro ahora en las virtudes o defectos de la diputada —algunas tendrá—, ése no es el punto; el punto es la premura y el desprecio: Santiago todavía no obtiene la candidatura y ya reorganizó el reparto. Eso es eficiencia: hay algunos que matan la vaca y reparten el cuero; Santiago parece haber perfeccionado el procedimiento: reparte la piel, corre a los matanceros y ¡todavía ni siquiera encuentra a la res!

Conviene que los panistas tomen nota para que luego no se indignen ni se digan sorprendidos.

Esto va para los ignaros: la política posee una virtud extraordinaria, la gente suele comportarse antes de ejercer el poder exactamente como se comportará después, sólo que con menos presupuesto. Si para alcanzar una candidatura necesita de usted y, antes de conseguirla, ya descubrió que usted era prescindible, existe una posibilidad razonable de que, cuando alcance el cargo, no se transforme milagrosamente en San Francisco de Asís. La política no funciona así.

Por eso resulta particularmente enternecedor observar a ciertos panistas haciendo esfuerzos casi gimnásticos por convencerse de que entregar la candidatura de Acción Nacional a un personaje ajeno a su militancia constituye una buena opción.

Por cierto, los panistas desplazados no deberían enfadarse; deberían agradecer la cortesía: Santiago les ha entregado gratuitamente una demostración anticipada del producto. Muestra gratis. ¿Y los demás? No se hagan, quedan advertidos.

En otro orden de ideas, cabe sacar a colación un principio sagrado en política: «Si las cosas van bien, ni le muevas». Las cosas no han de haber ido marchando de maravilla en la secretaría de campaña —digo, en la Casa General de Gobierno, ¡o como se diga!— para tener que prescindir de los amigos y traer refuerzos. Ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Todo este juego de lealtades desechables me pone melancólico y me recuerda algunas lecturas de mi mocedad. La traición tiene una característica especialmente repugnante: rara vez procede del enemigo; para traicionar a alguien primero hay que conseguir que confíe en uno.

Ahí está Yago, el hombre de confianza que envenena a Otelo con mentiras y celos; Judas, que vende a su maestro por treinta monedas de plata y todavía tiene la delicadeza de señalarlo con un beso; Bruto, que hunde el puñal en César; Efialtes, que revela el paso que condenará a Leónidas y los suyos; Dalila, que arranca a Sansón el secreto de su fuerza mientras le acaricia la cabeza; y Paris, huésped de Menelao, que agradece la hospitalidad llevándose a la esposa.

Todos distintos. Todos memorables. Todos unidos por una pequeña peculiaridad: antes de clavar el cuchillo consiguieron que les abrieran la puerta.

Santiago, desde luego, juega en una liga bastante más modesta. Ni Shakespeare, ni los Evangelios, ni Plutarco, ni Homero habrían desperdiciado demasiada tinta en semejante personaje.

Pero hay que reconocerle el esfuerzo.

Todavía no obtiene la candidatura y ya dejó tirados a quienes le ayudaron a buscarla.

Si finalmente el PAN decide convertirse en agencia de colocaciones de candidatos externos, sus militantes tendrán que desarrollar nuevas destrezas además de repartir propaganda, cuidar casillas, etc.; tal vez sea bueno que aprendan a tragar sapos, ranas y culebras cada día más chonchos, más gorditos, más asquerosos.

Por lo pronto, a quienes ya recibieron su primer cucharón sólo queda desearles buen provecho y recordarles que el que traiciona una vez traiciona dos veces.

Así que, guardadas las proporciones —no vaya a ofenderse Judas—, podemos sentenciar con los clásicos:

¡En la traición, Santiago es todos ellos!

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TREINTA AÑOS, CINCO TACOS Y UNA NOBLE CAUSA

Treinta años se dicen fácil.

Este próximo 10 de octubre el Club Rotario Chihuahua Enlace cumple treinta años. Tres décadas de reuniones, proyectos, campañas, presidentes, socios que llegaron y se fueron, buenos momentos, dificultades y, sobre todo, trabajo en favor de otras personas. Eso merece celebrarse.

Y vamos a hacerlo como debe celebrarse en Chihuahua: con tacos, música, vino, comediantes y una buena causa de por medio.

La cosa se llama “Fiesta del Taco”.

Por fortuna, nadie tuvo la ocurrencia de bautizarla “Cena de gala para la generación de impacto comunitario sostenible”, o alguna otra de esas atrocidades que ahora se utilizan cuando alguien quiere organizar un evento benéfico y aburrirlo a uno desde el cartel.

Fiesta del Taco.

Mucho mejor.

Será el próximo 10 de octubre, a las 7:30 de la tarde, en las Cabañas del Abuelo Chumber; y lo que se recaude servirá para apoyar acciones de prevención y tratamiento de enfermedades en comunidades vulnerables.

Porque ésa es, finalmente, la razón de ser de Rotary.

Mucha gente conoce el nombre, ha visto la famosa rueda dentada y sabe más o menos que los rotarios hacen obras sociales. Detrás de ese emblema hay, sin embargo, una idea bastante sencilla: que quienes tienen posibilidad de hacer algo por su comunidad deben hacerlo; sin esperar que todo lo resuelva el gobierno; el Estado tiene obligaciones, naturalmente, y muchas. Debe cumplirlas, pero entre el ciudadano aislado y el gobierno existe algo que solemos mencionar mucho y practicar bastante menos: la comunidad.

Asociaciones, clubes, patronatos, empresarios, profesionistas, vecinos y ciudadanos capaces de organizarse para hacer algo por otros: eso también es sociedad civil; y hace falta; durante treinta años, el Club Rotario Chihuahua Enlace ha formado parte de ella.

Treinta años significan muchas cosas: gente que alguna vez estuvo y ya no está; matrimonios, hijos, trabajos, cambios de ciudad, problemas económicos, diferencias, discusiones y seguramente una buena cantidad de pleitos que hoy ya no tienen ninguna importancia, porque las instituciones no están hechas de mármol, están hechas de personas; y las personas somos complicadas, por eso tiene mérito durar treinta años.

Crear una organización puede ser relativamente fácil, mantenerla es otra cosa. En México somos extraordinarios para las inauguraciones, cortamos listones como nadie; el problema empieza al día siguiente, cuando ya no hay fotógrafo y alguien tiene que seguir trabajando. Chihuahua Enlace lo ha hecho durante tres décadas.

Y ahora quiere festejar haciendo exactamente lo mismo: ayudando. Eso sí, nadie dijo que para ayudar fuera obligatorio poner cara de funeral; también se puede ayudar riéndose, cantando, alrededor de una mesa; y, desde luego, también comiéndose cinco tacos, echándose una copita y disfrutando unas sabrosas botanas. Habrá comedia con Miguel Aguirre y Mario Ortega; música con el Mariachi Juvenil y con Luis Abraham Villegas; y puestos de comida para quien se quede con ganitas de algo más. Todo, todo, todo por 450 pesos por persona.

Cinco tacos, espectáculo, música, vino y además ayudar a alguien.

He pagado bastante más por experiencias considerablemente menos significativas; también habrá transporte redondo por 150 pesos adicionales, para quienes quieran evitar esa vieja costumbre chihuahuense de discutir al final de la noche quién se encuentra todavía en condiciones de manejar; además, habrá hospedaje en las propias cabañas para quienes concluyan que regresar a casa esa misma noche es una decisión que perfectamente puede aplazarse hasta el día siguiente.

Pero lo importante no está en el menú ni en los artistas, está en el motivo: con frecuencia hablamos de “la sociedad” como si fuera una señora que viviera en algún sitio y tuviera la obligación de resolver nuestros problemas; la sociedad somos nosotros; y una comunidad funciona mejor cuando algunas personas están dispuestas a emplear una parte de su tiempo, su dinero o su esfuerzo en beneficio y provecho de alguien a quien probablemente no conocerán jamás.

Rotary no va a resolver la pobreza ni los problemas de salud del país, pero entre salvar al mundo y no hacer absolutamente nada existe un territorio enorme.

Para eso se trabaja: y aquí, en Chihuahua, una consulta, un medicamento, un tratamiento, una campaña preventiva o cualquier otra ayuda puede significar para alguien muchísimo más de lo que representa para quien hizo la aportación.

Treinta años después, Chihuahua Enlace sigue aquí; y me parece una buena razón para acompañarlos. No voy a fingir que ésta es una sesuda reflexión sobre la participación ciudadana y que, por accidente, al final apareció un evento, no.

Ésta es una invitación.

10 de octubre.

7:30 de la tarde.

Cabañas del Abuelo Chumber.

450 pesos.

Vaya;

Coma tacos;

Ríase;

Escuche música;

Tómese una copa de vino,

y ayude.

No parece un sacrificio particularmente doloroso y, además, según me aseguran, va a estar chingón.

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Carta abierta a Jorge Romero

Estimado Jorge:‍ ‍

Te escribo esta carta no sólo en tu condición de Presidente del Comité Ejecutivo Nacional de nuestro partido, sino porque hoy eres responsable de custodiar una larga herencia de resistencia e institucionalidad democrática. No me dirijo al Comité Directivo Estatal de Chihuahua porque el problema que hoy nos ocupa ya rebasó sus fronteras: toca la relación entre partido y gobierno, la equidad interna y, finalmente, la identidad misma de Acción Nacional. Te escribo a ti porque lo que está ocurriendo en Chihuahua dejó de ser una disputa entre aspirantes a una candidatura municipal y empieza a convertirse en algo bastante más grave: una discusión sobre los límites que deben existir entre un gobierno emanado del PAN y el partido que lo llevó al poder.‍ ‍

La preocupación que me mueve, compartida por muchos militantes de larga trayectoria en Chihuahua, no se limita a un mero cálculo electoral o a la natural disputa por espacios de representación. El Partido Acción Nacional (PAN) puede perder elecciones, atravesar sequías de triunfos y, como lo ha demostrado la historia, sobrevivir con dignidad para volver a levantarse; lo que Acción Nacional no puede resistir de ninguna manera es la pérdida de su propia alma. Convertirnos en una maquinaria donde las decisiones se toman en despachos gubernamentales y los órganos partidistas operan como simples oficialías de partes vacía de contenido nuestro discurso público. Si permitimos que se desvanezca aquello que nos distinguió durante décadas frente a los abusos del régimen hegemónico, perderemos la única justificación moral que tenemos para exigir la confianza de la ciudadanía.‍ ‍

Chihuahua ocupa un lugar fundamental en la memoria histórica del panismo. Nuestra identidad política no nació de las concesiones del poder, sino del combate contra sus excesos. Quienes vivimos aquellos años recordamos bien qué enfrentábamos: el uso de la estructura gubernamental para favorecer candidatos oficiales, el despliegue de recursos públicos con fines partidistas, el acarreo, la presión sobre funcionarios y ciudadanos y la convicción autoritaria de que las candidaturas se decidían por voluntad del gobernante en turno. En aquellos tiempos, pertenecer al PAN no era una vía para obtener empleos, contratos públicos ni posiciones de privilegio; implicaba cuidar casillas, financiar campañas con recursos propios y, a veces, soportar amenazas, represalias o derrotas preparadas desde el poder. Aquella mística defendía una premisa elemental: el poder tiene límites y la voluntad ciudadana debe respetarse. Ante lo que hoy ocurre, una pregunta resulta inevitable: ¿para esto se luchó?‍ ‍

Hoy nos encontramos ante una preocupante contradicción que amenaza con normalizar desde un gobierno emanado de nuestras filas precisamente aquellas prácticas que ayer condenábamos con vehemencia en nuestros adversarios. El hecho de que una administración sea de signo azul no purifica los métodos del control político ni vuelve democrático el dedazo. No podemos, Jorge, no puedes, levantar la voz en la tribuna nacional para denunciar el autoritarismo, el centralismo y la imposición de una fuerza política mayoritaria, y al mismo tiempo administrar esas mismas conductas al interior de nuestra casa. El argumento es incómodo pero ineludible: la congruencia no admite excepciones geográficas ni partidistas. Si el dedazo es condenable cuando proviene de un color político ajeno, es igualmente inaceptable cuando pretende disfrazarse de “unidad”, “estrategia” o “gobernabilidad” bajo nuestras siglas.‍ ‍

La situación en el municipio de Chihuahua ilustra este dilema con alarmante claridad. María Eugenia posee un peso político indiscutible y cuenta, como cualquier militante, con el derecho legítimo a tener preferencias, simpatías y ejercer influencia. Pero existe una frontera que no debe cruzarse: una cosa es influir políticamente y otra utilizar el peso del Gobierno para determinar de antemano una decisión partidista. La candidatura a la Presidencia Municipal de Chihuahua no forma parte del patrimonio político del Poder Ejecutivo local. Y resultaría especialmente paradójico que quien en su momento padeció y denunció la intervención de un gobernador en su propia sucesión terminara ahora tolerando —o propiciando— una práctica semejante respecto de la capital del Estado.‍ ‍

En este escenario, las legítimas aspiraciones de los distintos liderazgos deben encauzarse bajo condiciones de absoluta equidad. Se ha señalado públicamente y mediante denuncias formales la existencia de conductas de promoción personalizada, intervención de servidores públicos y utilización de estructuras oficiales en favor del secretario de Gobierno, Santiago de la Peña. Más allá del curso legal que tomen dichas acusaciones ante las autoridades competentes, su figura se convierte hoy en el síntoma de un problema estrictamente institucional. Ningún candidato del PAN, independientemente de sus capacidades, méritos o competitividad, debe llegar a la contienda con un bautismo de origen dictado desde Palacio de Gobierno.‍ ‍

Tampoco puede sostenerse seriamente que en Chihuahua exista una carencia de cuadros que obligue a recurrir a una candidatura decidida desde arriba. Ahí están César Jáuregui, María Angélica “Manque” Granados, Jorge Soto y otros panistas con trayectoria, presencia pública y méritos propios. En el caso de Jáuregui, además, se han difundido versiones sobre supuestos impedimentos o “antecedentes penales” que, hasta ahora, no han sido demostrados con una sentencia, una resolución de inelegibilidad ni una determinación partidista debidamente fundada.[1] Si existe un obstáculo jurídico real, que se haga público y se pruebe. Si no existe, no debe convertirse el rumor en mecanismo de exclusión. Pero insisto: ésta no es una carta para pedir que César sea candidato; es una carta para exigir que nadie quede eliminado ni ungido por voluntad gubernamental.‍ ‍

El propósito de este llamado no es solicitar que el CEN intervenga para favorecer a un aspirante o para imponer una facción sobre otra. La exigencia es radicalmente opuesta: se pide que no se imponga a nadie. Si un proyecto político debe prevalecer, que lo haga limpiamente; si un aspirante debe ganar o perder, que lo decidan la militancia y la ciudadanía mediante los cauces legales del partido, y no porque un despacho gubernamental resolvió que la competencia concluyó antes de haber iniciado. El CEN no puede claudicar en su función arbitral para convertirse en el fedatario de las decisiones de un gobierno estatal.‍ ‍

La doctrina de nuestros fundadores nos legó directrices muy claras sobre la relación entre el partido y las administraciones públicas. Manuel Gómez Morin advirtió incansablemente sobre la necesidad de mantener la independencia del partido frente a las tentaciones y presiones del gobierno, recordándonos que Acción Nacional nació para ser una escuela de ciudadanía y una fuerza permanente de orden moral, no un apéndice del presupuesto público. Efraín González Luna nos enseñó que la dignidad de la persona y el deber político exigen procesos limpios, donde el ciudadano sea el actor central y no un mero espectador de los acuerdos cupulares. De igual forma, don Luis H. Álvarez y Carlos Castillo Peraza insistieron en el peligro de ganar el gobierno si en el proceso se perdía el partido, señalando que el ejercicio del poder político carece de sentido si se divorcia de los principios éticos que le dieron origen. Esta "brega de eternidad" a la que fuimos convocados exige rechazar el oportunismo y entender que el PAN es un instrumento para servir a México, no para que el gobierno en turno se sirva del partido.‍ ‍

La normativa partidista vigente establece diversos mecanismos para la selección de candidaturas; el cumplimiento de una formalidad estatutaria no sustituye a la legitimidad democrática; cuando los órganos del partido se limitan a convalidar decisiones prefabricadas fuera de su estructura, se comete un fraude a la ley interna y se reduce a la militancia a una mera decoración institucional.‍ ‍

Por todo lo anterior, Jorge, te interpelo directamente a asumir la responsabilidad histórica que te corresponde en esta coyuntura. ¿Qué clase de partido vas a entregar a las próximas generaciones de panistas? En un momento en que el país exige una oposición con autoridad moral y coherencia democrática, la actuación del CEN en Chihuahua sería ejemplar y un referente de tu compromiso con las instituciones de Acción Nacional. No se puede defender la democracia hacia afuera mientras se tolera o auspicia su debilitamiento hacia adentro. El arbitraje nacional debe ser firme, imparcial y ajeno a los intereses de las burocracias estatales.‍ ‍

