EL QUE TRAICIONA UNA VEZ…

Me he reído todo el fin de semana.

Hay políticos que esperan a ganar para desconocer a sus amigos y otros, más previsores, más cínicos o más tarugos, comienzan antes. Al parecer, Santiago de la Peña pertenece a esa segunda categoría: ¿para qué esperar a ser candidato si uno puede empezar a comportarse como tal desde antes?

El asunto, además de francamente cómico, resulta bastante ilustrativo: durante meses hubo panistas que se tomaron muy en serio las aspiraciones de Chago; lo trajeron de aquí para allá, lo arroparon, lo promovieron, le hicieron reuniones y seguramente debieron explicar en sobremesas familiares por qué un hombre que no es panista debía convertirse, por algún prodigio de la política moderna, en candidato del PAN. No lo tuvieron fácil ni debió ser sencillo; pues bien, es el caso que, sin aviso y de sopetón, ¡cuas!, ¡toma chango tu banana!, cuando todavía no terminaban de calentar las sillas de la campaña, llegó el momento de agradecerles: «Gracias, muchachos, gracias, gracias; muy amables; no se hubieran molestado y ahí nos vemos. ¡Ah!, por cierto, cierran la puerta al salir». Lo anterior porque, según se ha dado a conocer, quienes venían participando de manera destacada en la operación política, Margarita Alvídrez y Ramón Sáenz, fueron desplazados y la conducción quedó en manos de la diputada federal Rocío González.

No entro ahora en las virtudes o defectos de la diputada —algunas tendrá—, ése no es el punto; el punto es la premura y el desprecio: Santiago todavía no obtiene la candidatura y ya reorganizó el reparto. Eso es eficiencia: hay algunos que matan la vaca y reparten el cuero; Santiago parece haber perfeccionado el procedimiento: reparte la piel, corre a los matanceros y ¡todavía ni siquiera encuentra a la res!

Conviene que los panistas tomen nota para que luego no se indignen ni se digan sorprendidos.

Esto va para los ignaros: la política posee una virtud extraordinaria, la gente suele comportarse antes de ejercer el poder exactamente como se comportará después, sólo que con menos presupuesto. Si para alcanzar una candidatura necesita de usted y, antes de conseguirla, ya descubrió que usted era prescindible, existe una posibilidad razonable de que, cuando alcance el cargo, no se transforme milagrosamente en San Francisco de Asís. La política no funciona así.

Por eso resulta particularmente enternecedor observar a ciertos panistas haciendo esfuerzos casi gimnásticos por convencerse de que entregar la candidatura de Acción Nacional a un personaje ajeno a su militancia constituye una buena opción.

Por cierto, los panistas desplazados no deberían enfadarse; deberían agradecer la cortesía: Santiago les ha entregado gratuitamente una demostración anticipada del producto. Muestra gratis. ¿Y los demás? No se hagan, quedan advertidos.

En otro orden de ideas, cabe sacar a colación un principio sagrado en política: «Si las cosas van bien, ni le muevas». Las cosas no han de haber ido marchando de maravilla en la secretaría de campaña —digo, en la Casa General de Gobierno, ¡o como se diga!— para tener que prescindir de los amigos y traer refuerzos. Ja, ja, ja, ja, ja, ja.

Todo este juego de lealtades desechables me pone melancólico y me recuerda algunas lecturas de mi mocedad. La traición tiene una característica especialmente repugnante: rara vez procede del enemigo; para traicionar a alguien primero hay que conseguir que confíe en uno.

Ahí está Yago, el hombre de confianza que envenena a Otelo con mentiras y celos; Judas, que vende a su maestro por treinta monedas de plata y todavía tiene la delicadeza de señalarlo con un beso; Bruto, que hunde el puñal en César; Efialtes, que revela el paso que condenará a Leónidas y los suyos; Dalila, que arranca a Sansón el secreto de su fuerza mientras le acaricia la cabeza; y Paris, huésped de Menelao, que agradece la hospitalidad llevándose a la esposa.

Todos distintos. Todos memorables. Todos unidos por una pequeña peculiaridad: antes de clavar el cuchillo consiguieron que les abrieran la puerta.

Santiago, desde luego, juega en una liga bastante más modesta. Ni Shakespeare, ni los Evangelios, ni Plutarco, ni Homero habrían desperdiciado demasiada tinta en semejante personaje.

Pero hay que reconocerle el esfuerzo.

Todavía no obtiene la candidatura y ya dejó tirados a quienes le ayudaron a buscarla.

Si finalmente el PAN decide convertirse en agencia de colocaciones de candidatos externos, sus militantes tendrán que desarrollar nuevas destrezas además de repartir propaganda, cuidar casillas, etc.; tal vez sea bueno que aprendan a tragar sapos, ranas y culebras cada día más chonchos, más gorditos, más asquerosos.

Por lo pronto, a quienes ya recibieron su primer cucharón sólo queda desearles buen provecho y recordarles que el que traiciona una vez traiciona dos veces.

Así que, guardadas las proporciones —no vaya a ofenderse Judas—, podemos sentenciar con los clásicos:

¡En la traición, Santiago es todos ellos!

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Luis Villegas Montes.

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