UNA COMEDIA DRAMÁNTICA
El jueves vi El drama, de Kristoffer Borgli; hay películas que se ven y además incomodan; ésta —con todos sus excesos y sus riesgos—es de esas. Obvio, igual que siempre, no le voy a decir de qué va, porque no faltará el dios egipcio (por Ammón) que diga que se la espoileé, así que le contaré lo mínimo, para luego dejarme ir.
La premisa parece trivial —una pareja a punto de casarse y una confesión inoportuna—; empero, lo que sigue no es un drama romántico sino una descomposición moral en tiempo real. La crítica ha dicho:
“Uno de los aspectos más interesantes de la película es su guion, que evita caer en estructuras tradicionales. En lugar de desarrollar una narrativa lineal convencional, la historia apuesta por una progresión fragmentada que obliga al espectador a reconstruir el sentido de lo que observa. Este recurso, si bien resulta estimulante desde un punto de vista artístico, puede generar cierta desconexión emocional en algunos momentos. Sin embargo, esa misma incomodidad parece ser una intención deliberada del director, quien busca retratar relaciones marcadas por la incertidumbre y la ambigüedad”.[1]
Y sí. No sé dónde lo escribí, pero la primera vez que vi una exposición de arte moderno —no sé si fue en el MoMA, en Nueva York, o el Reina Sofía, en Madrid—, salí diciendo: “¡guácala!”. No me gustó. No pretendo decir que sé de arte, en lo absoluto, sólo sé, primero, que hay cosas que me gustan y ahí cosas que no; segundo, que ése no es un parámetro válido ni de lejos; tercero, que existe la palabra “arte” y que yo no tengo muy claro qué es; cuarto, que hay un montón de gente que está igual que yo —pero es incapaz de admitirlo—, y quinto, que ese “me gusta” significa, para mí, sólo una cosa: movimiento; déjenme continuar: impulso, resorte, envite, arrastre, empujón, aturdimiento, reflexión, admiración o envidia (de la “buena” y de la “mala” a partes iguales).
Porque así es. Ya se trate de una novela, un poema, una escultura, una pintura, un edificio, cuando me gusta, siento un golpe en las tripas, un sacudimiento interior y unas ganas bárbaras de intentar hacer algo, si no igual, por lo menos parecido a eso. Yo sé que yo no sé escribir —sería lo más cercano a la realización artística y a mi menguado alcance— y lo intento sólo para desahogarme, porque sé, más allá de cualquier duda, que estoy a años luz de gente que verdaderamente sabe, o lo supo, hacer: García Márquez, Vargas Llosa, Volpi, Borges, Aguilar Camín, Almudena, Posteguillo, Pérez-Reverte, Benedetti, etc.; pero esa incapacidad no me impide admirar cierta rara cualidad en determinadas cosas: una novela, un poema, una escultura, etc. E ir al Soumaya o a Louvre, al Thyssen-Bornemisza o al museo Vaticano, es un día de fiesta para los ojos y para los sentidos, pero sobre todo para el alma.
Pues bien, todo lo anterior, para decir que si me viera obligado a explicar el arte en una sola palabra, diría “provocación”. La obra que no provoca, que no inspira, que no remueve algo en mí, no es arte. Y no quiero decir que, necesariamente, me guste, no; hablo sólo de que me deje al borde de las lágrimas o sólo pensando y con ganas de discutir porqué me gustó o poque no.
Pues eso me provocó El Drama; a la mitad, lo juro, ya me quería ir: “@&%*$ monumento a la hipocresía”, “yo no sé para qué vengo si sale el mamón de Pattinson y la prieta de Zendaya”, “hubiera ido a ver Super Mario Galaxy” y así; me quedé por la cocota y las palomitas que ya las había comprado.
¡Ooo… maigod! Muy buena. El guion maravilloso y los actores, ¡ay! Yo nunca los había visto, digo, sí, pero no. Por ejemplo, no hay que ser la gran cosa para que te llenen de chispitas, te encalen y ya eres vampiro postadolescente; ni menos para ser Batman: ver feo, hacer la voz ronca y moverte como si estuvieran enfundado en una armadura medieval; y en cuanto a Zendaya se me hacía muy flaca y muy fea. Esta vez los disfruté horrores y puedo decir, con plena convicción, que me gustaron muchísimo y ambos son magníficos actores. Ella no me pareció más linda, pero me encantó en su papel.
No hay forma cómoda de procesar al entorno de Emma, quienes no se deciden entre la imbecilidad absoluta ni la villana plena; moviéndose en las periferias del prejuicio y el miedo. En este filme Borgli no busca armonía, busca una grieta por dónde colar inseguridades que lejos de romper una relación la carcome; y no hay nada más inquietante que el espectáculo de una corrosión lenta de aquello que parecía tan sólido, tan firme, tan limpio, tan hermoso… amor, pues. Chist, chist. No empiece, eso lo va a ver usted solito y casi desde el principio; espérese a lo demás. Por cierto; titulé “comedia dramántica” a estos párrafos porque la película navega con una soltura genial, entre el drama y la comedia romántica.
Semana felicísima, maravillosa, ¡in cre í ble!, ya le contaré pronto el porqué. Sólo le puedo decir que ando en plan de “gracias, señor, gracias, gracias, gracias; de veras; y aunque no había manda de por medio ni mucho menos, te debo una idita a San Judas, de puro gusto”.
Por lo pronto, vaya al cine, lea, viaje; no le tenga miedo a esa conmoción que provoca el espectáculo del mundo y sus maravillas; y recuerde que si el arte no provoca, no descoloca ni hiere un poco, entonces no es arte: es sólo un algo bonito e inútil; y de eso, francamente, ya tenemos suficiente.
Contácteme a través de mi correo electrónico o sígame en los medios que Contácteme a través de mi correo electrónico o sígame en los medios que gentilmente me publican, en Facebook o también en mi blog: https://www.luisvillegasmontes.com
Luis Villegas Montes.
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[1] Artículo de Jorge Tigrero publicado el 16 de abril [En línea]. Visible en el sitio: https://www.vistazo.com/estilo-de-vida/cultura/2026-04-16-resena-el-drama-la-intensidad-emocional-limite-BO10874234 Consultado el 17 de abril de 2026 a las 22.55 h.