Te solicito formalmente, en nombre del panismo chihuahuense que cree en las reglas del juego limpio, que el CEN garantice las siguientes exigencias concretas:‍ ‍

1.         Imparcialidad absoluta del CEN y de sus órganos delegados durante todo el proceso de definición de candidaturas;‍ ‍

2.         Reglas transparentes y piso parejo para todos los aspirantes inscritos o que manifiesten su intención de participar;‍ ‍

3.         Ausencia total de intervención gubernamental, exigiendo el cese de cualquier uso de recursos, personal o estructuras públicas en favor o en contra de algún proyecto político;‍ ‍

4.         Respeto efectivo a la militancia, garantizando que su voz y opinión sean los factores determinantes en la toma de decisiones;‍

5.         Procedimientos verificables y abiertos en los que los métodos de evaluación, encuestas o votaciones cuenten con plena auditoría y certeza jurídica, y‍ ‍

6.         Motivación exhaustiva de cualquier decisión extraordinaria, evitando el uso discrecional de la facultad de designación sin un sustento técnico y democrático plenamente justificado.‍ ‍

Por todo ello, el caso de Santiago de la Peña debe ponerse bajo el escrutinio partidista: lleva meses haciendo campaña desde la Secretaría de Gobierno, aprovechándose de los recursos a su cargo y de aquellos que María Eugenia ha puesto a su disposición un día sí y otro también; y no te pido que des por acreditado lo que aún debe ser juzgado; te pido algo más elemental: que no cierres los ojos a la evidencia. Te pongo un ejemplo claro, contundente e irrebatible: el empleo público comienza a aparecer como instrumento de disciplina política. Te menciono dos casos emblemáticos: el primero es Juan Blanco. Hablar de Juan Blanco en Chihuahua no es hablar de un recién llegado ni de un oportunista que descubrió las bondades de Acción Nacional cuando ya había nómina, presupuesto y poder. Juan fue presidente municipal de Chihuahua. En 2004 encabezó el triunfo que arrebató nuevamente la capital al PRI después de años de gobiernos priistas. Es, nos guste o no, un referente de la política local y del panismo chihuahuense; hace unas semanas manifestó públicamente su simpatía por el proyecto de César Jáuregui; después vino el reproche público de María Eugenia por andar “en campaña”; y después vino su salida del Gobierno estatal; formalmente presentó una renuncia… bien; pero los panistas no somos idiotas, Jorge. Cuando un funcionario respalda a un aspirante distinto del preferido desde Palacio, recibe públicamente el reproche de la gobernadora y poco después debe abandonar el gobierno, tenemos derecho a preguntar si estamos frente a una decisión estrictamente administrativa o frente a un mensaje dirigido a todos los demás: ya vieron lo que pasa cuando se equivocan de candidato.‍ ‍

¡Ah!, pero es que, además, está el caso de Diana García. Su caso me parece, si cabe, todavía más doloroso y vergonzante. Diana fue esposa de Javier Gaudini. El nombre quizá necesite explicación en otros lugares del país, en Chihuahua no. Javier Gaudini fue uno de esos panistas que no llegaron a Acción Nacional cuando el Partido repartía posiciones, sino cuando había que construirlo; dirigente, legislador, formador de jóvenes y cabeza de una generación de panistas que después desempeñarían responsabilidades importantes dentro del partido y de los gobiernos emanados de él; más aún, sin Javier Gaudini y sin la estructura política que él ayudó a formar, María Eugenia no habría llegado a la Presidencia Municipal en 2016 (lo que me consta porque la primera reunión entre ambos la organicé yo). Parte sustancial de quienes acompañaron, sostuvieron y construyeron políticamente el proyecto que terminó llevando a María Eugenia al poder provino de aquella escuela y de aquel grupo de hombres y mujeres; Javier murió y, en pago, su exesposa ha sido despedida del Gobierno.‍ ‍

A esos dos casos se pueden sumar los de otros muchos, ¿lo juzgas correcto? ¿Te parece una actuación íntegra, justa, decente, panista? ¿Lo crees casualidad o una simple decisión administrativa? Tal vez, pero empieza a haber demasiadas casualidades caminando en la misma dirección.‍ ‍

Cuando los funcionarios empiezan a preguntarse no si trabajan bien, sino a quién pueden apoyar; cuando un servidor público comprende que manifestar una preferencia distinta de la del gobernante puede costarle el empleo; cuando la nómina sirve, o parece servir, para premiar adhesiones y castigar disidencias, hemos abandonado el terreno de la política democrática y entrado al de la obediencia. Eso tiene un nombre viejo; y nosotros lo conocimos muy bien y lo combatimos durante décadas, porque lo hacía el PRI. No encuentro motivo alguno para considerarlo virtuoso ahora sólo porque el gobierno está pintado de azul. Ésa sería una formidable paradoja histórica: después de haber luchado contra el partido de Estado, terminar construyendo pequeños partidos de gobierno en cada entidad que controlamos.‍ ‍

Esta carta no es una amenaza de abandono ni el anuncio de una ruptura. Quienes hemos entregado nuestra vida a las causas de Acción Nacional no nos vamos a ir; nos quedaremos aquí para defender los principios que dieron vida a esta institución; sin embargo, existe un peligro mucho más grave que las renuncias individuales: el riesgo de que un partido político conserve sus oficinas, su registro legal, sus prerrogativas financieras, sus puestos directivos y sus posiciones de gobierno, pero deje por completo de ser aquello para lo que fue fundado. Cuando un partido se vacía de sus convicciones y adopta las formas del autoritarismo que prometió combatir, se convierte en un cascarón inútil para la sociedad.‍ ‍

Al concluir tu mandato al frente del CEN, la historia juzgará las decisiones tomadas en estos momentos cruciales. ‍ ‍

Por eso no te pido que favorezcas a mi candidato, te pido que defiendas al partido incluso frente a quienes gobiernan en su nombre; que investigues lo que está ocurriendo en Chihuahua, que nos escuches a todos (no sólo a una dirigencia estatal demasiado complaciente con el Gobierno ni a una gobernadora que parece tratar la candidatura municipal como una parcela de decisión propia); que preguntes por qué están saliendo del Gobierno personas vinculadas con determinadas posiciones políticas; que preguntes por Juan Blanco; que preguntes por Diana García; que preguntes por qué decenas de servidores públicos adictos a María Eugenia han aparecido promoviendo una candidatura, y que preguntes quién está pagando qué. Después toma las decisiones que correspondan; pero tómalas como presidente del PAN, porque cuando esta historia termine, Santiago, César, Manque, María Eugenia, tú y todos nosotros habremos pasado; y el PAN seguirá o no seguirá siendo reconocible. Ésa es la verdadera elección que está en juego; así que concluyo con una pregunta, Jorge; una sola y no es quién será candidato a presidente municipal de Chihuahua; ésa, comparada con la otra, es una pregunta menor; la pregunta importante es ésta: Cuando termine tu presidencia, Jorge, ¿habrás ayudado al PAN a volver al poder o habrás ayudado al poder a quedarse con el PAN?‍ ‍

Fraternalmente,‍ ‍

Luis Villegas Montes

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[1] Jáuregui no tiene antecedentes penales de ninguna índole; no existe ningún tipo penal en que puedan encuadrarse eficazmente las conductas a él atribuidas; la causa no va a proceder mientras el gobierno de la República mantenga archivada la renuncia; dos de las personas que podrían declarar en su contra fallecieron; las otras dos personas que podrían declarar en su contra (los agentes de la CIA sobrevivientes) no se han manifestado de ninguna forma que haga presumir que hay algún tipo de responsabilidad; el único orden de gobierno que podría proceder en contra de Jáuregui es el federal y es absurdo pretender que MORENA va a apoyar a María Eugenia en esta aventura (o en cualquier otra); si se intenta proceder en contra de él (como mando superior involucrado), la cadena de responsabilidades llegaría hasta María Eugenia; sería, literalmente, pegarse un “balazo en el pie”; si de carpetas de investigación se trata, varios integrantes del gabinete —y parientes CERCANOS al régimen— deberían estar preocupados (y temblando), y no ha de ser tan malo ser acusado, vinculado a proceso y absuelto, visto que la única política en Chihuahua, con “antecedentes penales” reconocidos, es la propia María Eugenia.

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Luis Villegas Montes Luis Villegas Montes

Carta abierta a panistas

Hermanos panistas de Chihuahua capital.

Algunos de ustedes recordarán, otros no; a ambos les hablo.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que ser panista en Chihuahua no era garantía de ejercer el poder; no había financiamiento público, las campañas se hacían con donativos, rifas y con lo que cada cual podía aportar; los representantes de casilla no cobraban y pasaban el día cuidando votos bajo amenaza, desde antes de abrirse las urnas. Ganar costaba trabajo y perder costaba con frecuencia algo peor que la derrota… imagínenlo, recuérdenlo, pregunten.

Aquí, en nuestra tierra, no necesitamos que nadie nos explique lo que costó abrirle las puertas a la democracia: hubo resistencia civil, festiva tozudez y una larga educación ciudadana hasta que —primero en 1983 y luego en 1992— el PAN llegó al poder.

Ha pasado mucho tiempo; tanto, que se corre el riesgo de que aquellas gestas se queden en el olvido o, peor, nos queden como marco decorativo; y ése sí sería un problema. Cuando la historia deja de doler, termina colgada en una pared y sanseacabó.

No quiero decir que el pasado haya sido limpio ni perfecto; el PAN ha cometido errores, ha tenido malos dirigentes, disputas miserables, decisiones torpes y derrotas perfectamente merecidas; empero, durante mucho tiempo, hubo algo que permitía reconocerlo: en los límites que le imponía al poder público, en la exigencia de cuentas claras al gobierno, en la insistencia de que la política no era tanto un asunto de ganar como de ver qué causas valía la pena defender. Por eso ciertas palabras tuvieron algún día un peso tal que quizá hoy ya no tengan: persona, dignidad, bien común, municipio, ciudadanía, deber político. No servían demasiado para ganar una elección, servían para algo más: fijar un derrotero, establecer un destino. Esas palabras obligaban.

Gómez Morin siempre nos lo dijo: Acción Nacional no debía casarse con ningún régimen, ni siquiera con uno formado por hombres emanados de sus propias filas; también escribió que el poder no era un título adquirido de una vez para siempre: había que merecerlo a cada momento. No habló de conservarlo, dijo “merecerlo”.

También por esa razón, la doctrina panista insistió desde muy temprano en la independencia del partido frente al gobierno; podía respaldar a quienes gobernaban desde sus filas, por supuesto. Lo que no debía hacer era confundirse, mezclarse, mimetizarse con ellos. No se trata de una discusión histórica, constituye una advertencia.

La extinción de un partido no siempre es un asunto literal: puede conservar oficinas, dirigencias, prerrogativas, anuncios y logotipos, pero disolverse en la mediocridad, en el desinterés, en la pérdida de aquello que lo hacía distinto. El PAN en Chihuahua pasa por ese momento.

La política exige acuerdos, siempre los ha exigido; una sociedad plural nos obliga a ello: hablar con quienes piensan distinto, negociar, ceder, construir soluciones comunes; sería absurdo exigir que Acción Nacional se encerrara a conversar consigo mismo; el problema no está en hablar con otros, está en pretender sumar hacia afuera y correr el riesgo de restar hacia adentro. Y no, no juzgo la honorabilidad de nadie, se puede ser una persona decente, capaz, honesta y patriota sin haber pertenecido jamás a Acción Nacional. El PAN nunca ha tenido el monopolio de la virtud y sería risible suponerlo; estoy hablando de otra cosa: de identidad.

Efraín González Luna empleó alguna vez una imagen magnífica: el PAN no había nacido para vestirse con una “librea ajena” y también habló expresamente del tajante rechazo al oportunismo; son palabras viejas, quizá por ello resuenan ahora con tanta fuerza. No todos los acuerdos ensanchan al partido y hay puentes que terminan por llevarnos muy lejos de nuestra propia orilla.

Y sí, habría que mantener una conversación entre panistas, sin insultos ni certificados de autenticidad, sin convertir al compañero que piensa distinto en enemigo; pero también fuera del ámbito gubernamental; porque, contra lo que piensan muchos, no hay panistas de primera ni de segunda; ni se puede, desde el ejercicio del poder, mantener un diálogo de altura porque el desequilibrio es obvio; y nunca, jamás, el PAN ha consentido en ver a sus políticos como infalibles. Eso lo desnaturaliza.

A veces, pienso en aquellos que nos precedieron, no como próceres, como personas, como simples seres humanos; los que empeñaban vida y hacienda por amor al Partido y a lo que representaba, sin recibir a cambio una candidatura, un puesto, una dádiva o una ventaja; y pienso, sobre todo, en los que perdieron. Recordamos con facilidad a quienes llegaron al gobierno; sin embargo, muchos trabajaron sin saber si alcanzarían a ver el resultado; otros llegaron a verlo, sí, pero ya ancianos. Me pregunto qué pensarían hoy: ¿cómo explicarles que después de tantos años de aprender a resistir al poder pudiera llegar un momento en que al partido se le pidiera fundirse, confundirse y refundirse en él?

Y sí, los tiempos cambian; deben cambiar; Carlos Castillo Peraza lo explicó mejor que casi nadie: la diferencia entre doctrina e ideología es simple, una constituye un punto de referencia, la otra es la respuesta concreta a problemas y circunstancias cambiantes. Eso significa que un partido vivo tiene que transformarse, pero no al punto de renunciar a sí mismo ni de dejar de reconocerse en sus mayores, en sus predecesores, en sus padres fundadores. El punto de referencia sirve precisamente para saber hacia dónde se está caminando y, de vez en cuando, para comprobar cuánto nos hemos alejado de nuestros ideales.

Hay una expresión que usaba don Manuel y que hemos repetido tanto que amenaza con convertirse en una frase ceremonial y hueca: “Brega de eternidad”; suena bien; pero él hablaba de otra cosa: de un deber permanente, de una tarea que no se agotaba en una elección y que incluso pensaba como herencia para los hijos.

Eso cambia bastante las cosas porque una elección es un episodio, igual que una candidatura; y lo mismo una dirigencia, un gobierno o una alianza. El partido, si todavía pretende tener algún significado, tendría que durar más que todos ellos. Ésa es la dificultad. Se puede resolver una coyuntura y crear un problema mayor, se puede conservar una posición y perder algo que tardó décadas en construirse, se puede salvar un domingo y comprometer muchos años; ahí está el riesgo, no sólo en perder, sino en perdernos. Don Luis H. Álvarez lo dijo en forma magnífica: había que cuidarnos de “ganar el gobierno sin perder el partido”.

Pero tampoco creo que esto deba terminar en un momento fúnebre; no pienso en Acción Nacional como algo que ya pasó; existe alguien capaz de conducir al partido sin pedirle primero que renuncie a reconocerse en el espejo de la historia; alguien formado dentro de él y, al mismo tiempo, perfectamente consciente de que el mundo de hoy no es el de 1939, ni el de 1968, ni el de 1986, ni siquiera el de 2000; alguien capaz de generar auténtica unidad y no una impuesta con presión, amenazas, acoso y despidos; alguien que pueda construir verdaderas mayorías y tenga claro de dónde viene. Alguien que negocie desde una identidad, no a cambio de ella y no confunda unidad con obediencia ni servilismo. Que no invoque principios únicamente cuando llega la hora de necesitarlos; que conozca al partido desde dentro, no porque alguien le preparó y entregó una carpeta antes de entrar a una reunión; y, sobre todo, que entienda algo básico: contender por Acción Nacional no significa ser dueño del partido.

Carlos María Abascal decía que un líder se mide por lo que es, por lo que ha hecho y también por lo que demuestra ser capaz de hacer. No necesitamos salvadores; en política suelen salir demasiado caros. Hace falta algo menos espectacular: alguien capaz de ejercer liderazgo sin apropiarse de aquello que dirige; alguien que pueda abrir la casa sin entregarla, que pueda recibir a otros sin pedir a los de dentro que se marchen y que entienda que la política consiste en sumar, pero que una suma deja de tener sentido cuando para incorporar a alguien hay que borrar a los demás.

Ese mismo Abascal sembró una idea que vale la pena recordar: un partido no necesita verdades sexenales que le sirvan, sino una verdad permanente que lo trascienda: la dignidad de la persona humana.

Tal vez algunos consideren todo esto demasiado romántico; puede ser; sin embargo, buena parte de la historia de Acción Nacional estuvo hecha de cosas que, vistas desde la pura eficacia, parecían poco razonables: dedicar tiempo a una campaña casi perdida, cuidar gratuitamente una casilla, insistir durante años en que el voto tenía que respetarse. No de balde nos llamaron: “los místicos del voto”.

