ABRIL 26 EN CHIHUAHUA
No sé si fueron ellos o fui yo, pero la ciudad se dejó ver con una docilidad que no siempre concede. Llegaron —Adolfo y Laura— y desde el primer momento algo se acomodó.
A Adolfo lo miro con ese desdoblamiento inevitable: es mi hijo y, al mismo tiempo, no lo es del todo; es un hombre que toma decisiones, que se equivoca —como todos— y que, sin embargo, empieza a trazar con una firmeza inesperada la línea de lo que quiere ser. Laura lo acompaña con una naturalidad que no estorba, lo cual ya es decir mucho; mira, pregunta, se asombra. Tiene esa cualidad rara de quien llega de fuera y ve mejor que uno —por costumbre, por la edad, por el desencanto— ya no ve.
No fue un programa rígido; fue un dejarse ir. Hubo, más bien, una sucesión de momentos: comer sin prisa, beber con la medida exacta en que la conversación mejora, caminar lo suficiente para que el cuerpo recuerde que existe. La ciudad —sus piedras, sus historias repetidas hasta el cansancio— se filtró entre nosotros sin imponerse. Sólo puse el carro y no estorbé que la descubrieran por sí mismos.
En algún punto —no sabría decir cuándo— entendí que no se trataba de la visita; o no sólo. Había algo más, una especie de corriente subterránea que nos iba juntando en un mismo cauce. Hablamos de libros, claro, pero no de libros en abstracto sino de ese gesto obstinado de creer que todavía vale la pena hacerlos bien, leerlos con rigor, exigirles algo más que la mera existencia.
Abril 26 —de la que ya les he hablado— tomó peso y cuerpo en esas charlas largas, no solamente como empresa, sino como una promesa compartida: hacer las cosas con cuidado, con un cierto grado de exigencia que hoy parece fuera de moda. A Dios gracias, coincidimos en lo esencial, que es raro y, por lo mismo, valioso: intentar hacerlo sin prisas lo mejor posible.
Hay una escena con la que me quedo: los tres sentados, sin prisa, en mi despacho, dejando que la tarde se estire más de la cuenta; cubiertos los rostros con máscaras. Jugando a no ser nosotros, o siéndolo, que al fin de cuentas eso es la literatura: un desdoblamiento, un juego de espejos, o de sombras… o de máscaras. Pensé —no sin cierta sorpresa— que algo había cambiado de lugar: ya no era yo llevando a mi hijo de la mano por la ciudad; era él quien, de alguna forma, me estaba invitando a entrar en un territorio nuevo, el suyo, en el que yo participo, sí, pero no guío.
Ésa, supongo, también es una forma de ternura.
Lo demás fue lo de siempre y no por eso menor: risas, comida abundante, música que se cuela por debajo de la conversación y la sostiene.
Abril 26 —nuestro pequeño despropósito— ya existe. Tiene nombre, tiene forma legal, tiene incluso un catálogo de libros asomando en el horizonte; pero sobre todo tiene esto: tres voluntades, tres inteligencias, que, por razones distintas, han decidido encontrarse en el mismo punto y ver qué pasa. No es poco.
No sé en qué acabará. Tampoco importa tanto ahora. Hay proyectos que se justifican por el solo hecho de intentarlo con seriedad, con una mezcla de entusiasmo y prudencia que evita tanto la ingenuidad como el cinismo. Éste, me parece, es uno de ellos, y con eso basta.
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Luis Villegas Montes.
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