EL RINOCERONTE EN LA SALA (Y EN UNA SECRETARÍA…)
A ver, hay errores políticos y luego está lo de algunos secretarios de Estado con la sensibilidad de un rinoceronte, que no admite explicaciones, coartadas ni disculpas.
En medio de un contexto estatal enrarecido —acusaciones de cercanía con intereses estadounidenses, discusión pública sobre soberanía, presión mediática sostenida—, a este súpersecretario se le ocurre subirse al 5 de mayo; y no de forma neutra, no señor; se trepó por todo lo alto, con tono patriotero y de orgullo nacional, como si el momento diera para discursos de calendario.
No lo da.
Antes de continuar, permítaseme una digresión histórico-político-cómico-mágico-cultural: el 5 de mayo no cambió el resultado de la guerra. La Batalla de Puebla fue una victoria puntual… y nada más. Al año siguiente los franceses tomaron la capital y se instaló el Segundo Imperio. Es un mito sobredimensionado; y, sobre todo, es más fiesta ajena que propia.
En Estados Unidos el 5 de mayo es casi un carnaval identitario. Así es, allá, el 5 de mayo es conveniente, simbólicamente hablando, para los Estados Unidos porque en 1862, mientras ellos estaban matándose con singular alegría en su guerra civil, que México frenara a Segundo Imperio francés les cayó de maravilla: menos presencia europea en su patio trasero. Con el tiempo, ese episodio se reinterpretó como algo “propicio y afín” para los intereses norteamericanos.
Conste que las manifestaciones de que me duelo no constituyen un desliz menor; se trata de una falta de criterio e incapacidad manifiestos para leer el entorno; si el problema que te circunda tiene que ver con percepciones de alineamiento externo, no se elige una fecha que hoy por hoy, para bien o para mal, se han apropiado culturalmente los Estados Unidos; conste, claro que la Batalla de Puebla es relevante, pero, de momento, el símbolo, en este contexto, no nos pertenece. Punto.
Un secretario de estado es un secretario de estado (ando tremendo); no es un comentarista, ni un publicista, ni un influencer, es un operador político del gobierno; su función no es adornar efemérides ni improvisar patriotismos, sino administrar riesgos, cerrar flancos y ordenar el discurso público. En este caso, el pobrecito hizo exactamente lo opuesto: abrió un frente innecesario.
¿Por qué?
Porque se habla de un tema vinculado con la identidad nacional en una fecha que hoy carga más con marketing gringou que con memoria cívica nacional; y, sobre todo, expone a su superiora a una lectura adversa sin obtener ningún beneficio real; por lo menos para ella. Él queda bien con el ciudadano de a pie, ese simplón que no distingue un guiño político de una locomotora. En pocas palabras: no hay ganancia política, ninguna; ni fortalece al gobierno; ni mejora la posición de la gobernadora; ni le aporta al control de daños en un momento crucial, cuando todo MORENA (ése que se benefició tanto con la integración del Tribunal Superior de Justicia) está pidiendo la cabeza del Ejecutivo local. De hecho, lo único que produce es munición para quien quiera usarla.
Se dirá que es un mensaje institucional, que las fechas patrias se conmemoran, que el civismo no estorba; todo eso es cierto en abstracto, pero la política no se ejerce en abstracto, se ejecuta en circunstancias concretas, con tensiones reales y narrativas en disputa.
En medio de una crisis de la magnitud que enfrenta María Eugenia, un operador serio, formal, con dos dedos de frente, no se pone creativo, cierra filas, reduce la exposición y no la alimenta con narrativas adversas o de dudosa manufactura.
En el pasado, el susodicho ya dio muestras de una incapacidad brutal (elección de los integrantes del Poder Judicial), de indolencia y rapacidad (affaire CIA en Chihuahua) y ahora de una injustificada falta de criterio que pone a su jefa, María Eugenia, en el ojo del huracán.En menos de quince días, ya suma dos… y de las gordas; habrá que ver con qué nos sorprende luego el muchachou.
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Luis Villegas Montes.
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