No hagamos que todo aquello resulte inútil, ridículo o absurdo. No nos avergoncemos de nuestro pasado que es, sin duda, una de las gestas más hermosas de la política mexicana.

Por ello esta carta no está escrita contra nadie; es producto de una legítima preocupación: una decisión pragmática, caprichosa, disparatada o frenética, no puede imponerse a aquello que hemos sido durante tanto tiempo en la historia de México.

Existe una pregunta pequeña y molesta que a veces surge cuando todo parece ya resuelto: ¿hasta dónde? Cada panista tendrá su propia respuesta —y así debe ser—; pero antes de encontrarla convendría recordar a quienes estuvieron cuando pertenecer al partido no daba demasiadas ventajas; y pensar también en quienes vendrán después. Ciertas cosas, una vez perdidas, no se recuperan jamás.

En este punto, vale la pena preguntarse: ¿qué quedará de nosotros cuando todo esto haya pasado?

Con cariño a los panistas de hogaño y profundo reconocimiento a todos quienes nos precedieron,

Luis Villegas Montes.

 

 

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Luis Villegas Montes Luis Villegas Montes

2a. CARTA ABIERTA A SANTIAGO DE LA PEÑA

‍ Santiago:‍ ‍

Ya te escribí una vez; fui bastante claro entonces y no encuentro motivo alguno para ser menos claro ahora. No voy a repetir todo lo dicho: ni tu pasado priista, ni tu tóxica relación con el PAN y los panistas, ni las razones por las que considero que eres un pésimo candidato para la Presidencia Municipal de Chihuahua; ahí están los textos.‍ ‍

Tampoco volveré por ahora a los funcionarios que se han metido a promoverte, a los acarreos, desayunos, propaganda o a esa portentosa capacidad que has desarrollado para aparecer hasta debajo de las piedras (por cierto, tengo un cumpleaños el sábado y un bautizo el domingo, ¿te animas?). De todo eso ya habrá tiempo, expedientes y autoridades que se ocupen.‍ ‍

Hoy quiero hablarte de algo mucho más sencillo y, para ti, seguramente mucho más difícil de comprender: de lealtad, decencia y bonhomía; de ser hombre cabal en los hechos, no en la retórica.‍ ‍

Tampoco voy a insistir en tu genealogía política, ni en aquello que mamaste en casa, ni en la militancia priista que durante décadas constituyó el ambiente natural de tu familia; tampoco en tu comportamiento cuando, desde la Secretaría del Ayuntamiento, te tocó tratar con panistas que protestaban, se manifestaban o ejercían derechos —de quienes te burlabas y a quienes acosaste, perseguiste y encarcelaste—; derechos que hoy pareces descubrir como si hubieras nacido con ellos debajo del brazo y yerros que intentas encubrir como si fueras gato, ¡miau! No retiro una palabra de cuanto he escrito: está documentado y suficientemente probado, cochinote; quien quiera controvertirlo tendrá que hacerlo frente a documentos, testimonios, publicaciones y hechos.‍ ‍

Lo mismo vale para tu manera de hacer política: funcionarios públicos promoviendo tu imagen, operadores pagados desde el gobierno, reuniones, acarreos, vehículos oficiales, campañas publicitarias, presiones y toda esa colección de prácticas particularmente repugnantes cuando quien las utiliza pretende presentarse como converso a un partido que nació precisamente para combatirlas; pero esta carta plantea un problema anterior y más profundo: aun concediéndote por un instante que eres el panista converso, fervoroso, desinteresado y convencido que hoy pretendes ser, falta demostrar lo esencial: que eres capaz de poner al PAN por encima de Santiago de la Peña.‍ ‍

Sí, Santiago, voy a hablar de lealtad; justamente de esa palabra que tus propagandistas y escribidores utilizan con tanta ligereza para exigirla a otros y que muy pronto tendrás oportunidad de demostrar tú; porque resulta facilísimo declararse panista cuando el PAN representa la posibilidad de convertirte en presidente municipal; hablar de unidad cuando pretendes que todos se unan alrededor de ti; exigir disciplina cuando el disciplinado debe ser otro, y jurar amor eterno a un partido cuando ese partido puede ser el vehículo que te lleve a la Presidencia Municipal.‍ ‍

Lo difícil es estar dispuesto a sacrificar una aspiración personal para que el partido al que dices servir tenga mayores posibilidades de ganar. Ésa es la prueba de fuego, Santi. No está en los reels, fotografías, chalecos, logotipos ni consignas; tampoco en ese novedoso descubrimiento sentimental de que Acción Nacional siempre estuvo escondido en alguna recóndita cavidad de tu emponzoñado corazón esperando que una Secretaría General de Gobierno y una candidatura municipal le permitieran salir a la luz.‍ ‍

La prueba es más simple y más incómoda: si llega el momento en que tu candidatura y el interés del PAN marchan en sentidos distintos, ¿a cuál de los dos vas a renunciar?‍ ‍

No se trata de negar tu derecho a participar, recorrer colonias, reunirte con grupos, pedir apoyos o convencer a quien se deje convencer —sobre todo si la que paga es la Secretaría, como ha venido ocurriendo—. El problema no es jurídico, sino político y moral (te dejo la definición[1]): una cosa es tener derecho a buscar una candidatura y otra muy distinta que buscarla sea conveniente para el partido; una cosa es poder contender y otra que debas hacerlo; y no vengas con el cuento de que una contienda interna fortalece al PAN. Puede fortalecerlo una competencia limpia, equitativa, entre panistas, con reglas claras y sin dados cargados; lo que lo destroza es una sucesión conducida desde el poder, con funcionarios haciendo política, dinero, estructuras, presiones, medios, operadores y toda la parafernalia que antes criticábamos al PRI y que ahora algunos pretenden importar al PAN como si cuarenta años de lucha democrática hubieran servido para aprender a hacer mejor aquello que combatimos.‍ ‍

Tantito pudor, Santiago, tantito; ¿no te duele la cara de vergüenza? Te levantó la mano una persona que carece de la investidura y la facultad para ello; sin trámite, sin mecanismos de elección, sin formalidades esenciales; todo a punta de güevos. ¿Te parece digno? ¿Te parece digno que dos de tus adversarios flanquearan a quien te ungió —güey como eres— sometidos al poder en turno? ¿Te parece digno verlos sobajados, humillados, vencidos por el poder? ¿Te parece digno hacerte de la candidatura merced al chantaje, el soborno, la limosna, el forraje? ¿No te aflige ver a la presidente del partido, quien debería ser árbitro, con su sonrisa de caballo, avalando de facto lo que es uno de los actos más viles, más asquerosos, más facciosos e ilegales en lo que va de la década en Chihuahua? Verlos me recuerda un minirelato que anda en boga: para un payaso, mudarse a un castillo no lo vuelve rey, convierte al castillo en circo. ¿No te das cuenta? Todavía no eres candidato y ya convertiste al PAN en un muladar, un estercolero, un chiquero, pues. Tú sabes perfectamente de qué hablo; y si no lo sabes, peor, porque significaría que llevas meses viviendo en un partido cuya historia todavía no has entendido.‍ ‍

Pero hay algo más grave: la elección municipal no ocurrirá en una urna aislada, suspendida en el vacío, como si Chihuahua capital fuese una república independiente y lo que suceda aquí no tuviera consecuencias para el resto del Estado.‍ ‍

La candidatura a presidente municipal forma parte de una elección mucho mayor, en la que estará en juego la gubernatura y, con ella, la supervivencia política del PAN en Chihuahua.‍ ‍

Por eso he sostenido que Marco Bonilla necesita llegar a la elección con un partido cohesionado, competitivo y, sobre todo, sin una guerra civil en la capital —guerra que, te lo juro, te vamos a dar desde todos los frentes—. Ya bastante difícil será enfrentar a MORENA y al aparato del gobierno federal como para llegar, además, desangrados por una disputa intestina, con panistas agraviados, grupos enfrentados, heridas abiertas y media militancia preguntándose por qué debe pedir el voto por alguien que jamás sintió como propio: por un extraño, un ajeno, un impostor, un charlatán, un advenedizo, un desmemoriado, un traidor, un chapulín, un NMMM —niño mimado de mamá Maru—. Las elecciones se ganan sumando y se pierden restando. Una candidatura municipal que provoca rechazo entre sectores del propio PAN puede no sólo perder la alcaldía, sino disminuir la votación de arriba hacia abajo, desalentar militantes, alejar simpatizantes y cobrarle la factura al candidato a gobernador. A ti debería importarte, y mucho, si de verdad te sientes filopanista.‍ ‍

No se trata de César Jáuregui, Rafa Loera, Manque Granados, Jorge Soto ni de quien tenga levantada la mano. Supongamos que todos desaparecieran de la contienda: la pregunta seguiría intacta: ¿eres tú el candidato que más le conviene al PAN o simplemente eres el candidato que más te conviene a ti?‍ ‍

Porque si mañana existen datos serios —no encuestas amañadas, sondeos cocinados, columnas pagadas ni aplausómetros organizados desde alguna oficina pública— que demuestren que otro candidato une más, provoca menos rechazo, conserva mejor el voto tradicional del PAN, atrae más independientes y fortalece la candidatura a gobernador, tu deber, si de veras antepones el partido a tu persona, será retirarte. Punto. Retirarte con la única dignidad que nadie puede quitarte —la inherente a tu condición de ser humano—; de las demás no hablemos: ni las conoces ni las has tenido nunca. Eso se llama lealtad, Chago; todo lo demás es discurso.‍ ‍

Hasta hoy, sin embargo, has hecho exactamente lo contrario: mientras más resistencia encuentras, más dinero, más propaganda, más operadores, más eventos, más presencia, más gente y más ruido —más marrano, pues— parecen necesarios para demostrar que eres inevitable.‍ ‍

Tu precampaña no transmite la serenidad de quien sabe que la militancia lo quiere, sino la ansiedad de quien necesita convencer a todos, a todas horas, de que ya ganó porque sabe, más allá de toda duda, que está en el 4.º o 5.º lugar. ¡Ay, ternurita, qué chiquito te ves desde acá!‍ ‍

Algo no cuadra, Santi: los candidatos naturales no necesitan parecer naturales mediante toneladas de publicidad; al árbol que da sombra no hay que colocarle un espectacular que diga: “DA SOMBRA” —por lo menos aprende eso de Jáuregui—.‍ ‍

Tampoco confundas terquedad con carácter. Perseverar es una virtud cuando el propósito merece la pena y los medios son legítimos; persistir cuando el costo empieza a pagarlo todo el partido tiene otro nombre: egoísmo puro y duro; y ese egoísmo sería todavía más grave en tu caso porque no llegaste al PAN después de veinte años de caminar sus calles, organizar casillas, defender votos, aguantar derrotas, marchar frente a Palacio o dormir junto a paquetes electorales. Llegaste al PAN desde el gobierno y ahora pretendes que quienes hicieron todo aquello acepten que tu aspiración personal vale más que sus reservas, sus agravios y hasta la posibilidad de conservar el gobierno estatal. Ahí tendrás que demostrar de qué estás hecho.‍ ‍

Cualquiera quiere a un partido cuando el partido le entrega una candidatura; cualquiera lo abraza cuando, de a gratis y sin méritos, lo pone en una boleta; cualquiera se vuelve doctrinario cuando descubre que la doctrina conduce a una alcaldía. La verdadera prueba llega cuando el partido te dice —o la realidad te demuestra— que eres más útil fuera de la candidatura que dentro de ella. Entonces se sabe si había convicción o simple conveniencia.‍ ‍

Te lo pongo más fácil: imagina que por fin queda demostrado, con instrumentos serios y comparables, que tu candidatura divide al PAN, pone en riesgo la Presidencia Municipal y le resta votos al candidato a gobernador. Imagina que, aun así, puedes insistir, utilizar tus relaciones, apretar tuercas, convencer al CEN, obtener el respaldo de María Eugenia, forzar una designación y finalmente aparecer en la boleta. Incluso imagina que puedes hacerlo legalmente. ¿Lo harías?‍ ‍

Si tu respuesta es sí, ¡ah, puerco!, deja entonces de hablarnos de amor al PAN, unidad y compromiso: lo que amas es tu candidatura.‍ ‍

Si tu respuesta es no, haz algo inteligente desde ahora: establece públicamente el límite; comprométete a que, si otro aspirante demuestra mejores condiciones electorales y mayor capacidad para mantener unido al partido, te retirarás sin pataleos.‍ ‍

A esto te reto esta vez: vámonos a una convención con voto secreto, sin acarreados ni compra de sufragios; dile “no” a tejemanejes de cúpulas crápulas; incluso dile “no” a debatir conmigo —aunque la propuesta siga pendiente—. Pero este reto no lo eches en saco roto: demuestra que eres capaz de perder tú para que gane el PAN y, con ello, ganen Chihuahua y Chihuahua —patria chica y chiquitita—. Porque, fíjate qué cosa, Santiago, a lo mejor de eso se trata ser panista y nadie te lo ha explicado —o eres medio pendejo—: durante décadas hubo hombres y mujeres en Acción Nacional que compitieron sabiendo que perderían; pusieron dinero de su bolsa, soportaron persecuciones, ceses, amenazas, cárcel y hasta golpes —tú estabas ahí, pero del otro lado; ¿recuerdas la Recomendación 41/2016 de la CEDH? [2]—. No había cargos seguros, contratos, subsecretarías ni candidaturas garantizadas esperándolos al final del camino. Hacían política porque creían en algo que los trascendía; ahora tienes una oportunidad magnífica para probar que también eres capaz de colocar algo por encima de ti mismo. No te estoy pidiendo heroísmo ni martirio. Te estoy pidiendo una eventual renuncia a una candidatura municipal. Tampoco es para tanto, no mames. Eres joven… y… y… y… eres joven.‍ ‍

Sin embargo, sospecho que puede ser lo más difícil que te hayan pedido en toda tu renga vida, porque al final la cuestión es brutalmente sencilla: Si el PAN necesita que tú seas candidato, adelante; empero, si tú necesitas ser candidato aunque el PAN pague las consecuencias, hazte a un lado.‍ ‍

El partido no nació para llevarte a ti a ninguna parte. Si de veras quieres al PAN como ahora dices quererlo, ésta puede ser tu primera oportunidad seria de demostrarnos que no llegaste a servirte de él, sino a servirle.‍ ‍

Ya veremos.‍ ‍

Con mis respetuosos saludos, quedo a tus apreciables órdenes,‍ ‍

Luis Villegas Montes. ‍

[1] La moral es el conjunto de principios, valores, normas y criterios mediante los cuales una persona o una comunidad juzga las conductas humanas como buenas o malas, correctas o incorrectas, debidas o indebidas. 

[2] Expediente núm. YA 533/2015, Recomendación núm. 41/2016. 

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LA COBARDÍA MONTADA EN UN SIGNO DE INTERROGACIÓNLA (2a. de 2 partes).

