EL DESPRECIO DE LA TRAICIÓN

Según se lee en algunas columnas políticas, para algunos, María Eugenia podría tener dos cartas para la sucesión de 2027: Marco Bonilla, como candidato natural de «su» partido, el PAN; y Cruz Pérez Cuéllar, con quien se le atribuyen entendimientos suficientes, e históricos, para transitar sin mayores sobresaltos una eventual alternancia.

No pretendo comentar —mucho menos demostrar aquí— si tales entendimientos existen o no… tampoco hace falta, resulta irrelevante. ¿Por qué? Porque la pregunta verdaderamente importante es otra: ¿le convendría a María Eugenia actuar como si Cruz fuera una garantía para ella?

Después de lo ocurrido esta semana, creo que no. María Eugenia tiene candidato y se llama «Marco Bonilla». Por su bien, más vale que lo entienda bien (¡ja!) y rápido.

Cruz Pérez Cuéllar acaba de ser designado para encabezar el proyecto político de MORENA en Chihuahua rumbo a 2027: y durante el mismo acto en que se anunció su designación, la dirigencia nacional de ese partido dejó pocas dudas respecto de la posición que guarda frente a la actual gobernadora: Ariadna Montiel no fue sutil; habló de la obligación de sacar del gobierno de Chihuahua al PAN, al que calificó de «corrupto»; y agregó una frase mucho más significativa: «no vamos a dejar de decir que María Eugenia Campos es una traidora a nuestra patria».

A María Eugenia le convendría detenerse en esas palabras porque Ariadna no dijo que ésa hubiera sido una diferencia del pasado ni insinuó siquiera una posible distensión futura: dijo, con todas sus letras: «no vamos a dejar de decir». Es una afirmación política en tiempo futuro: creo que sería imprudente ignorarla.

No hace falta preguntarse qué piensa Cruz en privado ni cuáles sean sus relaciones personales con la gobernadora. Ése no es el punto. Una relación entre dos políticos, por buena o mala que sea, no equivale a un acuerdo con un partido nacional, con su dirigencia, con sus grupos internos ni con el conjunto de intereses que concurren cuando ocurre una alternancia. De hecho, una relación entre dos políticos puede ser cualquier cosa. Ésa es, precisamente, la debilidad de la teoría según la cual María Eugenia tendría «dos candidatos». No los tiene. Tiene uno. Marco Bonilla es quien representa la continuidad de su gobierno, de su partido y, en buena medida, de su propio grupo político. Si se le ocurre irse por otro lado es ponerse una soga al amplio cuello. Cualquier otra opción pertenece a otra fuerza política y responde, naturalmente, a sus propios intereses.

Por eso resultaría difícil comprender que María Eugenia, llegada la hora, optara por debilitar a Marco, tomar distancia de él o, peor aún, contribuir de cualquier manera a su derrota con la esperanza de comprar para sí una salida confortable. Y no porque la política exija romanticismos: sino precisamente por lo contrario, porque no sería negocio.

¿Qué obtendría? Debilitaría al candidato cuya victoria le ofrece la única continuidad política cierta y, a cambio, recibiría apenas la expectativa de que una relación personal pudiera prevalecer sobre una estructura partidista que acaba de colocarla expresamente entre sus adversarios. Entregaría una certeza a cambio de una posibilidad. Pésima operación.

«Teoría de juegos», se llama. John Nash la llevó al terreno de las matemáticas: toda decisión racional depende también de lo que puedan hacer los demás; la mejor estrategia no es necesariamente la más vistosa, sino la que evita empeorar la propia posición.

Además, existe una circunstancia que quienes acarician la hipótesis de los «dos candidatos» parecen olvidar: en política, ayudar a alguien no obliga a ese alguien a cargar posteriormente con quien lo ayudó. Mucho menos obliga a todos los que lo acompañan.

Los gobiernos cambian; los partidos cobran agravios; los grupos reclaman posiciones: las nuevas mayorías necesitan distinguirse de las anteriores y las alternancias, por su propia naturaleza, buscan demostrar que algo terminó y algo distinto comienza. Por eso un pacto personal —suponiendo que exista— jamás debería confundirse con un salvoconducto.

No necesita quererse mucho para entenderlo; le debería bastar hacer las cuentas: si Marco gana, conserva un gobierno políticamente próximo, un partido en el poder y una estructura que tiene razones propias para defender el legado del sexenio que termina; si Marco pierde, ninguna relación personal puede garantizarle lo que hará MORENA una vez instalado en el gobierno; y menos después de que su dirigencia nacional haya definido públicamente el tono con el que piensa enfrentarla.

De ahí que cualquier tentación de jugar con dos barajas resulte, para María Eugenia, particularmente peligrosa y definitivamente un mal negocio; podría contribuir a debilitar precisamente aquello que realmente posee y confiar después en algo que no puede controlar.

Obrar en contra no parece inteligencia política: es, en cambio, renunciar voluntariamente a la mejor posición disponible. Marco Bonilla es su mejor, y único, candidato.

No se trata de afectos, ni de gratitud (no exageremos), ni de compañerismo partidista; se trata de que, para María Eugenia, si tiene aspiraciones de seguir en esto, su triunfo representa la única sucesión cuyo resultado político puede prever. Lo demás podría ser cercanía, entendimiento, comunicación o buena relación, pero no certeza.

Así que, si en algún momento María Eugenia llegara a considerar que apartarse de Marco, debilitarlo o jugar contra él pudiera asegurarle una mejor suerte, haría bien en pensárselo dos veces. Traicionar a Marco no le compra nada; podría favorecer a otros, sin duda; a ella, difícilmente, porque el poder puede aceptar con provecho una traición, lo que rara vez hace es respetar a quien la comete.

María Eugenia haría bien en tenerlo presente; en este punto, debería recordar una vieja lección: en el año 48 antes de Cristo, los hombres de Ptolomeo XIII asesinaron a Pompeyo creyendo congraciarse con César. Cuando le mostraron la cabeza de su rival —cuenta Plutarco— César apartó el rostro horrorizado y lloró al reconocer su sello. Ésa enseñanza ha sobrevivido dos mil años: la traición puede resultar útil; el traidor, no necesariamente; por eso, incluso desde la perspectiva más fría y pragmática, traicionar a Marco sería para María Eugenia una pésima apuesta.

Ah, «Marco», justicia poética, podría decirse… si ocurre. Confiemos en que no.

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Luis Villegas Montes.

  

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