LA MISOGINIA DE SANTIAGO DE LA PEÑA GRAJEDA, EXHIBIDA POR ÉL MISMO EN TRES MINUTOS.
A Santiago de la Peña Grajeda le bastaron unos tres minutos.
No necesitó un discurso, ni una conferencia de una hora, ni uno de esos documentos redactados por asesores donde cada palabra ha sido desinfectada previamente hasta perder cualquier vestigio de espontaneidad. Tres minutos.
Tres minutos, a veces, como ahora, son suficientes.
Andrea Cecilia Domínguez Anguiano presentó ante la Comisión Estatal de los Derechos Humanos una queja que reúne 145 hechos ocurridos a lo largo de más de cuatro años, con solicitud de medidas de protección y señalamientos sobre posibles actos de intimidación, persecución, vigilancia y otras afectaciones a sus derechos. Entre las personas mencionadas aparecen Santiago de la Peña Grajeda y Alberto de la Peña, su hermano.
No había, por tanto, demasiada dificultad para comprender la gravedad institucional del momento: una mujer denuncia, un alto funcionario aparece mencionado, su hermano también, la Comisión de Derechos Humanos apenas comienza a conocer el asunto; era una magnífica ocasión para la prudencia.
Y Santiago de la Peña prefirió sonreír.
No voy a interpretar el gesto. No hace falta. Él mismo lo hizo visible: «Perdón que me sonría»; por mí, aceptada la disculpa, pero veamos qué ocurrió después: porque una sonrisa no prueba nada, puede obedecer a nerviosismo, incredulidad, incomodidad o mala digestión; lo interesante empieza cuando la sonrisa encuentra compañía. Y halló bastante.
El secretario declaró que había revisado la queja; los medios consignan su expresión: «lo que yo pude leer» y luego negó haber girado instrucciones a Andrea y sostuvo que la Secretaría General de Gobierno carece de atribuciones para administrar la Feria; añadió una frase destinada, supongo, a dejar perfectamente claro el asunto: «Yo no tengo ni tiempo ni facultades para administrar una feria».
Las facultades son asunto jurídico y el tiempo es asunto suyo; empero ya que él decidió introducirlo, examinémoslo: el hombre que no tiene tiempo para asuntos de la Feria sí tuvo tiempo para revisar una queja de 145 hechos relacionada precisamente con la Feria, formarse una opinión sobre ella y comparecer ante los medios para descalificarla.
Es decir, de aquella lectura aparentemente minuciosa, Santiago de la Peña no extrajo públicamente una exhortación a esclarecer las acusaciones, ni una preocupación por garantizar la seguridad de la denunciante, ni la conveniencia de guardar particular distancia respecto de un asunto en el que aparece mencionado su hermano. No, su preocupación pública fue otra: mirar quién patrocinaba jurídicamente a Andrea; expresamente sostuvo que al advertir quién se encontraba detrás de la representación legal de la denunciante, el argumento perdía sustento o «se caía por sí mismo».
Confieso mi fascinación. Ciento cuarenta y cinco hechos sometidos a una nueva regla probatoria: mire usted al abogado, fíjese en él, porque si no le gusta el abogado, quizá los hechos se evaporen. Lo relevante no es la mujer que denuncia persecución, acoso e incluso hechos cuya gravedad pide investigar bajo el parámetro de tortura, sino, el tipo chaparro, prieto, trompudo y panzón que la representa (o sea yo). Desconocía semejante innovación.
Además, el secretario todavía tenía preparada una pequeña exquisitez lógica: porque ese abogado cuya presencia parecía poseer fuerza suficiente para debilitar una queja entera resultó ser, al mismo tiempo, un personaje tan insignificante que De la Peña tuvo dificultades para recordar siquiera su nombre: «Villegas... perdón... Villegas Montes»; algo así. O sea, el secretario no sabe cómo me llamo, pero sabe que mi nombre —el que no recuerda— explica por qué habría que desconfiar de Andrea. Soy irrelevante y decisivo a la vez. Una verdadera hazaña. Aristóteles se quedaría turulato.