C.   Ninguna parte del texto, sin embargo, resulta tan reveladora como aquella donde se afirma que Jáuregui pretende “arrebatar a la gobernadora la prerrogativa de influir en la designación” del candidato a presidente municipal; aquí sí caben las preguntas: ¿la qué?, ¿la prerrogativa?, ¿desde cuándo?, ¿quién se la otorgó?, ¿en qué norma aparece? Una prerrogativa es una atribución, privilegio o facultad reconocida dentro de determinado orden jurídico o institucional; por supuesto que María Eugenia posee un enorme peso político en Acción Nacional, negarlo sería infantil; es la gobernadora, es la principal figura panista del Estado y necesariamente tiene preferencias, aliados, capacidad negociadora e influencia; pero influencia política y prerrogativa son dos cosas completamente distintas. No existe un solo artículo, ¡uno solo!, ¡un párrafo!, ¡una línea!, de la Constitución, de la ley o de los Estatutos que defienda esa estupidez; la candidatura a la Presidencia Municipal no integra el patrimonio de la gobernadora, no es herencia, dote, merced real ni pieza del mobiliario de Palacio que pueda entregar al favorito de sus afectos; puede opinar, promover, impulsar, negociar, persuadir y ejercer toda la influencia política que sea capaz de reunir, faltaba más, pero de ahí a reconocerle una “prerrogativa” media un abismo jurídico y democrático.‍ ‍

Porque si se acepta semejante teoría, entonces los órganos partidistas están de adorno, las reglas internas son escenografía, los militantes comparsas y la verdadera decisión corresponde a quien ocupa la gubernatura; en ese caso, ahorrémonos convocatorias, registros, comisiones, entrevistas y demás ceremonias: que María Eugenia mande la lista y nos evitamos la molestia. Y tampoco nos engañemos con el CEN; si alguien piensa que las decisiones de un CEN que se va a cagar en los panistas van a ser respetadas, está muy equivocado; una dirigencia arbitraria, atrabiliaria, abusona, parcial o interesada no merece respeto por la sola circunstancia de ocupar un membrete. Juan de Mariana, en su tratado De rege et regis institutione, sostuvo que, cuando un rey se convierte en tirano y destruye las leyes y libertades de la comunidad, puede llegar a ser legítima su eliminación; desde luego, nadie está proponiendo aquí importar literalmente al siglo XXI las soluciones del jesuita, pero sí recordar el principio que subyace a su razonamiento: la autoridad que se vuelve arbitraria erosiona por sí misma el deber de obediencia; en su justa medida, un CEN de mierda no merece ningún respeto.‍ ‍

Lo verdaderamente hilarante es que la misma columna se burla unas líneas antes del “dedazo demoscópico” de MORENA; según esto, el dedazo es una práctica abominable cuando el dedo viene pintado de guinda, pero cuando está pintado de azul se transforma milagrosamente en “prerrogativa”; formidable alquimia política: donde MORENA impone hay autoritarismo, pero donde el PAN impone existe una exquisita atribución institucional. Diría Juárez, convenientemente actualizado por Lord Moléculo: “El respeto al dedo ajeno es guinda, el respeto al dedo propio es azul”; y ahí está, en realidad, el fondo de la cuestión; para cierta gente el problema nunca ha sido el dedazo, sino la identidad del dueño del dedo.‍ ‍

Hay además otra cosa que llama la atención y que explica buena parte del tono de la pretendida columna; según esa curiosa concepción de la vida pública, Jáuregui debería mostrar “lealtad y agradecimiento” porque el PAN y la gobernadora “tanto le dieron”; ¿le dieron qué?, ¿los cargos públicos eran propiedad de María Eugenia?, ¿los pagó de su bolsa?, ¿las instituciones forman parte de una hacienda personal cuyos beneficiarios adquieren una deuda eterna de obediencia? Esa manera de entender el poder es vieja, cortesana y profundamente patrimonialista; confunde colaboración con vasallaje, disciplina con sumisión, gratitud con obediencia y termina convirtiendo los cargos públicos en mercedes reales que deben agradecerse de rodillas.‍ ‍

No; en una república los cargos no son dádivas, las posiciones públicas no generan servidumbre personal y un político puede discrepar, competir e incluso romper con quien alguna vez lo nombró sin incurrir por ello en pecado de lesa majestad; podrá equivocarse, podrá perder, podrá terminar políticamente hecho pedazos, pero pretender competir no equivale a traicionar y, si las candidaturas estuvieran reservadas de antemano a quien reciba el visto bueno del gobernante, entonces la democracia interna sería una farsa y la militancia simple utilería.‍ ‍

Termino; hay algo casi enternecedor en un texto que se muestra tan seguro de conocer las conversaciones privadas del CEN, las intenciones secretas de Jáuregui, sus supuestas reuniones furtivas, sus fuentes de financiamiento y hasta el estado de confusión de su mente y que, sin embargo, tropieza reiteradamente con asuntos bastante más accesibles: “recibie», “los arrogante”, “jóven”, “cuhcara”, “comprimosos”, “equió”, “tración”, “Juparez”; todo ello está ahí y no es la primera vez. Las erratas, naturalmente, las comete cualquiera —yo también— y algunas poseen una extraordinaria habilidad para sobrevivir a varias lecturas; otra cosa es convertir el idioma en puntual desastre y, sobre todo, hacerlo mientras se pretende diagnosticar el estado mental ajeno. Quizá convenga, por elemental prudencia, revisar primero el propio texto; no vaya a ser que entre el “tajante veto” que nadie conoce, los “antecedentes penales” que nadie identifica, las reuniones “furtivas” que nadie prueba, las fuentes de financiamiento que nadie señala y la “prerrogativa” que no aparece en norma alguna, termine por ocurrir lo más sencillo de todo: que Lord Moléculo no tenga información privilegiada, sino apenas una colección de rumores y una extraordinaria, e injustificada, confianza en sí mismo.‍ ‍

En los hechos, cuando en un texto se pretende diagnosticar el estado mental ajeno, quizá convenga, por elemental prudencia, pasar primero a diagnosticar el propio empezando por su capacidad para escribir correctamente (se supone que a eso se dedica), no sea que de “pinche loco” pase a ser un “vulgar pendejo”.‍ ‍

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LA COBARDÍA MONTADA EN UN SIGNO DE INTERROGACIÓN (1a. de 2 partes).

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Hay una modalidad singular de periodismo político; no la inventó el régimen que se enseñorea en México; en sus tiempos, el PRI hizo lo propio y toda una generación quedó resumida en la célebre expresión del presidente —con “e”— José López Portillo, en alusión a los medios de su época: “no te pago para que me pegues”; el estilito sobrevivió y MORENA —¿qué duda cabe?— lo desempolvó, le dio su remozadita y lo actualizó hasta convertirlo en una constante: medios desvergonzadamente sumisos, asquerosamente serviles, profundamente estúpidos —¿o qué otra cosa puede decirse del inefable Lord Molécula?—; tipejos de esa calaña, que afirman sin afirmar, acusan sin acusar y ensucian sin hacerse cargo de la propia mugre, abundan.‍ ‍

Lo malo es que pareciera que el virus se extiende; en Chihuahua, tristemente, empiezan también a abundar lenguas cantarinas que, a cambio de un plato de lentejas más o menos a rebosar, son capaces de proferir cualquier sarta de imbecilidades e infundios; pensemos en uno que, temporalmente y mientras encuentro apelativo más preciso, llamaremos Lord Moléculo. El procedimiento parece de manual: se toma un rumor, se le acompaña con dos o tres adjetivos, se añaden unos signos de interrogación y listo, el chisme queda vestido de noticia; ¿Fulano roba?, ¿Mengano traiciona?, ¿Zutano recibe dinero oscuro?; no necesitas afirmar nada, faltaba más, basta una cabalgata de preguntas insidiosas y, si después alguien reclama pruebas, queda expedita la salida de emergencia: “yo no afirmé que fuera cierto, solamente pregunté”; es la cobardía misma, montada en un signo de interrogación.‍ ‍

A ese método recurrió ayer quien escribió la porquería que puede leerse en el siguiente sitio: https://lavisiondechihuahua.com/124063-2/; el texto merece atención no porque critique a César Jáuregui —criticar a quien pretende un cargo público es legítimo, saludable y necesario; quien no soporte la crítica que se dedique a otra cosa—, sino porque ofrece una pequeña antología de esa peculiar alquimia mediante la cual el rumor pretende convertirse en información sin pasar por la incómoda aduana de la prueba. Dice la pretendida columna, entre otras sandeces, que Jáuregui “quemó la última oportunidad de mostrar un mínimo de lealtad y agradecimiento con el PAN y con la gobernadora que tanto le dieron”; que en una reunión con Maru Campos “reventó la liga”; que su aspiración a la Presidencia Municipal es una “loca idea” y un “despropósito”; que su mente se encuentra en “estado de confusión” y que “el CEN ya le dijo que no puede y no será candidato, por los antecedentes penales que arrastra”.‍ ‍

Todo eso puede ser cierto, falso, parcialmente cierto, parcialmente falso, producto de un arrebato de súbita inspiración, de una lengua particularmente indiscreta o del consumo de psicotrópicos; no lo sé, pero el autor tampoco nos permite saberlo porque no ofrece un solo elemento para comprobarlo: ningún documento, ningún mensaje, ninguna fuente identificable, ningún testimonio atribuible, ninguna resolución, ninguna fecha precisa, nada de nada; sólo la certeza pontificia de quien cree que basta escribir una cosa para volverla verdad. Y aquí aparece una cuestión elemental que cualquier estudiante de primer semestre debería conocer: quien afirma, prueba; el que sostiene la existencia de un hecho es quien carga con la obligación de acreditarlo y no quien lo niega; pretender lo contrario conduciría al absurdo de que mañana yo preguntara si Lord Moléculo recibe dinero del crimen organizado y luego le exigiera demostrar que no lo recibe; los hechos negativos, por regla general, no se prueban y la carga corresponde a quien afirma el positivo.‍ ‍

Empero, dejémonos de conejitos en la luna, pedos metafísicos y demás recursos escatológicos utilizados en el texto y vayamos a lo único que importa: ¿dónde están las pruebas de lo que afirma? Pongo tres ejemplos contundentes de ese enfermizo cinismo y de ese impudor.‍ ‍

A.   Un “tajante veto del CEN” no es una metáfora, una percepción ni un estado de ánimo; es un hecho concreto y susceptible de demostración; ¿quién vetó a Jáuregui?, ¿cuándo?, ¿en qué reunión?, ¿mediante qué órgano?, ¿en qué acuerdo?, ¿quién se lo notificó?, ¿hay oficio?, ¿hay resolución?, ¿hay mensaje?, ¿hay siquiera alguien dispuesto a poner nombre y apellido detrás de la afirmación? Misterio. Hasta ahora, lo públicamente comprobable es otra cosa: el 14 de julio César Jáuregui formalizó su registro para participar en el proceso interno del PAN rumbo a la Presidencia Municipal de Chihuahua; eso, desde luego, no significa que vaya a ser candidato, ni que tenga derecho adquirido alguno a serlo; significa solamente que, si alguien sostiene que después de ese registro el CEN decidió excluirlo tajantemente, la carga intelectual mínima consiste en demostrarlo; no Jáuregui, no sus amigos, no quienes dudan de la versión: quien lo afirma. No es mucho pedir; se llama coherencia, integridad, decencia y, si se quiere vestir la cosa con ropaje jurídico, carga de la prueba.‍ ‍

B.   Sin embargo, existe todavía una afirmación mucho más grave: la alegre referencia a los “antecedentes penales que arrastra”; aquí convendría hacer algo verdaderamente revolucionario para el mendaz articulista: usar correctamente las palabras. Un antecedente penal no es un rumor, ni una enemistad política, ni una nota periodística, ni el hecho de aparecer mencionado en una carpeta; una denuncia tampoco convierte a nadie en delincuente y, hasta el día de hoy, ser citado como testigo no produce semejante transformación por arte de magia. Respecto del episodio relacionado con la presencia de agentes estadounidenses y el llamado caso CIA —que la propia columna utiliza para golpear a Jáuregui—, la información publicada en mayo señala que la FGR citó tanto a María Eugenia como a Jáuregui en calidad de testigos; punto. Conforme a estricto derecho, las palabras “testigo”, “investigado”, “imputado”, “acusado” y “sentenciado” no son sinónimos; no son grados intercambiables de una misma cosa, no pueden barajarse a conveniencia del escribidor y mucho menos desembocar, como por generación espontánea, en la palabra “culpable”.‍ ‍

En ese sentido, Lord Moléculo debería dejar en blanco y negro cuáles son esos antecedentes penales que supuestamente Jáuregui “arrastra” y publicarlos; tendría que señalar el número de causa, el tribunal, el delito, la sentencia y el estado procesal; además, tendría que razonar (ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja; ¡como si pudiera el pobre!) cómo esos antecedentes le impiden ser candidato, es decir, precisar cuál es la norma constitucional, legal o estatutaria que produce semejante consecuencia en ese caso concreto. Así funciona una afirmación seria; todo lo demás es humo. Sin embargo, ahondemos más en esa pseudoafirmación: ¿por qué es falsa? Porque:‍ ‍

1.    Jáuregui no tiene antecedentes penales de ningún tipo;‍ ‍

2.    No existe ningún tipo penal en que puedan encuadrarse eficazmente las conductas a él atribuidas;‍ ‍

3.    La causa no va a proceder mientras el gobierno de la República mantenga archivada la renuncia;‍ ‍

4.    Dos de las personas que podrían declarar en su contra fallecieron;‍ ‍

5.    Las otras dos personas que podrían declarar en su contra (los agentes de la CIA sobrevivientes) no se han manifestado de ninguna forma que haga presumir que hay algún tipo de responsabilidad;‍ ‍

6.    El único orden de gobierno que podría proceder en contra de Jáuregui es el federal y es absurdo pretender que MORENA va a apoyar a María Eugenia en esta aventura (o en cualquier otra);‍ ‍

7.    Si se intenta proceder en contra de él (como mando superior involucrado), la cadena de responsabilidades llegaría hasta María Eugenia; sería, literalmente, pegarse un “balazo en el pie”;‍ ‍

8.    Si de carpetas de investigación se trata, varios integrantes del gabinete —y parientes CERCANOS— deberían estar preocupados (y temblando), y‍ ‍

9.    No ha de ser tan malo ser acusado, vinculado a proceso y absuelto, visto que la única política en Chihuahua, con “antecedentes penales” reconocidos, es María Eugenia.‍ ‍

Continuará…‍ ‍

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NO ERA HAMBRE…

“Al igual que la gobernadora Campos, yo también espero que César Jáuregui no traicione sus principios con los que muchos lo conocimos años atrás […]”. ¡Ja, ja, ja, ja! De esa forma tan rimbombante empieza su columna un pelagatos (¿o gatófago?); tras leerlo, recordé el chiste de la mosca y el elefante: Iba un elefante marchando por la selva y arrasando con todo a su paso; al ver el desastre que el paquidermo ha dejado, orgullosa, la mosca, que va cómodamente posada sobre su lomo, exclama: “¡Caramba! ¡Qué desmadre el que hicimos!”.‍

Si quiere herirse los ojos —y el entendimiento— lo puede leer en el siguiente sitio: https://lavisiondechihuahua.com/123731-2/ Como soy un hombre que, por lo general, actúa de buena fe, me atrevo a pensar que yo estaba equivocado pues, lo que obnubila la mente del pseudoarticulista no es el hambre (como lo creí en un principio), sino la pendejez lisa y llana. Me explico: hay algo profundamente equivocado, y podrido, en el alegato que pretende construirse contra César Jáuregui; y no es sólo una cuestión de simpatías personales ni de preferencias electorales, es algo bastante más elemental: se están trastocando los términos de la discusión hasta convertir un derecho político legítimo en una especie de acto de insubordinación contra el poder. El cuasicolumnista sostiene que Jáuregui fue “uno de los mayores beneficiarios” de los éxitos de María Eugenia y, casi de inmediato, eleva a la gobernadora a la condición de “jefa política” frente a la cual —parece sugerir— cualquier aspiración que no cuente con su beneplácito constituye una suerte de deslealtad.‍

Como diría Jeffrey Dahmer, vayamos por partes. Sí, César Jáuregui ocupó posiciones importantísimas durante los gobiernos encabezados por María Eugenia, pero precisamente por eso resulta equívoco describir esa relación solamente con la palabra “beneficiario”, porque Jáuregui no fue un gordito que pasaba por la banqueta cuando ella decidió repartir cargos y canonjías; fue también uno de sus colaboradores más relevantes, uno de los operadores de mayor peso, literal y metafóricamente hablando, de sus gobiernos y, por tanto, partícipe —para bien o para mal— de una parte importante de sus resultados. Presentar la relación como si todo hubiese corrido en una sola dirección, de la generosa gobernadora hacia el agradecido subordinado, no es análisis político: es construir una relación feudal donde sólo hubo una asociación política.‍ ‍

Y de ahí viene el siguiente disparate, según el cual, Jáuregui estaría “queriendo tumbar las puertas del PAN” para obtener la candidatura a la Presidencia Municipal. ¿Tumbar cuáles puertas? El PAN anunció oficialmente que sus candidaturas para 2027 estarían abiertas a la participación ciudadana y cuenta con órganos partidistas expresamente facultados para conducir los procedimientos de selección de candidatos. Aspirar a una candidatura, buscar apoyos, promoverse políticamente y tratar de ganar un proceso interno no equivale a derribar las puertas de un partido. Eso se llama “competir”. De no esperar el abundante plato de croquetas proveniente de la secretaría de gobierno, hasta el tonto escribidor podría entenderlo, pero no puede: lo verdaderamente inquietante no es que César Jáuregui quiera ser candidato, lo terrible es aceptar como normal que la gobernadora del Estado pueda decidir quién debe serlo y quién no.‍ ‍

María Eugenia tiene, por supuesto, derechos políticos; y puede tener simpatías, afectos, desafectos y preferencias; lo que no puede confundirse es a la María Eugenia militante del PAN, con la María Eugenia gobernadora del Estado de Chihuahua; la segunda encarna un poder público y está sujeta a deberes de imparcialidad que no desaparecen cuando comienza la sucesión política, pues el artículo 134 constitucional impone a las personas servidoras públicas obligaciones precisamente dirigidas a impedir que los recursos y la posición pública alteren la equidad de las competencias políticas.‍ ‍

Por eso resulta sorprendente que no sólo se pase por alto el problema, sino que prácticamente lo celebre: festivo nos informa que María Eugenia es la “jefa política”, que domina al PAN estatal, que tiene liderazgo sobre la dirigencia nacional y concluye que Jáuregui difícilmente podrá “salirse con la suya” enfrentándose a semejante poder. ¡Carajo! ¡Qué poca madre! ¡Qué nula capacidad de análisis! ¡Y qué desvergüenza! ¿Nadie advierte la monstruosidad de semejante razonamiento? Si la candidatura, cualquier candidatura, está decidida porque la gobernadora “es la jefa”, si contender contra su voluntad equivale a patear puertas, si aspirar sin su autorización es deslealtad y si quien insiste corre el riesgo de ser acusado hasta de “traición”, entonces ahorrémonos estatutos, convocatorias, órganos electorales partidistas, encuestas, elecciones primarias y militantes. Bienvenida la selva: “Tú Jane, yo Tarzán”.

