JUEGO DE ENTRONAS 1a. parte.
Cerré el quinto tomo de Juego de Tronos con un suspiro, consciente de que terminar de releer esta monumental saga equivale a derribar un muro de ilusiones y ver, por fin, la cruda realidad de Poniente. Tras miles de páginas devoradas de corrido, lo que verdaderamente entendí es que el “juego de tronos” es una maquinaria trágica y cíclica donde no existen los héroes puros ni los villanos absolutos, sino humanos rotos aferrados a una pizca de precaria paz; es decir, entendí que…
JUEGO DE ENTRONAS.
El Gera.
—Deberíamos volver ya a la garita —instó El Gera, viejo velador del Palacio de la Aldama, mientras la oscuridad nocturna se alejaba de las calles.
Llevaba cuarenta años vigilando el castillo que ahora, temporalmente ocupaba Cersei Lannister. Conocía sus secretos (los del castillo), había visto desfilar toda clase de monstruos (los Lannister en primer lugar) y creía que ya nada podía sorprenderlo. Hasta aquella madrugada.
Desde su atalaya distinguió unas figuras espectrales que avanzaban por la avenida Aldama. Se le heló la sangre. Eran Los Caminantes Blancos.
—¡Los muertos caminan! ¡Los muertos caminan! —gritó despavorido.
—No diga pendejadas, Gera; son periodistas.
—¡Por eso!
Los Caminantes Blancos avanzaban lentamente por la avenida Aldama.
Algunos cargaban cámaras, otros micrófonos y los más peligrosos, smart phones (estaban en el reino de El Norte, el territorio más extenso de todo el continente de Poniente). Los encabezaba un espectro obeso, de rostro carnoso, cuello grueso, papada generosa y cráneo rapado al cero; tenía la piel clara, las mejillas abultadas, la nariz ancha y una boca pequeña, de la que colgaba una permanente sonrisa de autosuficiencia; pero lo verdaderamente singular eran sus ojos: glaucos, del color del hielo, pequeños y hundidos entre los párpados pulposos; cargaba una grabadora que llevaba treinta años sin registrar una pregunta inteligente.
—¡Alto! —gritó el Gera desde su atalaya—. ¿Quién vive?
—¡La prensa libre! —respondieron a coro los espectros.
Tyron.
Tyron bebía y sabía cosas. Muchas cosas. Había pasado buena parte de su vida entre leyes, tabernas y periódicos, instituciones que, a su juicio, se distinguían fundamentalmente por dos cosas: el precio de las bebidas y la calidad del fornicio. Juzgador, legislador, abogado, cronista y novelista frustrado, conocía las leyes del reino, los secretos de sus gobernantes y las miserias de sus cortesanos. Aquella mañana estaba particularmente satisfecho.
El Mano manito de Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones, cerró los ojos, apretó los párpados y la vio montada en su dragón, poderosa e invencible.
Se sirvió otro trago: una medida de güisqui, un chorro de agua mineral y hielo a granel. Sí, la Fortaleza Colorada, el majestuoso palacio y asentamiento real ubicado en el centro de la ciudad, en Desembarco del Buey, sería destruido por el fuego purificador que el dragón de Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones expelería por el hocico ardiente y los belfos humeantes. Por primera vez en muchos años tendría la oportunidad de contemplar el espectáculo que había soñado durante toda su vida: un dragón arrasando con los poderosos indeseables.
Y no se trataba de cualquier dragón. ¡Nooooo! ¡A güevo que no! Nada menos que el dragón que les había obsequiado, en un descuido imperdonable, Jaimenuel, el príncipe idiota. Se trataba de uno gigantesco (el dragón), formidable, de ojos amarillentos, escamas tornasoladas y alas tan extensas que, al desplegarse, oscurecían el cielo. Una bestia fabulosa capaz de reducir a cenizas las murallas de cualquier baluarte, cuantimás los murales de Piña Mora.
Tyron lo imaginaba lanzando llamaradas sobre el Palacio de la Aldama, mientras Cersei corría aterrorizada por sus corredores jalándose las extensiones, su hermano Jaimenuel buscaba un escondite y los cortesanos se atropellaban unos a otros intentando escapar de las llamas: Qyburn Álvarez, Varys Granados, el oaxaco Greyjoy. Se imaginó corriendo despavorido a Santiago Clegane, La Montaña. El guerrero más poderoso del reino, con más rabo que cerebro; claro que, en aras de la verdad, alguien podría afirmar que Santiago Clegane, La Montaña, no tenía rabo; a lo que también cabría responder que tampoco Cerbero (que era propiedad de Jaimenuel).
