SHIBUYA CROSSING
Les agradezco a todos el interés, pero las fallas y los fallos técnicos continúan, así que nada de podcast ni de entrevista por el momento; además, con el cuento de que me resfrié horrible y el clima está medio desasosegado —llueve todos los días—, pues en ese sentido las cosas no han marchado como yo desearía. Por lo demás, debo decirles que ya estamos en Osaka; de hecho, escribo estos párrafos por la tarde-noche; llegamos hoy de Kioto.
Las imágenes que acompañan estos párrafos son, ambas, del famoso Shibuya crossing; un gigantesco paso peatonal que, vaya usted a saber por qué, ha adquirido fama mundial y una acción obligada es cruzarlo por la noche. Claro que algunos datos pueden darnos una idea de ese porqué: cada vez que el semáforo se pone en verde para los peatones, entre 2,500 y 3,000 personas cruzan al mismo tiempo desde todas las direcciones; el volumen diario estimado es de 2.5 millones de personas que lo atraviesan cada día; el ciclo del semáforo se repite aproximadamente cada dos minutos y, en las horas pico, la cantidad de personas acumuladas basta para llenar un estadio de fútbol. Pues lo crucé, tal y como consta en la fotografía; Adolfo no tuvo esa suerte; “me faltó camarógrafo”, se quejó el muy malvado.
Lo cierto es que no es pose; algunas de las fotos con las que me quedo, me las toma el Adolfo a su aire y por propio gusto. Por lo general estoy de espaldas o tengo ese aire meditabundo que la gente confunde con cara de perro.
¿Qué iba pensando? Que me tengo que dar prisa; que hay un montón de lugares donde quiero estar o que quiero conocer y no me va a alcanzar la poca vida que me queda. Eso le decía al Adolfo: “sesenta años ya y apenas estoy aquí, donde tantas veces desee estar”; nunca había sido tan consciente del paso del tiempo.
Y no estoy para que me vayan a decir que no diga estas cosas, que todavía estoy muy joven, que el corazón no envejece, que el cuero es el que se arruga, que hay más tiempo que vida, etc.; por pura estadística, estoy más cerca del hoyo que del bollo; ¿qué sigue? No lo sé, bien a bien; me imagino que seguir tirando, pero, ¿para dónde?
En fin, esas dudas existenciales las he ido administrando. Ayuda que fuimos al Kabuki, una forma de teatro tradicional que se caracteriza por su drama estilizado y el uso de maquillajes elaborados; empezó con un entremés que duró 40 minutos; yo me dormía, me despertaba, me volvía a dormir y aquella tortura continuaba. “Cuatro horas”, me dijo el Adolfo al oído. “Trágame tierra”, pensé; pero no, las cuatro horas restantes transcurrieron sin contratiempos —con el mentado entremés la cosa se prolonga a casi cinco horas—.
Ayuda que me siento rico MacPato; en el cajero saco 75 mil yenes (unos ocho mil pesos), pero yo me siento como una máquina de hacer dinero.
Ayudan Hiroshima, el monte Fuji, la luchas de sumo y el teatro Noh.
Ayuda que estamos vivos y agradecidos con Dios.
Por lo pronto, ayuda que ya decidí que en breve me voy a dar una escapadita a todavía no decido dónde: Islandia, Dinamarca, Suecia o así; Pedro Ferriz anda en Estambul —no me parece mala idea—; y ya puestos, ¿por qué no Sudáfrica? Ya veré, lo único cierto es que lo del podcast me tiene muy entusiasmado y, tal y como dijo el Adolfo: “me faltó camarógrafo”. ¿Verdad que duele, cabroncito?
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Luis Villegas Montes.