No más faltó sugerir que el ‍mecanismo consiste en que la gobernadora saque una libreta, escriba los nombres y asunto concluido.‍ ‍

Pero no, no, no, ¡no! Un partido político no es patrimonio del gobernador emanado de sus filas, ni sus militantes son empleaduchos de cuarta, ni la gratitud por haber compartido responsabilidades públicas genera una servidumbre política perpetua. Y si así son las cosas, mucho menos puede sostenerse con seriedad que Jáuregui esté obligado a renunciar a una aspiración legítima porque alguna vez formó parte del equipo político de María Eugenia.‍ ‍

Y si alguno piensa que estos párrafos son duros, no se confunda, es asco y pena ajena. Escribe: “Mientras discutimos si César traiciona o no, Santiago de la Peña sigue sumando adeptos dentro y fuera del PAN. Que Gil Loya, uno de los más comprometidos con la gobernadora, se haya abierto sin rubor a favor de Santiago, haciéndolo figura central de un cumple eminentemente político, y que varios directores de la Presidencia Municipal se tomasen la foto con él, habla de su trabajo político. Santiago está haciendo su parte y la está haciendo bien”. Con ese párrafo se ganó una dotación de Whiskas para todo el semestre; si fuera comunicador, si de verdad ejerciera el periodismo, la noticia sería cómo el gobierno en pleno, ése sí sin rubor, se ha volcado en hacerle el caldo gordo a un puerco que ilegalmente se sirve de todos los recursos a su alcance, para obtener una candidatura que no se merece desde ninguna óptica y por ningún concepto. ¡Ésa es la nota y no otra!‍ ‍

Por lo pronto, aquí seguiremos, amastreando bestias.  ‍ ‍

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CORTÉS: EL HOMBRE (8.ª de no sé cuántas partes).

Ya vamos en la octava entrega y es preciso hacer un resumen.‍

A lo largo de estos párrafos se han hecho, y sostenido, afirmaciones varias, tales como que: “México es heredero de la Nueva España y de Tenochtitlan”; que, de algún modo, “el odio a Cortés termina siendo odio a una parte de nosotros mismos”; y que el mecanismo ideológico del nacionalismo revolucionario peca de excesos varios, como simplificar a los héroes , ver a Cortés como una especie de villano funcional o romantizar a los pueblos prehispánicos, empezando por los mexicas.‍ ‍

Lo anterior, de ninguna manera puede verse —porque no lo es— como una caricatura inversa; así, el afirmar que Tenochtitlan no fue símbolo de ciencia o arte porque “no existía un desarrollo comparable al de Eurasia” expresa una verdad evidente por varias razones: primero, porque ninguna civilización americana del XVI iba a ser comparable tecnológicamente con Eurasia; segundo, porque todas las civilizaciones que, a lo largo y ancho del planeta, alcanzaron el repunte cultural de los aztecas (sofisticación hidráulica, astronomía ritual compleja, urbanismo monumental, admirable ingeniería agrícola, organización tributaria avanzada y arquitectura impresionante) no se quedaron en ese punto y cambiaron de estadío (o desaparecieron), y tercero, aunque nos duela admitirlo, porque la conquista es un hecho; efectivamente, enfrentadas, una civilización se impuso a la otra.‍ ‍

Y esto último es de capital importancia porque no significa —como pretenden los corifeos del oficialismo— que aquélla sea una estampa estática; por el contrario, como se ha dicho, y probado también, fue un acontecimiento dinámico que sobrevive a nuestros días; pues si perviven vocablos nahuas, junto a una rica gastronomía, una cosmovisión individual, festividades significativas, estructuras comunitarias, herencias agrícolas, imaginarios simbólicos, toponimias y prácticas rituales mezcladas (conste que no se trata de “mexicas puros”); existe un marco referencial, también propio y tan nuestro como esos resabios indígenas, proveniente de otras latitudes.‍ ‍

No se nos debe olvidar que Nueva España no era de España; la Nueva España era España; y hago bien en llamarla “Nueva España” —y sin contradecirme— porque aunque el Estado español no existía ni existía tampoco un país llamado “España” (lo vamos a ver en un instante), es el propio Cortés quien así nombra a estas tierras. En su segunda carta de relación, enviada a Carlos V en 1520, así la llama: “esta Nueva España del Mar Océano […]”; por cierto, en este punto es dable sostener este punto con datos:‍ ‍

Según las Leyes de Indias, los reinos americanos estaban unidos a la Corona de Castilla a través de la persona del monarca; es decir, jurídicamente, tenían el mismo estatus que los reinos peninsulares. ¿Por qué? Porque España no era un “Estado-nación” moderno, sino una agregación de reinos, provincias, señoríos y coronas unidos en la persona del rey; es decir, no existía “España” como estado unitario centralizado en el sentido contemporáneo. En su lugar, existía la Monarquía Católica de los Austrias y luego de los Borbones y tantán.‍ ‍

Legalmente hablando, “Las Indias” quedaron jurídicamente incorporadas a la Corona de Castilla, no al “Reino de España” (que tampoco existía como tal). ¿El fundamento de este régimen? Las bulas alejandrinas y las capitulaciones de Santa Fe (acuerdo firmado el 17 de abril de 1492 entre los Reyes Católicos y Cristobal Colón. En ellas se establecieron los términos de la expedición hacia el oeste). Ése es el título originario.‍ ‍

Después, vendría el fundamento normativo directo de esa unión perpetua a Castilla: la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, Libro III, Título I, Ley I, que reza en lo conducente: “Que las Indias Occidentales estén siempre unidas a la Corona de Castilla, y no se puedan enajenar”. El texto arranca con la siguiente fórmula: “[…] es nuestra voluntad, y lo hemos prometido y jurado, que siempre permanezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza, prohibimos la enajenación de ellas. Y mandamos, que en ningún tiempo puedan ser separadas de nuestra Real Corona de Castilla, desunidas, ni divididas en todo o en parte […]”.‍ ‍

¿Qué implica lo anterior? Por lo menos tres cosas:‍ ‍

1.     Igualdad de dignidad jurídico-política pues los reinos americanos estaban unidos a la Corona de Castilla a través de la persona del monarca;‍ ‍

2.     Instituciones propias como el Virreinato, la Real Audiencia y sus propios tribunales; lo que le otorgaba una estructura administrativa compleja, y‍ ‍

3.     Que el término “colonia” se generaliza y cobra fuerza con el reformismo borbónico del siglo XVIII, cuando la Corona tiende a centralizar, fiscalizar y explotar de manera más eficiente los territorios americanos, aunque el lenguaje jurídico tradicional siguiera hablando de reinos de Indias.‍ ‍

Es decir, de colonia, nada (o en todo caso, el empleo de ese término resulta insuficiente o anacrónico), y mucho menos, tres siglos de decadencia. Quien lo afirme, ése sí, es un ignorante de tomo y lomo. Escribe López Obrador:‍ ‍

“La esclavitud, si no de jure, fue implantada de facto. El resultado fue un periodo de tres siglos de decadencia durante la dominación colonial, prolongada en un largo lapso del México independiente”.[1]‍ ‍

Como se ve que a este señor de poco le sirvió, según su dicho, haber estado en “todos los municipios del país”,[2] porque eso significa que no conoció nada: que no vio catedrales, ni universidades, ni retablos, ni hospitales, ni acueductos, ni caminos reales, ni puentes, ni plazas mayores, ni palacios virreinales, ni ayuntamientos, ni casas consistoriales, ni haciendas, ni bibliotecas, ni pinturas, ni platería, ni talavera, ni órganos barrocos, ni fuertes, ni astilleros, ni fortificaciones, ni portales, ni alamedas, ni fuentes, ni criptas, ni sillerías de coro, ni vitrales, ni rejas de hierro forjado, ni artesonados, ni teatros, ni obrajes, ni viñedos, ni ingenios azucareros. ¡De cuánta auténtica grandeza se perdió el pobre!‍ ‍

Vale la pena traer a colación —y cuantas veces haga falta—, al ilustre don José Fuentes Mares y su célebre Cortés:‍ ‍

“A partir del testamento de la reina Isabel, abundan las provisiones reales en defensa de la dignidad moral y libertad de los indios, y las cartas y Ordenanzas de Cortés exhiben ese propósito no obstante las brutales exigencias de la Conquista y los conquistadores […] Sólo por miopía hemos transigido con ruedas de molino, y aplaudido la tonta versión que nos denigra”.[3]

Continuará…

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[1] LÓPEZ OBRADOR, Andrés Manuel. Grandeza, Océano, México, 2026, p. 35. Énfasis añadido.

[2] Nota de la redacción titulada: “Soy el mexicano que más conoce el país, de arriba a abajo: López Obrador”, publicado el 22 de diciembre de 2022. [En línea]. Visible en el sitio: https://lopezdoriga.com/nacional/amlo-lopez-obrador-mexicano-mas-conoce-pais-todos-municipios/ Consultado el 10 de mayo de 2026 a las 6.30 h. Énfasis añadido.

[3] FUENTES MARES, José. Cortés. El Hombre, Grijalbo, 6.ª edición, México, 1981, p. 260. Énfasis añadido.


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EL 3 DE AGOSTO NO SE OLVIDA

Hace justo 100 años, en 1926, se presentó el quiebre definitivo entre la Iglesia católica y el Estado mexicano, marcando el paso de la resistencia civil y legal al estallido violento de la Guerra Cristera. Lo que ocurrió ese año fue una escalada radical de provocaciones gubernamentales y respuestas de la sociedad civil que culminaron en el derramamiento de sangre en agosto y el posterior alzamiento en armas. Los antecedentes y sucesos clave se desarrollaron a través de los siguientes hitos:‍ ‍

1.    El 4 de febrero de 1926, el periódico El Universal publicó una entrevista al arzobispo de México, José Mora y del Río; en ella, el prelado declaró de forma contundente que la Iglesia no reconocía y combatiría los artículos anticlericales de la Constitución de 1917 —específicamente los artículos 3°, 5°, 27° y 130°—;

2.    El presidente Plutarco Elías Calles, masón irredento y furibundo anticatólico, ordenó la clausura inmediata de conventos, la expulsión de sacerdotes extranjeros y el cierre forzoso de escuelas religiosas;

3.    En junio de 1926, la confrontación ideológica tomó forma de decreto penal. El Ejecutivo emitió la conocida “Ley Calles” (Ley de Tolerancia de Cultos), una reforma diseñada para castigar penalmente cualquier desacato del clero: La ley prohibía a los sacerdotes usar sotana en la vía pública, eliminaba por completo la personalidad jurídica de las iglesias, sancionaba la educación religiosa y facultaba a los alcaldes civiles para decidir el número máximo de sacerdotes permitidos en cada municipio, asfixiando la operatividad de la Iglesia;

4.    La respuesta civil de la feligresía no se hizo esperar, encabezada por la Liga Nacional para la Defensa de la Libertad Religiosa y la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), quienes articularon una resistencia en dos frentes:‍ ‍

a)   Se organizó un freno económico nacional para presionar las finanzas del gobierno, consistente en no comprar billetes de lotería, reducir al mínimo el consumo de gasolina, electricidad y artículos de lujo, y evitar el uso del transporte público, ‍y ‍

b)   Ante la imposibilidad de cumplir con la Ley Calles sin someterse al control absoluto del Estado, el Episcopado Mexicano —con la autorización explícita del Papa Pío XI— tomó una medida inédita y drástica: suspender los cultos públicos en todos los templos católicos de México a partir del 31 de julio de 1926. Ese día, en una atmósfera de pánico y devoción, miles de fieles acudieron a las iglesias a bautizar y casarse en masa antes de que las puertas se cerraran indefinidamente, y

5.    Con los templos vacíos de sacerdotes, el gobierno federal ordenó que juntas civiles locales tomaran posesión y control físico de los inmuebles. Esto provocó el choque frontal con los jóvenes laicos que se habían organizado para custodiar los edificios sagrados.

Ése fue el punto de no retorno; el 3 de agosto, se desató el Sitio del Santuario de Guadalupe en Guadalajara; en este lugar, el ejército federal abrió fuego contra los jóvenes de la ACJM, perpetrando una matanza que sepultó la vía pacífica, inició una resistencia civil y terminó por convertirse en el prólogo sangriento de una guerra civil que dividió a México por tres años.‍ ‍

¿Por qué la masacre del 3 de agosto de 1926 quedó en la penumbra histórica, mientras que el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco se convirtió en un hito de la memoria nacional? Por una razón muy simple: El poder, la ideología y el control cultural moldean el recuerdo colectivo.‍ ‍

En efecto, a pesar de compartir la misma trágica esencia —población civil e indefensa masacrada por la barbarie y el aparato represor del Estado—, sus destinos en el imaginario público fueron radicalmente opuestos. La historia oficial, al final del día, no la escriben los muertos, sino los intereses políticos de quienes sobreviven para contarla.‍ ‍

En el caso concreto, el monopolio de la narrativa oficial posterior a la Revolución lo tenía el Estado mexicano surgido de la Revolución, mismo que construyó un relato oficial unificado. El grupo en el poder se autoproclamó como el único heredero legítimo de la “modernidad” y el “progreso” de la nación, lo que conllevó a estigmatizar la rebelión y a la censura por parte del Estado: En la especie, por ejemplo, al triunfo del aparato militar e institucional del gobierno de Plutarco Elías Calles, los hechos del Santuario de Guadalupe del mes de agosto de 1926 se registraron en los libros oficiales simplemente como el sofocamiento de una revuelta ilegal, sepultando el carácter de víctimas que tenían los jóvenes civiles.‍ ‍

Había, hubo, hay, un férreo control de los medios de comunicación y de los testigos.‍ ‍

El heredero de esa barbarie es el gobierno actual; plagado de priistas insepultos vestidos con chaleco guinda que no dudaron en llamar a la porquería que dirigen “4.ª Transformación”; es decir, movimiento heredero, descendiente directo, de ese régimen represor y falsario que dominó por entero tres cuartas partes del siglo XX en México.‍ ‍

Me queda claro que, México, no padece falta de memoria, sino que cuenta con una memoria selectiva; recordamos lo que confirma nuestros prejuicios y borramos lo que obliga a revisar nuestros mitos.‍ ‍

El 2 de octubre no debe olvidarse, el 3 de agosto tampoco, pues si el Estado va a decidir cuáles muertos merecen memoria y cuáles no, la historia deja de ser conciencia y se convierte en consigna; y eso es, precisamente, lo que quiere este régimen de pacotilla. En ésas estamos, mexicanos.‍ ‍

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CORTÉS: EL HOMBRE (7.ª de no sé cuántas partes).

‍Ciertamente, en la entrega anterior de esta serie, nos quedamos en lo que es el México de hoy. Esa mixtura preciosa,[1] magnífica obra inacabada que no se forjó de la noche a la mañana y que demandó —y reclama— siglos para su perfeccionamiento.

‍ Sin embargo, lamentablemente, hay quienes ignoran u olvidan —o pretenden hacerlo— que México no es sólo memoria; porque memoria es, y sólo eso, proclamar la grandeza de los mal llamados “pueblos originarios”. Así es; lo primero que cabe preguntarse es: “¿Originarios de qué? ¿De dónde? ¿Del actual territorio mexicano? ¿De América?”. Porque si nos ponemos serios —y claro que habría que hacerlo— casi ningún grupo humano, en el Planeta, es “originario” en términos absolutos. En todas las regiones, salvo contadas excepciones (Papúa, por ejemplo), los seres humanos llegaron de algún lado, desplazaron a otros, se mezclaron, guerrearon y ocuparon territorios ajenos.[2]

Por no ir más lejos, los mexicas mismos —convertidos hoy en el recurso preferido del proceso “reivindicador” de la mexicanidad en el discurso oficial— eran relativamente recientes en el Valle de México (y escribo “eran” porque la civilización mexica, como entidad política y cultural autónoma, desapareció hace siglos; cinco, para ser exactos); no brotaron del lago de Texcoco como ajolotes místicos enviados por alguna deidad lacustre; los aztecas llegaron, se asentaron, guerrearon, se expandieron y sometieron a los pueblos vecinos, si no “a sangre y fuego”, sí “a sangre y a macuahuitlazo limpio”.