El detalle sería muy cómico si no revelara algo bastante menos divertido: porque yo no soy el verdadero destinatario de la operación. Andrea sí lo es; porque cuando Santiago de la Peña llama la atención sobre «quién la patrocina», la descalificación no termina en el abogado (o sea yo). Ahí empieza, porque el razonamiento funciona directamente contra ella: Miren quién está detrás de esa mujer; y en ese instante ocurre algo que merece ser observado con atención.
Andrea empieza a desaparecer, había presentado una queja, había asumido personalmente una acusación, había descrito 145 hechos, había acudido a un organismo constitucional, había solicitado protección, pero, ante la respuesta del secretario, de repente lo interesante deja de ser lo que ella afirma.
Lo interesante pasa a ser qué hombre está detrás de ella. Ése es el punto. A mí, Güicho Villegas, no me ofende ni me minimiza que no se acuerde de mí; eso sería una vanidad y, además, un asunto insignificante.
La minimización del abogado es el instrumento empleado para disminuir a la mujer: ahí aparece la misoginia que da título a estas líneas; y no utilizo el término para adivinar qué siente Santiago de la Peña por las mujeres ni para practicar psicoanálisis político de sobremesa, no, no, no; hablo de algo observable en su discurso: una mujer formula una acusación en nombre propio y el funcionario responde buscando al hombre que permita explicar, desacreditar o relativizar su voz.
Ella deja de ser sujeto y se convierte en intermediaria; no habla porque tenga algo que denunciar; habla porque alguien está detrás de ella; no decide, es patrocinada; no acusa, es utilizada; es decir, la antigua operación de siempre: ante una mujer incómoda, buscar al hombre que supuestamente la maneja. Eso es lo verdaderamente revelador de esos tres minutos.
Y hay más.
De la Peña quiso establecer una gran distancia entre Andrea y él; aseguró que no existía relación personal ni relación laboral entre ambos; muy bien, pero inmediatamente añadió que Andrea, «en algunas ocasiones», acudía a la Secretaría General de Gobierno buscando determinados apoyos o respuestas y que «la respuesta siempre fue» que aquello no era competencia suya. Aquí resulta interesante la gramática.
«En algunas ocasiones», «Iba», «Siempre». Esas expresiones no describen exactamente a dos personas que jamás tuvieron interlocución.
Naturalmente, esas expresiones no prueban que Santiago de la Peña haya impartido las instrucciones que Andrea afirma, pero sí prueban algo infinitamente más sencillo: sí hubo trato reiterado aunque él procure, sin sonrojos, presentarlo como irrelevante.
De modo que, en pocos minutos, la arquitectura del discurso empieza a mostrar una curiosa regularidad: Con Andrea, prácticamente ninguna relación, aunque haya ido varias veces a verlo; con la Feria, ningún tiempo para ocuparse de ella, aunque sí tiempo para revisar la denuncia y pronunciarse sobre ella; con el abogado, tan irrelevante que apenas recuerda el nombre, pero tan relevante que su identidad derrumba el argumento; con la queja, tan endeble que merece una sonrisa, pero tan importante que merece respuesta inmediata ante los medios.
Todo disminuye o crece, se acepta o se niega, se admite o se refuta, según convenga al argumento del minuto; sin embargo, hay un elemento que vuelve especialmente delicada toda la escena: Alberto de la Peña Grajeda es hermano de Santiago de la Peña y aparece mencionado en el asunto. Un hermano puede ser inocente, por supuesto, y el parentesco no demuestra absolutamente nada; precisamente por eso la salida institucional era sencillísima: «que investigue la Comisión», «colaboraré», «entregaré cuanto se me solicite», «no prejuzgaré», «por estar mencionado yo y por encontrarse involucrado mi hermano, seré particularmente cuidadoso» o «la denunciante debe contar con todas las garantías para su protección y defensa»; podía haber negado cada palabra de la queja y, simultáneamente, sostener esas cinco frases. Eso se llama institucionalidad.
