RESPUESTA A FROYLÁN

‍ ‍El 26 de los corrientes, circuló una nota (https://www.lavozdeldesierto.mx/la-politica-me-da-web-75/), que dice, respecto de mi humilde y oscura persona, que:

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En algún momento durante su trabajo de magistrado, el abogado Villegas perdió la razón. Durante buena parte de su ejercicio quiso desahogar flatulencias por arriba de la cintura, como haciendo gala de un poder que nunca tuvo. Como magistrado y consejero de la judicatura cometió cualquier cantidad de excesos, llegando a despotricar contra la gobernadora. A pesar de sus habladurías quería seguir cobrando en el nuevo Tribunal, cómo. Al no conseguir su propósito, responsabilizó a Santiago de la Peña, sobre quien hace tiempo desahoga sus frustraciones personales. Agregue a lo anterior que, contrario a lo que dijo una y mil veces, decidió comprometerse con Cruz Pérez Cuéllar, agradecido de que el edil puso a su esposa en los acordeones del Bienestar. Decía que Corral era un vil rencoroso y mire en las que anda el señor exmagistrado. Sin embargo hay quienes todavía le conceden el beneficio de la duda, dicen que es inimputable; quedó loquito”.

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Leyendo este tipo de infundios yo jamás pensé que podría darle las gracias a su autor, pero en esta ocasión no tengo alternativa: tocayo, gracias. Gracias de todo corazón porque me brindas una oportunidad dorada para dejar algunas cosas en claro, nomás espero que no tengas la piel tan sensible como algunos mequetrefes que se sienten, y luego se sientan, cuando me leen.

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Gracias porque con tu notita, entiendo que quien te paga el pienso (te lo pagan y ni así) no tuvo los arrestos suficientes para encararme y asumir el hecho de que se va a poner los guantes y se vio en la necesidad de mandar un gato como amago.

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Antes de continuar, veamos tu escrito —que voy a despachar rapidito—: no veo cómo, sin poder alguno —como tú afirmas— pude cometer cualquier cantidad de excesos (¿dónde estaba Miriam? ¿Cómo el chinito?); ni tampoco cómo pude despotricar contra la gobernadora si, ya ves, no tengo pelos en la lengua y a diferencia de quien te soltó la correa, yo las cosas sí las digo de frente. ¡Mírame! Sobre comprometerme con Cruz Pérez Cuéllar, suponiendo sin conceder que así fue, ¿qué prueba eso? ¡El poder de Cruz! Insinuarlo, tarado, deja mal parado a mi amigo, ¡qué digo mi amigo, mi hermano, Santiago de la Peña!, pues quedaría como un imbécil incapaz de imponérsele al edil juarense, quien pudo más, mucho más, que todo un secretario… ¡qué digo secretario! ¡Señor ministro de gobierno! Y no, no pongas palabras en mi boca, de Javier he dicho hasta de lo que se va a morir, pero, ¿“rencoroso”?, ¡jamás!

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Gracias porque ahora sé —mejor dicho, lo confirmo— que vienen detrás de mí con todo, mascotas incluidas (tú eres la mejor prueba de ello).

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Todo empezó con un hackeo que denuncié hace semanas, me imagino que lo bueno está por venir. Esa certeza se me presentó, en realidad, como una especie de déjà vu (para ti, que tundes teclas a lo baboso, un déjà vu es la sensación de estar en una situación que ya has vivido). Tú no lo sabes, pero hace años, me hallé en una situación muy similar y decidí afrontarla como te voy a contar.

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Si no me crees, puedes preguntar por ahí… (Si fueras otro tipo de persona yo te diría que por ahí no puedes preguntar, pero gente como tú yo creo que por ahí puede ir hasta chiflando), porque todavía hay testigos de estos hechos, muy cercanos al poder en turno.

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Te cuento: en esa ocasión, veintitantos años ha, rodeado de enemigos por todos lados (como Cúster contra los siux), con varias demandas en mi contra, laborales, penales y administrativas, sin dinero, etc. (muy parecido a cómo voy a estar en un ratito), me fui a México a hablar con el entonces presidente del Partido (ése sí y no las porquerías que hemos tenido desde el 2007 a la fecha —excepto por doña Cecilia Romero, quien lo fue por dos benditos meses—) a exponerle mi penosa situación y a informarle que ya había comprado una tienda de campaña, un sleeping bag, una lámpara, un magnetófono, varias botellas de agua y dos kilos de azúcar. El señor me miró muy extrañado pensando qué demonios tendría que ver él con mi excursión campirana (y preguntándose, quizá, si no me haría falta algo más, como café o cerillos y si no me estaría sobrando el magnetófono), hasta que le expliqué mis intenciones y cayó en la cuenta de la gravedad del asunto porque no, no es que me fuera a ir al Desierto de los Leones a acampar, sino que me iba a poner en huelga de hambre en la Cámara de Diputados. Gracias a Dios el asunto se resolvió en forma ecuánime: delegados por ambas partes, abrazos cordiales, acuerdos que se cumplieron a cabalidad y tantán.

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Lo hice, tocayo, no porque fuera diputado, no; lo hice porque soy Luis Villegas.

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Ahora que ya empezaron a soltar a sus perros (con gatos de avanzada), estoy consciente de lo que se me viene encima: confío en que la estrategia legal correcta me permita llegar en paz al término del sexenio (que ya le falta poco, a Dios gracias) y después platicar y aclarar las cosas con el nuevo mandatario… o mandataria (¡uy, uy, uy!). Ya te veré moviéndole el rabo como el que más.

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Lo interesante es lo que va a ocurrir en el ínter porque la plaza Hidalgo me parece un lugar muy cómodo para enfrentar a mis detractores, romper el cerco que algunos medios de comunicación (chayoteros como tú) intentarán imponerme y bajar unos kilitos que traigo de más bajo el sol inclemente de la canícula chihuahuense. Espero con todo mi corazón, y sus arterias saturadas de manteca, que victimizarme no vaya a ser necesario —por si las moscas, la tienda, el sleeping, el magnetófono y la lámpara, los he cargado de casa en casa, como don Quijote a su lanza—. Como quiera, nada más saco el magnetófono y me asoleo repartiendo cuartillas y volantes. Va a estar muy padre porque siempre voy a poder desmontar los embustes que armen en mi contra mientras me doy vuelo platicando en serio el quién, el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué.

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Si todo falla, renegrido, me puedo ir a pasear al Perú o al Ecuador —países que no conozco ni tienen tratados de extradición con México— a esperar que termine el sexenio, etcétera.

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Aunque no lo creas, tengo previsto hasta que se pongan estúpidos y violentos (uno nunca sabe, ya ves, aquí estás tú) y por eso tengo resueltos mis asuntos con Dios. A mis hijos, quienes saben que no les heredo nada material, le dejo el ejemplo de integridad que tú —y los que te pagan las croquetas—, ni volviendo a nacer, podrán jamás legar.

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Huelga decir —mira tú, ¡qué bonita palabra! ¡Qué eufónica!— que a ti y a quien te da de tragar los hago responsables de cualquier accidente o atentado que sufra mi prieta y rechoncha persona… lo que no va a servir de nada, pero que el testimonio quede. Saludos, tocayo, a ver cuándo nos vemos para ir a comer prójimo.

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Contácteme a través de mi correo electrónico o sígame en los medios que gentilmente me publican, en Facebook o también en mi blog: https://www.luisvillegasmontes.com

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Luis Villegas Montes.

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luvimo6609@gmail.comluvimo6614@hotmail.com

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