Más aún, si hablamos del imperio mexica “como tal” —es decir, como estructura imperial dominante en la región—, su vida fue sorprendentemente breve: alrededor de 90 a 100 años de hegemonía real, no más. La fecha clave suele situarse en 1428, cuando se conforma la llamada “Triple Alianza” entre los pueblos de Tenochtitlan, Texcoco y Tlacopan, luego de derrotar a Azcapotzalco. Ahí nace el auténtico aparato imperial mexica; mismo que concluye en 1521, con la caída de Tenochtitlan ante Cortés y sus aliados indígenas. Es decir, un máximo de 93 años. ¿Originarios? ¡Ja!

En contraste, desde su fundación, en el 753 a.C., hasta la caída de Constantinopla en el 1453 d.C., la hegemonía romana duró 2206 años; es decir, veintitrés veces más que el imperio mexica; por eso resulta un poco cómico cuando ciertos discursos contemporáneos hablan de un imperio azteca “ancestral” como si hubiera sido una estructura milenaria comparable con la china, 2133 años; el Egipto faraónico,  3000; el imperio otomano, 623; la civilización hindú, más de 4500, o el Japón imperial, más de 2600. No, la mexica fue una potencia regional joven, muy brillante, muy feroz… y muy breve; más cercana al vértigo imperial de Alejandro que a las civilizaciones milenarias de Roma, China o Egipto.

Por eso, llamarlos “pueblos originarios” introduce en forma subrepticia una especie de legitimidad primordial, casi adámica: “ellos estaban primero”; y de ahí se pretende desprender otra insinuación no sólo más peligrosa, sino completamente errónea: “los demás llegaron después y son intrusos”. ¡Falso! Por lo menos en el caso de los aztecas.

Como inexacto es que Tenochtitlan fuera, además de ciudad majestuosa, “un símbolo de organización, de poder, de ciencia, de artes y de visión”;[3] o mejor dicho, sí, Tenochtitlan fue un símbolo de organización y poder, pero el resto de lo que fue estaba muy lejos de ser lo otro porque no existía un desarrollo científico-artístico propio ni universal comparable al de Eurasia del siglo XVI y porque su hegemonía no se explica sin la crueldad y la guerra. Por ello también es incorrecto insistir en que hablar dicha ciudad “no es hablar de un pasado muerto”.[4] y que es, por el contrario, “hablar del curso vivo que late bajo nuestra ciudad capital [de] nuestra grandeza cultural y nuestra identidad”.[5]

Y es así por tres razones: la primera, porque los mexicas arribaron relativamente al final de una larguísima cadena mesoamericana y absorbieron mucho de pueblos anteriores o contemporáneos a ellos: calendarios, astronomía ritual, urbanismo, iconografía, técnicas agrícolas, estructuras tributarias o escritura pictográfica; mucho de ese bagaje ya existía en Teotihuacán, en la tradición tolteca o entre mayas y zapotecos, etc.; segundo, porque no le habría alcanzado la vida para ser creadores, artistas e inventores y, al mismo tiempo, sojuzgar “a macuahuitlazo limpio”, a los pueblos vecinos; y tercero, excepto los rastros arqueológicos (es decir, un montón de piedras inanimadas) no existe ninguna tradición “viva”, ni nada que se le parezca, que pueda llamarse con razón, y sin fingimientos, “mexica” o “azteca”. Lo mexicano es mixtura: no hay comida “típica”, ni traje “regional”, ni arte “popular”, ni arquitectura “vernácula”, que no sean deudores de lo español.

Escribe cierto autor respecto de la organización social precolombina, asentada en nuestro territorio:

“Sin duda, se trató de una sociedad bien estratificada, dividida cuando menos en dos clases sociales, y con una dirección política y, posiblemente, clerical. Aun cuando es bastante general y poco lo investigado, su organización social debe haberse constituido, como sucedió posteriormente en otras civilizaciones prehispánicas, mediante un sistema de entrega de tributo, tanto en especie como en trabajo, a la clase gobernante, ya fuera por convencimiento ideológico, religioso y cívico o a través de medidas coercitivas impuestas a la población mayoritaria subordinada o sometida”.[6]

Y no creo que ni Clau ni ningún otro morenista se atrevan a poner en duda la veracidad de estas palabras, puesto que su autor es, ni más ni menos, que Andrés Manuel López Obrador.  ‍ ‍

Continuará…

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[1] Entendido lo “precioso” en un sentido específico y más fino que simplemente “bonito”. En el registro empleado significa: hecho con esmero, delicado, elegante, finamente trabajado y de gran gracia o perfección.

[2] También en Papúa, seguro, pero nadie se acuerda.

[3] Nota de Fernanda López-Castro  titulada: “‘México no nació con los españoles’: Sheinbaum celebra 700 años de la fundación de Tenochtitlan”. [En línea]. Visible en el sitio: https://www.infobae.com/mexico/2025/07/26/mexico-no-nacio-con-los-espanoles-sheinbaum-celebra-700-anos-de-la-fundacion-de-tenochtitlan/ Consultado el 10 de mayo de 2026 a las 9.00 h.

[4] Nota de Fernanda López-Castro  titulada: “Sheinbaum destaca legado de Tenochtitlan a 700 años de su fundación”. [En línea]. Visible en el sitio: https://www.informador.mx/mexico/Sheinbaum-destaca-legado-de-Tenochtitlan-a-700-anos-de-su-fundacion-20250726-0065.html Consultado el 10 de mayo de 2026 a las 9.50 h.

[5]Ibidem.

[6] LÓPEZ OBRADOR, Andrés Manuel. Grandeza, Océano, México, 2026, p. 131. Énfasis añadido.

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NO ES UN SIMPLE JUEGO DE PALABRAS

En años recientes, la Secretaría de Salud y el Poder Judicial en México han impulsado una modificación progresiva del lenguaje empleado en las Normas Oficiales Mexicanas y en diversas disposiciones relacionadas con la salud. El cambio consiste en sustituir o complementar términos biológicos tradicionales, como “mujer” o “madre”, con conceptos pretendidamente neutros, como “persona gestante” o “persona con capacidad de gestar”.‍ ‍

Institucionalmente, este movimiento se “justifica” invocando los principios de inclusión, no discriminación y progresividad de los derechos humanos, con el propósito de brindar cobertura legal e institucional a hombres trans y personas no binarias que conservan órganos reproductivos femeninos. Recién ocurrió con la NOM-005-SSA-2026, relativa a los servicios de planificación familiar y anticoncepción, y expresiones semejantes fueron incorporadas en la NOM-020-SSA-2025, referente a establecimientos de salud y partería.‍ ‍

También es un hecho que estas modificaciones han fracturado el consenso social y generado resistencia entre sectores civiles, juristas, organizaciones familiares e incluso colectivos feministas tradicionales, cuyos integrantes advierten un impacto profundo en la estructura jurídica, cultural y social del país.‍ ‍

Antes de continuar, debo hacer dos aclaraciones. Primera: me importa un pito meterme en este berenjenal. Segunda: no faltarán los tontos útiles que pretendan crucificarme por expresar libremente mis opiniones, valiéndose de los subterfugios acostumbrados y comenzando, ¡cómo no!, por la descalificación automática: «¡Transfóbico!», «¡Homofóbico!» y demás parafernalia retórica, empleada para evitar la discusión de fondo.‍ ‍

Nada de eso modifica el problema: esta serie de reformas constituye una sinrazón y un sinsentido monumentales, además de una afrenta para los ciudadanos que todavía no hemos reemplazado el juicio por un corazón de cristal. Ni modo. A darle.‍ ‍

En las burocracias incapaces de administrar la realidad, pero dotadas de ínfulas suficientes para corregirla, el lenguaje deja de ser un instrumento necesario para describir el mundo y se convierte en una herramienta de ingeniería social. Eso ocurre cuando las normas jurídicas comienzan a desplazar palabras como “mujer” o “madre” y las sustituyen —o las colocan en un proceso de progresiva irrelevancia— mediante expresiones como “persona gestante”, “persona menstruante” o “persona con capacidad de gestar”.‍ ‍

El cambio suele presentarse como una conquista de la inclusión; sin embargo, detrás de esa apariencia benévola se esconde una operación conceptualmente más profunda: la sustitución de una identidad humana, histórica y social por una función corporal administrada por el Estado. ¡Absurdo!‍ ‍

No se trata únicamente de ajustes terminológicos. Se trata de un auténtico proceso de desantropologización del lenguaje público. La inclusión es, dentro de límites razonables, un propósito legítimo; la desaparición lingüística de la mayoría no lo es; eso se parece demasiado a una ejecución simbólica.‍ ‍

La primera paradoja de esta reforma consiste en que, pretendiendo evitar la discriminación, termina borrando a la mujer, desnaturalizándola e invisibilizándola. Durante siglos, las mujeres lucharon para ser reconocidas como sujetos plenos de derechos y no como cuerpos destinados exclusivamente a la reproducción. Ahora, una curiosa vanguardia burocrática propone denominarlas precisamente por su función reproductiva: personas que gestan, cuerpos con capacidad de gestar, sujetos portadores de determinados órganos. ¡Ja, ja, ja, ja! El retroceso conceptual es evidente, y quien no quiera verlo así es un reverendo tonto o un profundo hipócrita.‍ ‍

La palabra “mujer”, por más malabares conceptuales que se intenten, nombra una realidad humana integral e insustituible. Comprende una dimensión biológica, pero también una historia, una experiencia social, una identidad cultural y una larga lucha por la igualdad; expresiones como “persona gestante”, en cambio, no describen al ser humano en su integridad: lo reducen a una función. Sería el equivalente lingüístico de mutilar la noción de “ciudadano” para dejarla en “persona contribuyente”; la de “enfermo”, para reducirla a “organismo medicable”; o la de “trabajador”, para convertirla en “unidad con capacidad productiva”. No. Engáñense cuanto quieran, pero esa clase de “evoluciones”, “reformas” o “transformaciones”, lejos de humanizar, cosifican al ser humano. Así es, digan lo que digan.‍ ‍

Por satisfacer las exigencias de una minoría ideológica estridente —a la que prefiero no calificar como merece su delirio conceptual, para evitar el consabido linchamiento mediático, como aquel al que sometieron a Pedrito Sola por decir lo que pensaba—, la mayoría debemos resignarnos a contemplar cómo se erosionan ideas, valores, principios y creencias fundamentales en la construcción de nuestra identidad; porque, para mí, pretender eliminar la palabra “madre” —y, por extensión, la palabra “mamá”— constituye un atentado cultural de proporciones monstruosas. La maternidad no se agota en el embarazo. Comprende vínculos afectivos, deberes jurídicos, responsabilidades de cuidado, memoria familiar y continuidad generacional. Una mujer no se convierte en madre únicamente porque su organismo desarrolla un proceso gestacional, sino porque entra en una relación profundamente personal, humana, histórica, jurídica y social que trasciende el hecho biológico; reducirla a “gestante” no enaltece esa experiencia: la mecaniza, la humilla y la degrada. La madre deja de ser una persona situada en una red de afectos, derechos y obligaciones para convertirse en la administradora provisional de un proceso fisiológico.‍ ‍

Extraña forma de progreso aquella que, para dignificar a una persona, comienza por despojarla del nombre correcto, adecuado y pertinente; desde luego, el orden jurídico puede —y debe— reconocer realidades personales y familiares diversas, además de establecer reglas destinadas a impedir la discriminación. Punto; pero de ahí a pretender ignorar una realidad evidente —histórica, biológica, social, cultural y jurídica— existe una distancia enorme. Negarla es una soberbia estupidez, un despropósito y una majadería burocrática.‍ ‍

La ley no debe ni puede sacrificar la claridad general para resolver situaciones particulares: la técnica legislativa inteligente añade, distingue y precisa; la mala, como ocurre con esta tendencia imbécil, borra, sustituye, confunde y, para colmo, denigra. Lo más asqueroso es que esta transformación no siempre proviene de auténticos órganos legislativos, sometidos al debate público y a la responsabilidad política, sino de aparatos administrativos y jurisdiccionales que introducen modificaciones conceptuales mediante normas técnicas, criterios, protocolos y resoluciones. En lugar de discutir abierta y democráticamente una transformación de semejante calado, la introducen por la puerta trasera del lenguaje administrativo. ¡Cobardes!‍ ‍

No toda diferencia de trato es discriminatoria ni toda distinción lingüística constituye violencia; quien sostenga lo contrario padece una confusión conceptual de campeonato; el derecho clasifica porque necesita distinguir, define supuestos, identifica sujetos, atribuye consecuencias y ordena realidades; sin distinciones, no existe el derecho: existe una sopa retórica servida por burócratas satisfechos de sí mismos. Una norma que se refiere a “mujeres embarazadas” no está necesariamente excluyendo a otras personas; está identificando al grupo que concentra, de manera abrumadora, la realidad biológica, estadística y sanitaria regulada; eso no impide que, cuando resulte necesario y jurídicamente pertinente, se incorporen disposiciones específicas para proteger a otras personas; lo que resulta inadmisible es pretender que la excepción, por respetable que sea, deba redefinir la totalidad del lenguaje y obligar a la mayoría a desaparecer dentro de una categoría artificial.‍ ‍

Termino: cuando el ciudadano deja de reconocer la realidad en las palabras de la ley, comienza a desconfiar de la ley misma; en un Estado como el nuestro, tan débil institucionalmente, la autoridad no se pierde únicamente cuando se actúa injustamente, también se pierde cuando se habla de manera incomprensible, afectada o deliberadamente artificiosa; una legislación escrita para satisfacer los códigos lingüísticos de círculos académicos, burocráticos o militantes, cualquiera que sea su naturaleza, termina alejándose de la sociedad a la que pretende gobernar. El gran problema no radica en que existan minorías ni en que reclamen protección especial (sus derechos deben ser garantizados con seriedad); el problema surge cuando esa protección se articula mediante la eliminación simbólica de categorías que continúan nombrando la experiencia de millones de personas.‍ ‍

Incluir no puede significar imponer a todos la obligación de desaparecer dentro de una abstracción; en mi caso, defender las palabras “mujer” y “madre” no implica negar derechos a nadie; implica rechazar la falsa disyuntiva según la cual sólo es posible proteger a unos borrando a otras; el derecho puede ampliar su vocabulario sin mutilarlo; puede reconocer casos particulares sin declarar obsoleta la experiencia humana mayoritaria; puede ser incluyente sin transformarse en un laboratorio de abstracción burocrática idiota; las civilizaciones comienzan a debilitarse cuando dejan de llamar a las cosas por su nombre, y una sociedad que ya no se atreve a decir “mujer” o “madre” está, definitivamente, enferma: no está ampliando ni transformando la realidad; está perdiendo las palabras con las que aprendió a comprenderla.‍ ‍

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ADIÓS AL MUNDIAL

Quien me lee con cierta asiduidad, sabe que he acertado en un porcentaje considerable con mis pronósticos futbolísticos (91.7% de acierto en los primeros lugares de los doce grupos; y además, acerté 21 de los 24 equipos que terminaron avanzando a la fase de eliminación directa); hubo fallos garrafales como Holanda y Alemania, pero, ¿quién nos lo iba a decir? Ya ni la tiznan.‍ ‍

Como sea, hablando de octavos, en la última entrega que hablé de futbol predije que jugarían: Canadá vs. Holanda, Alemania vs. Francia, Brasil vs. Noruega, Estados Unidos vs. Bélgica, Portugal vs. España, Suiza vs. Colombia, Australia vs. Argentina y México vs. Inglaterra; y que, tristemente, ahí sembrarían a México. Acerté 13 de 16 equipos y, además, que Inglaterra eliminaría a México; sólo me equivoqué al poner a Holanda, Alemania y Australia en lugar de Marruecos, Paraguay y Egipto.

