DE VUELTA
Como dice la canción: Ya vine de donde andaba, se me concedió volver. ¿Qué cómo me fue? Muy bien y muy mal. Bien porque cumplí con el cometido del viaje: asistir a la Convención Internacional de Rotary en Taipei y porque vi al Adolfo; mal, porque Japón, Corea y Taiwán son otro mundo, lo que más me hizo sufrir fueron los rigores de la dieta.
Yo soy medio especialito para comer, mi mamá así me crio: “¿que a m’ijo no le gusta el tomate?; no le damos tomate al niño”; “¿que no come pepino?; sin pepino”; “¿que la berenjena no la puede ni ver?; a la tiznada la berenjena”; y así. De tal modo que sólo como carne de puerco y de res; pollo y poquito pescado; nada de cosas raras, empezando por los pulpos y terminando con los chapulines.
De hecho, ahora que andaba por allá, me di cuenta de varias cosas; la primera, la más importante, es que yo tengo razón en andar de mentecatito con la comida. Mis treintaidós lectores (sí señor, a esto ya no lo para nadie) se podrán preguntar el porqué de dicha afirmación tan rotunda y yo les respondo: porque mucho tiempo, dinero y esfuerzo invirtió mi mamá para que yo me alimentara a mi gusto, como para andar, ahora, ahora traicionando su memoria y comiendo como oso hormiguero. Cierto que parte de la experiencia de viajar es comer lo que se comen en los lugares que visitas; pues yo me niego; el Adolfo se burló de mí dos días porque en Osaka fuimos a comer pasta y pizza a un restaurante italiano y porque en todo el viaje no comí sushi. En cambio, él terminó con los ojos papujados y un cómico color amarillo de tanto pescado crudo que comió; yo lo veía y se me revolvía el estómago. Una tarde, no pude más y mientras él se deslizaba en lo oscuros aposentos de un restaurante tradicional, en donde lo obligaron a quitarse los zapatos y sentarse en el suelo para comer anguila, yo caminé diez cuadras hasta llegar a un restaurante donde vendían hamburguesas al carbón. Muy buenas, por cierto. Con lo único que transigí, fue con la carne Wagyu, básicamente porque es carne de vaca; deliciosa, sin duda, al igual que la carne de Kobe, que también comimos.
Con lo que nos dimos vuelo fue con el ramen, ¡a cómo comimos! En nuestro viaje al monte Fuji, nos detuvimos en una pequeña ciudad para abordar el autobús que nos llevaría al lago Kawaguchiko, y comimos uno especialmente sabroso, atendidos por una japonesa que hablaba español, porque su papá es de origen peruano y los enseñó a hablarlo.
¿Volvería a ir? Quizá no. Siempre digo que a mí me gustan las grandes ciudades y donde estuvimos, Taipei, Tokio, Hiroshima, Kioto, Osaka y Seúl, lo son; pero son completamente ajenas a mi idiosincrasia; empezando por los aposentos; todo es diminuto, sentarse, pararse, comer, es una tortura; y lo que hay que ver es lo mismo: templos y más templos, palacios y más palacios y un sinfín de parques; paisajes espectaculares, eso sí, pero para mí que no soy de gustos campiranos, es un ya llegué, ya me voy; prefiero Europa, mil veces: Praga, Viena, Barcelona, Madrid o París.
Además está el asunto del idioma; a mí, desde antes, me caía bien el chat GTP, pero ahora lo amo; si no fuera por él no sé qué habría hecho. “Traduce”, le ordenaba; “lee”, “explícame”, una maravilla.
Sin embargo, dejo para el final la reflexión de fondo: ¿qué sentí durante todo el viaje al recorres esas urbes inmensa? ¿Con toda franqueza? Admiración, estupor, vergüenza, envidia; párrafos arriba afirmé que Japón, Corea y Taiwán son otro mundo y sí, lo son también por el orden, la puntualidad y la pulcritud que se viven en sus calles; ciertamente no sé cómo vivirán sus vidas a puerta cerrada, pero el ambiente que se respira en los espacios abiertos es increíble; la consideración, el respecto, la educación, son admirables; ¿qué pensará una de esas personas cuando viene a nuestro país? Suciedad, violencia, deterioro por todas partes.
Podrá mi querida lectora, mi gentil lector, pensar mal de mí por esto que escribo; “malinchista” podría ser una palabra que se le viniera a mientes y tal vez tenga razón, corro ese riego porque para eso escribo: para compartir mis pensamientos, pero sí tenemos mucho, mucho, qué aprender de esas civilizaciones, sus instituciones, su grado de desarrollo, su cultura, su civismo, son admirables por donde se les mire; vagábamos por sus calles (donde está prohibido fumar) y la limpieza y el orden cortan el aliento; por no saber, varias veces, Adolfo y yo anduvimos con la basura en la mano porque en kilómetros a la redonda no hay un solo bote de basura. Y sí, lo confieso: sentí envidia, de la mala; porque me gustaría vivir en un país así: limpio, ordenado, educado; y no tener que oír ni leer el montón de babosadas que a diario nos endilgan nuestros políticos de cuarta para justificar la ramplonería, ignorancia, estupidez, vulgaridad, suciedad, violencia, mentiras, desorden, corrupción e impunidad imperantes en nuestro país.
¿Qué viva México? Sí, que viva para que aprenda.
Nos falta mucho para ser un gran país; porque, para serlo, no bastan los discursos ni el autoengaño recetados a diario; es necesario construirlo paso a paso, ladrillo a ladrillo; y luego de escuchar hablar a los políticos que nos gobiernan, empezando por la doctora Sheinbaum, me doy cuenta que no hemos dado un solo paso de ese recorrido; seguimos estancados en la sordidez y la mediocridad y no se ve para cuándo empecemos a avanzar en ese trayecto.
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Luis Villegas Montes.