No hizo eso. La reacción fue otra, distinta y opuesta: negar, disminuir y señalar al abogado; y ahí vuelve Andrea a desaparecer. No encontramos en esos tres minutos una preocupación equivalente por que ella pudiera denunciar libremente; no hay una invitación a esclarecer; no existe una sola consideración especialmente cuidadosa hacia una mujer que acababa de acudir a la CEDH.
Hay, en cambio, una pregunta decisiva: ¿quién la patrocina? Hay frases que por sí solas retratan épocas y frases que retratan personalidades; porque detrás de esa pregunta vive una concepción retrógrada, muy antigua, de las mujeres: cuando una mujer desafía una estructura de poder, debe existir algún hombre explicándola: uno que la mueve, que la manipula, que la manda, uno que está «detrás».
La posibilidad verdaderamente perturbadora —que ella haya decidido hablar porque quiso hablar— parece necesitar un intermediario masculino que la vuelva inteligible. Eso es invisibilizar y no metafóricamente.
Literalmente, la desplaza del centro de su propio acto.
Andrea denuncia a varios hombres y termina convertida en personaje secundario de una disputa entre hombres. Notable el actuar y el decir del secretario; y precisamente por eso la sonrisa inicial ya no puede observarse sola ni considerarse inocente o neutra. Sí, ya sé, una sonrisa no es una violación a los derechos humanos (no digamos tonterías); pero esa sonrisa, en ese contexto, expresamente reconocida, es una burla. Ello porque, al terminar los tres minutos sabemos lo que vino inmediatamente después: la descalificación de la denunciante mediante su abogado, la minimización del vínculo con ella, la omisión del incómodo parentesco como motivo de prudencia y el desplazamiento del fondo hacia las personas; por eso aquellas palabras adquieren ahora un significado mucho más interesante: «Perdón que me sonría».
No, secretario, la sonrisa es lo de menos; lo importante es por qué, cuando una mujer presentó una denuncia que lo alcanzaba a usted y a su hermano, su primera gran preocupación pública fue explicarnos quién era el hombre que estaba detrás de ella.
Eso sí merece atención: porque Andrea Cecilia Domínguez no es un instrumento, no soy ventrílocuo, ni ella es una menor de edad; no necesita que Santiago de la Peña encuentre un hombre que explique por qué habla. Es una mujer adulta que presentó una queja y asumió personalmente 145 hechos cuya verdad o falsedad deberá determinar la autoridad competente. La CEDH tendrá que investigar; ella tendrá que acreditar; los señalados tendrán derecho a defenderse. Eso es el Estado de derecho.
Todo perfectamente sencillo; y, sin embargo, al secretario general de Gobierno le bastaron aproximadamente tres minutos para enseñarnos otra cosa: cómo disminuir a una mujer sin llamarla mentirosa, cómo desacreditarla hablando de otro hombre, cómo quitarle centralidad a su propia denuncia, cómo convertir al abogado en protagonista para convertir a la denunciante (víctima) en figurante, cómo negar una relación y admitir interlocuciones reiteradas casi en la misma respiración, cómo declararse demasiado ocupado y encontrar, sin embargo, tiempo suficiente para pronunciarse, cómo no recordar un nombre y convertir ese mismo nombre en argumento y cómo hacer todo eso mientras su propio hermano está señalado expresa y directamente en el asunto.
No necesito saber si Santiago de la Peña se considera feminista, qué piensa de las mujeres ni qué discurso pronunciará el próximo 8 de marzo. Me bastan tres minutos. Tres minutos en los que una mujer denunció y él buscó al hombre que estaba detrás de ella. Hay quien necesita toda una vida para retratarse de cuerpo entero, a Santiago de la Peña le bastaron tres minutos.
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Luis Villegas Montes.