La final va a ser épica: España le gana a Inglaterra, para vengar la afrenta de Trafalgar, y Francia a Argentina; sí, ya sé, hay gente —como mi compadre Jáuregui, el próximo presidente municipal de Chihuahua (que jura que nació en Buenos Aires y que los argentinos nacen donde les da su &$#@% gana… a ver si no tiene problema con la nacionalidad a la hora de rendir protesta)— que quiere que gane Argentina (ché boludos), pero temo que se van a quedar con las ganas.‍ ‍

Cambiando de tema, como ya me cansé de hablar de las internas del PAN rumbo a la alcaldía capitalina ya no voy a escribir sobre eso… de momento; ahora voy a ocuparme de mis personas favoritas en el Tribunal Superior de Justicia; no, no voy a hablar del güevón de Paco Acosta (él pertenece al Tribunal de Disciplina), sino de los magistrados.‍ ‍

Resulta —mi querida lectora, gentil lector—, que tanto estuvo a chille y chille que, por fin, el magistrado Yamil Athié se salió con la suya y se viene a Chihuahua; obviamente el Poder Judicial tiene que defender sus decisiones babosas y salieron con la payasada de que, por ese medio (ja ja ja), se “fortalece su modelo de segunda instancia mediante una Red Estatal de Magistraturas y Justicia Digital con el cambio de sede de las salas de Parral a Chihuahua”. La decisión, se dice, se hizo “con base en la necesidad operativa”. [1] ¿A quién fue a llorarle? Misterio. ¿Quién les dio permiso? Misterio. Lo único cierto —lo real, lo auténtico, la neta del planeta— es que es choro y una vil mentira para justificar un capricho idiota.‍ ‍

Idiota porque buena parte de esos mequetrefes no llegaron para cumplir con la Ley, llegaron a modificar todo lo que puedan para no despeinarse en el ejercicio de su función. ¿Necesidad operativa? Necesidad operativa mis… seguramente la administración de justicia en Chihuahua se iba a caer a pedazos si no llegaba el Caballero del desmoche, Bathié, al rescate. Agrega la nota que: “Los usuarios podrán presentar en ventanilla promociones, recursos, expresiones de agravios y demás trámites de segunda instancia, que serán digitalizados y enviados a la sala competente” —más trabajo para el Tribunal, incremento de gastos, etc., “¿y todo para qué?” (cantaría Intocable)—.‍ ‍

Lo que la nota no dice, es que ya están acondicionando espacios aquí en la capital; sería bueno saber cuánto le va a costar el erario el chistecito, porque entre el gasto adicional allá en Parral y las oficinas a todo tren que van a montar en la capital, ¿cuántos cientos de miles (… o millones) de pesos se van a gastar en enfriar esas calenturas geográficas?‍ ‍

Simulación, demagogia, arbitrariedad, posible desvío de poder, dispendio, privilegio, centralismo absurdo, opacidad e improvisación, son algunos de los calificativos aplicables a la maniobra.‍ ‍

No, sí, ni modo, ya le tocaba: ¿y el güevón de Paco Acosta?… bien, gracias.‍ ‍

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[1] [En línea] Visible en el sitio: https://puentelibre.mx/local/mueven-magistrados-parral-a-chihuahua-julio-2026/. Consultado el 14 de julio de 2026 a las 23.58 h.


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Carta abierta a Santiago de la Peña

Santiago:

Ahorrémonos las formalidades; ni yo te caigo bien ni tú a mí. Al punto, pues.

Te escribo porque es preciso que te exprese, con toda claridad, las razones que tengo para oponerme a tus actuales aspiraciones políticas.

Más allá de que careces de experiencia en campaña y eres una persona antipática —hagas lo que hagas, jamás vas a poderte despojar de ese aire de junior venido a más, “fifí”, diría un chairo (ambas afirmaciones son de índole subjetiva)—, existen razones de peso y objetivas para que ceses en tu afán de hacerte con la candidatura a la alcaldía, por lo menos bajo las siglas del PAN.

La primera, y la más importante, es que tú jamás vas a poder identificarte con el PAN; naciste y creciste en un entorno no sólo ajeno, sino opuesto a lo que el PAN es, a lo que el PAN significa; tus mayores, Santiago, son los mismos que justificaban sus desmanes y tropelías agregándole el adjetivo “patrióticos”. Traicionar la voluntad popular y pasarse la ley por el arco del triunfo, fue para ustedes, para ti y tus ascendientes, una especie de deporte nacional. No puedes, por más que lo intentes, entender al PAN porque desde que eras un junior chiquito —un juniorcito—, ver a los panistas por sobre el hombro fue lo tuyo; ya de mayor, de junior hecho y derecho, lo tuyo fue perseguirlos, reprimirlos y encarcelarlos; y ahora, senior ya, eres el puerco que eres porque no sabes otro modo de hacer campaña más que con marranadas; lo que nos lleva al segundo asunto.

Existe evidencia, Santiago, de que personal a tu cargo, Silvia Margarita Alvídrez, para empezar, en horario de oficina, acudió a espacios públicos para promover tu candidatura (la justicia la aguarda); existe evidencia periodística de que funcionarias del Poder Judicial fueron convocadas para asistir el sábado pasado a un desayuno organizado en favor tuyo; existe evidencia de que cientos de trabajadoras del gobierno del Estado fueron obligadas a asistir a ese mismo evento; existe evidencia de que —como en los mejores tiempos de tus mayores— se utilizaron camiones urbanos para acarrear personas (el identificado como “ESPECIAL” con número 2M-175), por ejemplo; existe evidencia de que subalternos tuyos, Héctor Barraza, por citar otro caso, citó precisamente para acarrearlas, a las 8:15 a.m. de ese mismo sábado, en la calle Río Almonte, número 834, de la colonia Vistas del Norte, a distintas personas, entre ellas: Lorena G., Vicky O., Anahí M., Yanet O., Valeria A., Yolanda P., Cristina L., Rocío Ch., entre otras —ahora, como consecuencia de tu proceder irresponsable, ellas van a tener que enfrentar procedimientos judiciales (porque no te quepa la menor duda de que voy a denunciar estos hechos, plenamente identificadas como están)—; también habré de denunciar el desempeño ilegal de la C. Fernanda Jazmín Martínez Quintero (otra que va a necesitar abogados); así como al responsable del vehículo tipo pick up, con placas de circulación DE6780B y número de serie 3C6SRBDT8NG414104, propiedad del gobierno del Estado (ese donde tú dizque trabajas), que fue captado mientras se empleaba para colocar publicidad a tu favor; existe evidencia de que has utilizado dinero del erario destinado a publicidad para financiar una campaña mediática en favor tuyo, promoviendo tu imagen. Y…, bueno, ¿para qué seguir?, el punto es que existe mucha evidencia, Santiago, de que tu campaña es una larga serie de abusos y corruptelas y está basada en la presión y el amedrentamiento, igualito que en 1986, cuando tu papá, desde Pensiones Civiles del Estado, ayudó a orquestar el “fraude patriótico” del que ya hemos platicado, extorsionando a empleados para obligarlos a votar en favor de tu partido de toda la vida (a eso volveremos después).

En tercer lugar, y esto sí es muy grave, no te engañes a ti mismo, Santiago: si debes recurrir a esa serie de medios ilícitos es porque no eres bien visto y lo sabes; si fueras un candidato natural, popular y carismático, no te verías en la necesidad de utilizar triquiñuelas y chanchullos; haces lo que haces, no sólo porque está en tu naturaleza —en tu ADN, como si dijéramos—, sino porque no tienes alternativa, para ti no hay de otra. Pues ese afán, Santiago, no puede terminar bien, porque el rastro de cochinadas que estás dejando no sólo resulta enorme, sino inocultable, y dejará a algunas personas sujetas a juicios, incluso penales, por los distintos tipos de responsabilidad en que están incurriendo.

En cuarto lugar, no sé si estás consciente del daño que le estás haciendo al gobierno del Estado y a tu jefa; yo no sé si ella, María Eugenia, está al tanto de tus excesos; quiero pensar que no; ella mejor que nadie sabe qué ocurre cuando desde el poder se pretende imponer a un sucesor o a un candidato; ella sabe, porque lo experimentó en carne propia, lo difícil que es sobreponerse a un yerro de tamaña naturaleza; ahí está el animal de Javier Corral, para dar fe de esos hechos.

Finalmente, lo que sigue no constituye una quinta razón para que desistas: estos tres párrafos contienen una aclaración, una pregunta y un reto; la aclaración es que no te confundas, Santiago, esta, la mía, no es guerra sucia. Guerra sucia la tuya, los analistas y comentaristas pagados, las veladas campañas de desprestigio, el batidero en que has convertido la contienda interna en el PAN (aunque lo niegues, hipócrita); lo mío es un enfrentamiento personal, a cara descubierta y con nombre y apellido frente a quien considero, con sobrada razón, que es la peor desgracia que le puede ocurrir al PAN en Chihuahua.

La pregunta es la siguiente: si bien no te cansas de repetir a diestra y siniestra que ya no eres priista, nunca has explicado los motivos. ¿Por qué? ¿Por qué ya no eres priista? ¿Te corrieron? ¿Te saliste? Si te corrieron, ¿por qué te corrieron? Si te saliste, ¿por qué te saliste? ¿Por asco? ¿Por miedo? ¿Qué te hizo abandonar a tu partido de toda la vida? ¿O solamente hiciste como las ratas y saltaste del barco antes del naufragio?

El reto es el siguiente: en el escenario que gustes, con el público que gustes, el día que gustes, a la hora que gustes, con el moderador que gustes —incluso yo, con una mano amarrada a la espalda, sin computadora, pluma ni tarjetitas—, te invito a debatir sobre el PAN y sobre el PRI: su historia, su doctrina, sus raíces, sus principios. Tienes mi número; llámame para ponernos de acuerdo.

Sin más y hasta la próxima, porque con toda seguridad habrá otra, quedo a tus órdenes. Por cierto, te hago responsable de cualquier daño a mi persona o familia; aunque en el mundo del hampa, tú eres un boy scout, tienes gente muy, muy, muy cercana, de muy mala fama y peores mañas. Ya pórtate bien.

Luis Villegas Montes.

 

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Luis Villegas Montes Luis Villegas Montes

MUERTO DE HAMBRE

De nueva cuenta, el sicario famélico “escribió” su columna; la diferencia es que, ahora sí, mostró poquitos más pantalones, aunque no menos yerros gramaticales —continúa puntuando después de signos y se traga los acentos (ha de ser el hambre)—; otra vez, su extensión me impide reproducirla, pero aquí el link para quien desee leerla: https://lavisiondechihuahua.com/120449-2/ El mote no es enteramente gratuito; en el lenguaje penal se conoce como “robo famélico”; el concepto se aplica a los casos en los que una persona sustrae alimentos u objetos de primera necesidad impulsada por una situación de hambre extrema. Es obvio que el dizque columnista, por tragar, es capaz de redactar cualquier infundio.

Prueba de lo anterior, de su hambre intacta, es que el pobre infeliz ya ve visiones; escribe: “en los próximos días conoceremos la definición del PAN a candidato para la Presidencia Municipal de Chihuahua. Todo hace suponer que será Santiago de la Peña, el eficiente y discreto secretario general de gobierno”.[1] ¿Discreto? Como dirían los lepes: “¡Perdóoooon!”. Nuestro Oliver Twist local debe estar ciego de inanición.

Detallar en forma exhaustiva la cantidad de publicidad pagada que se encuentra en la página de Santehago de la Pena Ajena (https://www.facebook.com/profile.php?id=61571223135834&sk=reels_tab) resulta prácticamente imposible; tantas fotografías y reels hay; de hecho, a la fecha en que escribo estas líneas, la cuenta acumulaba 245 reels y, obviamente, todo lo que implica producir cada uno: filmación, edición, digitalización, musicalización, difusión, etc.; por no hablar de las decenas de elementos propagandísticos que, literalmente, tapizan la ciudad; de norte a sur, de este a oeste, por aire (espectaculares), por tierra (camiones y bardas), nomás le falta que a su coordinador de campaña se le ocurra echar lanchas en la presa y en los charcos que dejan las lluvias.

Eso sin contar cómo, sin pudor alguno, ha colado a funcionarios públicos a hacer campaña en su nombre. El 25 de junio de 2026, a las 14 horas con 27 minutos, la directora general del Registro Civil, la C. Silvia Margarita Alvídrez Valles, estuvo en el programa del C. Juan Enrique López —visible en el sitio: https://www.facebook.com/JuanEnriqueLopezAguirrenolecambie/videos/2108613770029689 (minuto 00:25)—, lo que constituye una clara violación a la legislación electoral; si hubiera justicia en este Mundo, mi querida amiga Margarita debería estar en la cárcel, por gandalla. ¿O qué decir de la C. Fernanda Jazmín Martínez Quintero, la flamante directora general del Instituto Chihuahuense de la Juventud y colega de Chago de la Pena? ¡Pobre niña! No sabe en lo que la metieron; ahora, a contratar abogado o a exigir que le paguen uno.

Ciego de extenuación debe estar el pobre Lazarillo, aprendiz de escribidor, que no vio los cientos de panistas que acompañaron a César Jáuregui en el festejo de su onomástico ni vio tampoco a las miles de mujeres que asistieron a un desayuno organizado el pasado 4 de julio.

Tan ciego, que tiene el atrevimiento de afirmar de Rafa Loera lo que afirma. Yo no lo sé; de él no me consta nada. De quien sí me consta que ha exhibido de fea manera su vulgar ambición, ha hecho de la secretaría a su cargo una instancia de promoción personal y de su precampaña un compendio de mezquindades, es de Santehago de la Pena. Después de reponerse comiendo sus Whiskas, invito al conato de articulista a que se meta a la página de Santehago y vea cómo gasta a manos llenas dinero del erario en una ilegal campaña de promoción de imagen personalizada (vea este TikTok[2]); cómo se harta de dinero público despilfarrando millones en una campaña mediática multinivel que mezcla recursos públicos y privados, con la excusa de ser una campaña “institucional” que, no se sabe cómo, cuándo o por qué, se vuelve una difusión masiva de su imagen, sin saberse quién o cómo paga la producción de videos, fotografías, reuniones, spots, etc.

Ciego de desnutrición debe estar (no tome usted en cuenta la panza de marrano que se carga: debe ser kwashiorkor), para afirmar que César Jáuregui tiene un problema y que el PAN jamás postulará en la joya de su corona a un candidato “que arrastra expedientes en la FGR y, como dicen algunos, si no tiene carpetas abiertas, en tres segundos le arman una”. Primero, ¿cuál carpeta? ¿Qué sabes, perro del mal? Segundo: ¿a quién, en este país, no se le puede armar un expediente en tres segundos? ¿Habrá leído algo sobre las cabañas en Creel or aboutthe awkward brother? La precaria situación jurídica la tiene todo México con la Corte del Bienestar; que no sude calenturas ajenas.

En otro orden de ideas —el hambre no sólo le perjudicó la vista: le destrozó la memoria—, ni María Eugenia metió a Jáuregui ni lo puso primero. Él, respetuoso, pidió permiso y se lo concedieron; por méritos, trayectoria, experiencia y talento, era, es y será el mejor candidato posible para ser presidente municipal de Chihuahua; no lo ha inhabilitado nada ni nadie, y si el escritorzuelo se ríe ha de ser de puros nervios; escribe: “llegando a la incredulidad de risa cuando declaró [Jáuregui] que los agentes muertos iban de ride. Procesen esa”; le recuerdo que la Secretaría de Relaciones Exteriores, mediante su Subsecretaría para América del Norte, clasificó y reservó por cinco años la respuesta de Estados Unidos a la nota diplomática sobre la presencia de agentes de la CIA en Chihuahua.[3] De modo que quien pretenda convertir una carcajada en prueba concluyente vende humo. La reserva no absuelve a nadie, pero tampoco autoriza a inventar ficciones. Cómeteésta, perra flaca.

Respecto de la afirmación de que tiene “dificultad para entender sus objetivos reales”, ya lo expliqué, es el hambre que lo trae loco.

Respecto de los acompañantes de Jáuregui, pedirle que denuncie lo que malinforma es un desperdicio (posiblemente lo primero que se comió fueron sus huevos); pero como alude a “un exmagistrado loquito al que le falta un tornillo”, me da la ligera impresión de que se refiere al suscrito y pues no es cosa de dejar de responder el cariñito: sí, tocayo, ciertamente soy exmagistrado y estoy loco (mi propio compadre Jáuregui lo afirma… y en mi cara), pero a mí, lo que me tiene aquí es la convicción, no la necesidad de un plato de croquetas, como a ti, que escribes a lo baboso sobre lo que no sabes ni entiendes: Santehago de la Pena Ajena es el peor candidato para la capital por tres razones muy simples y evidentes: 1.ª nació en el privilegio; 2.ª su entorno de vida estaba, está y estará en contra de los principios y valores postulados por el PAN, y 3.ª va a quitarle votos al candidato a la gubernatura (Marco Bonilla), quien debe llegar a la elección sin un PAN dividido. Todo eso le impide a Santehago procesar la información relativa al PAN y a los panistas, conocerlos, entenderlos, comprenderlos y liderearlos. Aunque quisiera —y no  quiere—, no puede, no tiene con qué: ni cerebro, ni corazón, ni entrañas para hacer del PAN algo suyo, propio. Una causa vívida, deseable, por la qué luchar. Él sólo conoce lo que mamó en la cuna: el privilegio y el chanchullo.