Tyron cerró los ojos de nuevo y vio al dragón; se imaginó a sí mismo con el corazón en una mano, la izquierda, y con la derecha acariciando su escamoso hocico. El dragón, naturalmente, no era suyo, pertenecía a Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones.
Santiago.
Santiago Clegane, La Montaña, ya estaba hasta la madre.
A diario, Cersei lo mandaba a dar PAN a las palomas.
Ávidas, hambrientas, las palomas avanzaban lentamente por la avenida Aldama. Algunas caminaban con pasitos cortos y presurosos, sacando el pecho, balanceando ligeramente sus cuerpos rechonchos y estirando el cuello a cada zancada, con una leve cojera; otras, además, proyectaban la cabeza bruscamente hacia delante (permanecía inmóvil una fracción de segundo, mientras el cuerpo la alcanzaba, y volvía a dispararse, como si a cada paso propinaran un pequeño cabezazo al aire), para detenerse después, desconcertadas ante su propia audacia; el resto, mezclaban andares y estertores, en un movimiento espasmódico, mecánico y repetitivo, que les confería un aire de ridícula, muy ridícula, solemnidad.
Todas marchaban como si fueran importantes dignatarios que avanzaban muy convencidos de su propia trascendencia, asintiendo sin descanso a cuanto se les pusiera enfrente y tragándose las migajas que la mano de Santiago Clegane, La Montaña, iba soltando a trechos, para encaminarlas a la Fortaleza Colorada; donde podían hacer cualquier cosa —cualquiera— menos lo que las palomas suelen hacer habitualmente: cagarla.
Muy obedientes salieron las palomas.
Muy obsequioso salió Santiago Clegane, La Montaña.
Muy oneroso le salió el chistecito al pueblo de Desembarco del Buey.
El resultado fue un revoltijo de cuerpos, alas y cucurrucucús interminable, donde se picoteaban unas a otras, desesperadas por birlar de la mano de Santiago Clegane, La Montaña, el correspondiente mendrugo.
Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones.
Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones estaba encabronada y tenía motivos.
Sí, ella era la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones, pero no conseguía que le hicieran caso; por no hacérselo, ni las pinches palomas ni los esperpénticos zombis la volteaban a ver.
—¡Mano! —gritó al aire.
—Dime, mana —respondió Tyron, confianzudo.
—Mana…
Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones calló cuando vio la mirada asesina que su Mano le dirigió desde detrás del culo (del culo del vaso de güisqui).
—He denunciado hechos gravísimos, he señalado a hombres poderosos, he reclamado justicia y, sin embargo, ¡nada de nada! ¡Estoy harta y a punto de cambiarme el nombre!
—¿Y cómo te llamarías ahora, Daenerys de la Tormenta, de la Casa Targaryen, la Primera de su Nombre, la que no Arde, Reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres, Señora de los Siete Reinos, Protectora del Reino, Khaleesi del Gran Mar de Hierba, Reina de Meereen, Rompedora de Cadenas y Madre de Dragones?
—Gigas.
—Entiendo —dijo Tyron, quien bebía y sabía cosas.
Explicación para las palomas y los zombis: Giges es un personaje que aparece en el libro La República, de Platón; en él, se cuenta la historia de Giges, un humilde pastor lidio, quien encuentra un anillo de oro mágico en el fondo de un abismo, tras un terremoto; pronto descubre que, al girar el engaste del anillo hacia el interior de su mano, se vuelve completamente invisible.
—Eres sabia, Gigas —puntualizó el instruido bebedor.
—E invisible —respondió Gigas, muy triste. Luego agregó:
—He estado pensando en el dragón de Jaimenuel.
—¿El dragón de Jaimenuel? Gigas, ¡pero si es un gato!
—¡Ay, Dios mío! ¿El dragón de Jaimenuel es un gato? ¿Estás seguro? ¡Tú dijiste que era un dragón gigantesco, formidable, de ojos amarillentos, escamas tornasoladas y alas tan extensas que, al desplegarse, oscurecen el cielo. Una bestia fabulosa capaz de reducir a cenizas las murallas de cualquier baluarte, cuantimás los murales de Piña Mora!
—A ver, ¿de qué estamos hablando? ¿Del gato de Jaimenuel o de su dragón?
—Visto así, del dragón del gato de Jaimenuel.
—Ah.
Continuará…
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Luis Villegas Montes.