Termino: no, César no “debe recapacitar antes de que sea demasiado tarde”, la que debe recapacitar es la persona responsable de que Santehago esté contendiendo; la que le dijo que podía; la que le permite presumir, a él, a diestra y siniestra, que es “el bueno” porque se la deben, porque de niños compartieron casa, vestido y sustento; la que permite que haga campaña desde la secretaría violando toda la legislación electoral habida y por haber; o sea, la que está dispuesta a arriesgarlo todo por un capricho personalísimo.

Por cierto, tocayo, cuando quieras te invito a una comida, el césped de la casa está muy crecido. Saludos.

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Luis Villegas Montes.

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[1] Énfasis añadido.

[2]https://www.tiktok.com/@marthaserrano06/video/7658221016048487701?_r=1&_t=ZS-97p16oAunuT&fbclid=IwY2xjawS5UWRleHRuA2FlbQIxMQBzcnRjBmFwcF9pZBAyMjIwMzkxNzg4MjAwODkyAAEeW0Qn1L9i-eAx-42izYYgpYaQHKo7YR9LWdVvJ63HW3lOr-iqsU6Yhjflmb8_aem_P4FCxTPHC3GYVLrzHk6vHw

[3] Nota de Diana Benítez titulada: “EU responde a México por incursión de agentes de la CIA en Chihuahua: 4T reserva información por 5 años”, publicada el 24 de junio de 2026, por el periódico El Financiero.

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Luis Villegas Montes Luis Villegas Montes

HIJO DE TIGRE… PINTITO O 40 AÑOS NO SON NADA

La guerra sucia orquestada por el candidato oficial, Santiago de la Peña Grajeda (o Santehago de la Pena Ajena), resulta intolerable; fiel a su estilo, a su estirpe, a su genealogía, a su linaje, a su casta, a su apellido (diría Adela Micha), mete a su campaña y avienta al ruedo a subalternos o a personas que, como él, trabajan en el gobierno del Estado. Ahí están el caso de Margarita Alvídrez quien, desde el Registro Civil, en horario de oficina, acude a reconocidos programas a hacer abierto, e ilegal, proselitismo en beneficio de su jefecito chulo; o a una niña —quien con toda seguridad no tiene la menor idea de qué sucedía en Chihuahua durante el Verano Caliente de 1986—, Fernanda Martínez, directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud (ICHIJUV), que también echó su cuaco a retozar.‍ ‍

Increíblemente, vemos al gobierno del Estado actuando como el PRI de hace exactamente 40 años; en aquel entonces, ocurrían eventos que —ingenuamente— creíamos ya superados, pero no; aquí y ahora, justos 40 años después, el apaño, el fraude y el abuso electorales tienen como protagonista al mismo gobierno estatal, aunque ahora pintado de otro color, el que se da vuelo cooptando, presionando o amenazando burócratas, para que se carguen en favor del citado candidato oficial, Santehago de la Pena Ajena.‍ ‍

Si usted es menor de 60 años con seguridad no lo recuerda; resumir aquí los acontecimientos ocurridos por aquellas fechas resulta arduo y contrario al propósito de estos párrafos; baste recordar, entre otros, el fraude electoral perpetrado en la capital (a la que aspira Santehago) en el VII Distrito Electoral. El proceso era muy distinto entonces; en la elección de diputados federales, la Cámara de Diputados se erigía en Colegio Electoral y era la encargada de revisar las impugnaciones. En el Diario de Debates de ese año, consta el debate suscitado en el seno de la Segunda Comisión Dictaminadora con motivo de esa elección. Entre los candidatos  con el mayor número de votos, se hallaban el C. Guillermo Luján Peña y el C. Doroteo Zapata García, quien había obtenido la constancia de mayoría; inconforme, el PAN impugnó y en el interesantísimo debate que se suscitó se encuentra la intervención del primero: quien, entre otras, hizo las siguientes manifestaciones:‍ ‍

“[…] una de estas personas que impugnó la casilla número 10, el licenciado Santiago de la Peña Romo, actual director general de Pensiones Civiles del gobierno del estado de Chihuahua, había sido representante de su partido el PRI el día de la elección en esa casilla. Y durante todo ese día de las elecciones, no dijo absolutamente nada. La acta, en su renglón correspondiente en donde se deben de anotar los incidentes, no dice absolutamente nada. Y la firmó también. Pero dos o tres días después, viendo el resultado, decide ir ante notario y decir que vio a jovencitos vestidos de azul y blanco, con un gáfete (sic) rosa mexicano —a la mejor eran del PPS—, que invitaban a las gentes que se encontraban en las filas de votantes a que votaran por el Partido Acción Nacional […] Estas ocho casillas, que no fueron computadas, nos favorecían en un resultado neto por 2 mil 966 votos. Además de esto, que fue lo que sometimos en nuestro recurso de queja que ustedes acaban de oír que fue presentado en tiempo y en forma, decíamos que se habían falsificado 21 casillas, entre las que lo que nos restaban y le sumaban al PRI, le deban una ayudadita al partido oficial de 7 mil 265 votos”.[1]‍ ‍

Empero, la anécdota no concluye ahí. En un libro que recopila testimonios de los protagonistas de aquellos ayeres, el prófugo corralista Arturo Fuentes Vélez recoge el testimonio de una destacada panista chihuahuense (y gran amiga de quien esto escribe), Carmelita Aguirre de Alzaga —quien participó de manera activa en las campañas y en las acciones de resistencia civil—: ‍ ‍

“Ahí estaba el hotel. Enfrente, ahí encerraron los paquetes electorales. Y ahí estaban los sol dados. Entonces nosotros hicimos un equipo y ahí nos quedamos. Y estábamos un día en la noche, ahí en la banqueta, en la orilla de la banqueta, y pasó el licenciado Santiago de la Peña, y por poco nos arrolla. Pasó con intención de asustarnos, pero si no corremos y nos subimos la banqueta […]”.[2]‍ ‍

Pues 40 años después —insisto—, panistas ignorantes o convenientemente olvidadizos, han decidido apoyar a un hombre que lleva en su sangre el signo de la represión y el abuso. Porque no es cosa de olvidar lo que escribía el mismo Santehago de la Pena Ajena en sus redes sociales no hace tanto tiempo.‍ ‍

No transcribo literalmente sus textos porque escribe tan mal que duelen los ojos, pero aquí algunas de esas publicaciones (cuyas imágenes las puede revisar en mi blog en la liga que anexo: https://www.luisvillegasmontes.com/dia-del-juicio/hijo-de-tigre-pintito-o-40-aos-no-son-nada: irresponsable actitud de la dirigencia nacional del PAN, coqueteando con el PEJE;[3] ya olvidaron que el patriotismo del PRI permitió la protesta de FCH; hoy conoceremos el resultado del “teatrito” que se montó el PAN. Calderón no corrió riesgos, va con 2 candidatos;[4]frustración de sus dirigentes, lleva al PAN a traicionar a nuestra democracia, siendo cómplices de la obsesión del PEJE;[5] denuncia PAN intimidaciones del narco a sus candidatos en Michoacán, qué raro “sólo pasa donde pierden”;[6] mucha especulación en torno a quién será candidato en la Capital... lo único seguro es que “TODOS iremos UNIDOS en torno al candidato del PRI”;[7] dice el vocero del PAN que el vacío en evento de Josefina Vázquez fue error de coordinación… ¿pues no dijo ella que estaba lleno? “#mentiraspiadosas”;[8] “#YaseSupo Cordero gastó dinero de la bancada del PAN en joyas, ron y chicles”;[9] de acuerdo, no hay que olvidar la historia, pero, “¿no ver que al PAN lo que más le pesa son sus años como gobierno? #ladocenatragica”;[10] ¿cómo habla el PAN de incumplimiento, “si sus gobiernos han fallado en su compromiso + importante: cumplir la constitución”;[11] y esta joya: “si tienen vergüenza (lo cual dudo), que el PAN aclare el origen del “pesoducto” (sic) con que alimentan la fallida campaña de Josefina #JVMcadaVezPeor”;[12] y así nos podríamos seguir, pero, repito, duelen los ojos de lo mal que escribe el pobrecillo.‍

¿O cómo olvidar su veta sádica, cuando perseguía, detenía y reprimía panistas con esa ferocidad que deja traslucir en su redes? Dice una nota no tan vieja: “La Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió diversas recomendaciones contra autoridades del municipio de Chihuahua para que se apliquen las sanciones administrativas y se haga la reparación del daño cometido en contra de siete panistas que el año pasado fueron detenidos por la Policía Municipal cuando ejercían su derecho a manifestarse […] Las acciones administrativas ‘deberán aplicarse al Secretario del Ayuntamiento Santiago de la Peña y al director de Seguridad Pública Municipal Horacio Salcido, no a los agentes que realizaron la detención, debido a que ellos recibieron la orden de parte de los funcionarios de primer nivel’ dijo el líder del PAN Municipal en rueda de prensa celebrada el día de hoy”.[13]

40 años más tarde, la chamba que realizaba el licenciado Santiago de le Peña Romo, desde Pensiones Civiles del Estado, la de reprimir burócratas para que votaran a favor de su partido, la repite ahora su vástago, Santehago de la Pena Ajena, en beneficio propio. ¿Ya ve? Hijo de tigre… pintito. ‍

O como dice el encabezado de este artículo —que nos recuerda el tango gardeliano, Volver—, tal parece que, si 20 años no son nada, 40 menos. Qué poca m…‍ ‍

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Luis Villegas Montes.

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[1] Visible en el sitio: https://cronica.diputados.gob.mx/Debates/53/1er/Ord/19850823.html Consultado el 30 de junio de 2026, a las 21.00 h. Énfasis añadido.

[2] FUENTES VÉLEZ, Arturo. Chihuahua 86. De viva voz, Partido Acción Nacional, Fundación Rafael Preciado Hernández, México, 2016, p. 245. Énfasis añadido.

[3] Énfasis añadido.

[4] Énfasis añadido.

[5] Énfasis añadido.

[6] Énfasis añadido.

[7] Énfasis añadido.

[8] Énfasis añadido.

[9] Énfasis añadido.

[10] Énfasis añadido.

[11] Énfasis añadido.

[12] Énfasis añadido.

[13] Artículo titulado: “Javier Garfio recibe recomendación de Derechos Humanos”, publicado el 13 de septiembre de 2016. [En línea] Visible en el sitio https://www.elagora.com.mx/Javier-Garfio-recibe-recomendacion,44063.html Consultado el 30 de junio de 2026, a las 21.10 h. Énfasis añadido.

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Luis Villegas Montes Luis Villegas Montes

SE IMPONE HABLAR DE FUT OTRA VEZ O CUANDO EL PEDIGRÍ NO ALCANZA

Ni modo, por como están las cosas, a la necesaria seguidilla de que por sobrado Sanmehago no podrá ser presidente municipal —¡y ni siquiera candidato!— por el PAN, se impone hablar de fut.

Empiezo por casa: Mexicou (dirían Trump y el mamón de Santiago de la Peña —que anda con la gringada esa de SantiaGo!—); México hizo, la noche del miércoles, la hombrada que estaba obligado a hacer: ganar; y ganó con autoridad: 3-0 sobre la República Checa, lo que le dio el primer lugar de su grupo y, de paso, nos regaló una de esas noches inolvidables en las que hasta el más escéptico se permite ilusionarse un poquito. Si le digo que no se me aflojaron los entretelones del alma o que no se me mojaron los ojitos, le estaría mintiendo.

No sé si alcance para el quinto partido, el sexto o algo todavía más grande; eso ya lo veremos; lo cierto es que, hasta hoy, la Selección ha cumplido; y eso, créame, ya es bastante; y si me debo tragar mis palabras, me las trago hasta con un güisquito de marca y unos totopos, con tal de ver a mi Selección alzar la copa… pero no nos apresuremos. No maméis, no santiagueéis.

Empero, vayamos a otro asunto: tomemos lo escrito por mí el pasado 11 del actual; no se trató de un simple ejercicio de pronóstico futbolero, no señor; es una auténtica epifanía balompédica; mientras sesudos comentaristas televisivos se deshacían en estadísticas, probabilidades y modelos predictivos, y los matemáticos de Oxford sacaban humo haciendo algoritmos para descifrar el Mundial, quien esto escribe, humildemente, se encerró en su habitación, destapó una cerveza bien helada, abrió una bolsa de papitas y dictó, otra vez, sentencia. Nada de computadora ni inteligencia artificial, puro colmillo.

¿El resultado? Apenas un insignificante 91.7% de acierto en los primeros lugares de los doce grupos; además, acerté 21 de los 24 equipos que terminaron avanzando a la fase de eliminación directa, o sea, un 87.5 % de efectividad en un torneo cuyo formato nuevo volvió locos a analistas, apostadores y comentaristas. En resumen: seis grupos completos quedaron exactamente como los predije y, en otros cinco, sólo se me movió una pieza del rompecabezas. El fútbol tiene esas insolencias.

Brasil avanzó, aunque el empate frente a Marruecos le quitó bastante almidón a la camiseta; Alemania había sido, para mi gusto, la selección que mejor fútbol había mostrado hasta su derrota con Ecuador (ya ni la friegan); aunque Francia y Argentina hayan respondido conforme al libreto.

Se cuecen aparte: Portugal, Inglaterra y Estados Unidos, aunque avanzaron, no lo hicieron del mejor modo. Ahora bien, si algo me está divirtiendo de este Mundial es ver que los “machuchones” —esos mentecatos que se paseaban por la cancha muy orondos, seguros de que los indebidos apoyos de padrinos y bienhechores bastaban para ganar—, van a tener que batallar: sí, llegaron; pero llegaron gracias a su pedigrí, a su pelaje de lujo, a sus impecables credenciales (acta de nacimiento); empero, una cosa es llegar y otra muy distinta es ganar o pretender apabullar.

¿Ejemplos? Sobran: Holanda dejó dudas desde el principio con aquel empate frente a Japón; Bélgica no convenció (no fue tan belga); España abrió el torneo dejando puntos donde nadie imaginaba; Uruguay tampoco pudo con el empuje de Cabo Verde y varios de los candidatos han descubierto que aquello de calificar chiflando pasó a mejor vida.

En tanto, los supuestos patiños parecen haberse puesto de acuerdo en echar a perder quinielas. Marruecos ya dejó de ser sorpresa, empieza a convertirse en costumbre; Corea del Sur volvió a demostrar que el exceso de confianza se paga caro, dejando el camino libre para que Sudáfrica les diera para sus chicles y los desplazara por completo del anhelado segundo lugar del grupo, y Bosnia le complicó seriamente la existencia a Canadá.

Pues bien, al escribir este párrafo —querida lectora, gentil lector— le estoy informando tácitamente quiénes van a pasar a la siguiente ronda de 8vos. de final; y quiénes van a llegar a su quinto partido: Canadá vs. Holanda, Alemania vs. Francia, Brasil vs. Noruega, Estados Unidos vs. Bélgica, Portugal vs. España, Suiza vs. Colombia, Australia vs. Argentina y México vs. Inglaterra; tristemente, ahí siembran a México.

Ésa, para mí, ha sido la verdadera noticia de esta primera fase: los fuertes siguen siendo fuertes, sí, pero no todos, y ya no tanto; los débiles siguen siendo débiles, también, pero bastante menos; antes bastaba el escudo bordado en la camiseta para empezar ganando el partido desde el túnel, ahora ya no. Hoy por hoy, hay que correr la cancha, meterle ganas, sufrir y jugar; los nombres siguen pesando, pero pesan bastante menos que hace unos años.

Para ilustrar el tema (las personas que me conocen saben que soy intensito y monotemático) y emplear un ejemplo local idóneo en este punto, tenemos que el abanderado de palacio —el mero, mero petatero, el todas mías, el “ábranse, que llevo bala”, el non plus ultra de los secretarios de Estado, el guapo (¡ajá!), carismático (¡ajá!), inteligente (ja, ja, ja), simpático (¡ajá!), gallardo (¡ajá!), neopanista (JA, JA, JA), alto (¡ajá!), bien dado (¡ajá!), muy ancho de espaldas (¡ajá!) y rostro malencachado (¡eso sí!)— Santi, Chago, mi hermano putativo, Santiago de la Peña Grajeda, está como esas selecciones de muchos cohetes, muchas luces, mucho dinero, muchos apoyos, pero van a quedar más sembradas que una cebolla; esos equipos que llegaron creyendo que el uniforme bastaba para levantar la Copa y naranjas dulces, limón partido. Y eso es porque, del PAN, el pobrecillo sólo sabe que, a veces, lleva mantequilla… para que resbale.

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