SE IMPONE HABLAR DE FUT OTRA VEZ O CUANDO EL PEDIGRÍ NO ALCANZA
Ni modo, a como están las cosas, a la necesaria seguidilla de que por sobrado Sanmehago no podrá ser presidente municipal —¡y ni siquiera candidato!— por el PAN, se impone hablar de fut.
Empiezo por casa: Mexicou (dirían Trump y el mamón de Santiago de la Peña —que anda con la gringada esa de SantiaGo!—); México hizo, la noche del miércoles, la hombrada que estaba obligado a hacer: ganar; y ganó con autoridad: 3-0 sobre la República Checa, lo que le dio el primer lugar de su grupo y, de paso, nos regala una de esas noches inolvidables en las que hasta el más escéptico se permite ilusionarse un poquito. Si le digo que no se me aflojaron los entretelones del alma o que no se me mojaron los ojitos, le estaría mintiendo.
No sé si alcance para el quinto partido, el sexto o algo todavía más grande; eso ya lo veremos; lo cierto es que, hasta hoy, la Selección ha cumplido; y eso, créame, ya es bastante; y si me debo tragar mis palabras me las trago hasta con un güisquito de marca y unos totopos, con tal de ver a mi Selección alzar la copa… pero no nos apresuremos. No maméis, no santiagueis.
En otro orden de ideas, tenemos lo escrito por mí el pasado 11 de los corrientes; no se trató de un simple ejercicio de pronóstico futbolero, no señor; es una auténtica epifanía balompédica; mientras sesudos comentaristas televisivos se deshacían en estadísticas, probabilidades y modelos predictivos, y los matemáticos de Oxford sacaban humo haciendo algoritmos para descifrar el Mundial, quien esto escribe, humildemente, se encerró en su habitación, destapó una cerveza bien helada, abrió una bolsa de papitas y dictó, otra vez, sentencia. Nada de computadora ni inteligencia artificial, puro colmillo.
¿Resultado? Apenas un insignificante 91.7% de acierto en los primeros lugares de los doce grupos; además, acerté 21 de los 24 equipos que terminaron avanzando a la fase de eliminación directa, o sea, un 87.5 % de efectividad en un torneo cuyo formato nuevo volvió locos a analistas, apostadores y comentaristas. En resumen: seis grupos completos quedaron exactamente como los predije y, en otros cinco, sólo se me movió una pieza del rompecabezas. El fútbol tiene esas insolencias.
Brasil avanzó, aunque el empate frente a Marruecos le quitó bastante almidón a la camiseta; Alemania había sido, para mi gusto, la selección que mejor fútbol había mostrado hasta su derrota con Ecuador (ya ni la friegan); aunque Francia y Argentina hayan respondido conforme al libreto.
Se cuecen aparte: Portugal, Inglaterra y Estados Unidos, aunque avanzaron, no lo hicieron del mejor modo. Ahora bien, si algo me está divirtiendo de este Mundial es ver que los “machuchones” —esos mentecatos que se paseaban por la cancha muy orondos, seguros de que los indebidos apoyos de padrinos y bienhechores bastan para ganar—, van a tener que batallar: sí, llegaron; pero llegaron gracias a su pedigrí, a su pelaje de lujo, a sus impecables credenciales (acta de nacimiento); empero, una cosa es llegar y otra muy distinta es ganar o pretender apabullar.
¿Ejemplos? Sobran: Holanda dejó dudas desde el principio con aquel empate frente a Japón; Bélgica no convenció (no fue tan belga); España abrió el torneo dejando puntos donde nadie imaginaba; Uruguay tampoco pudo con el empuje de Cabo Verde y varios de los candidatos han descubierto que aquello de calificar chiflando pasó a mejor vida.
En tanto, los supuestos patiños parecen haberse puesto de acuerdo en echar a perder quinielas. Marruecos ya dejó de ser sorpresa, empieza a convertirse en costumbre; Corea del Sur volvió a demostrar que el exceso de confianza se paga caro, dejando el camino libre para que Sudáfrica les diera para sus chicles y los desplazara por completo del anhelado segundo lugar del grupo, y Bosnia le complicó seriamente la existencia a Canadá.
Ésa, para mí, ha sido la verdadera noticia de esta primera fase: los fuertes siguen siendo fuertes, sí, pero no todos, y ya no tanto; los débiles siguen siendo débiles, también, pero bastante menos; antes bastaba el escudo bordado en la camiseta para empezar ganando el partido desde el túnel, ahora ya no. Hoy por hoy, hay que correr la cancha, meterle ganas, sufrir y jugar; los nombres siguen pesando, pero pesan bastante menos que hace unos años.
Para ilustrar el tema (las personas que me conocen saben que soy intensito y monotemático) y emplear un ejemplo local idóneo para ilustrar este punto, tenemos que el abanderado de palacio —el mero, mero petatero, el todas mías, el “ábranse, que llevo bala”, el non plus ultra de los secretarios de Estado, el guapo (¡ajá!), carismático (¡ajá!), inteligente (ja, ja, ja), simpático (¡ajá!), gallardo (¡ajá!), neopanista (JA, JA, JA), alto (¡ajá!), bien dado (¡ajá!), muy ancho de espaldas (¡ajá!) y rostro malencachado (¡eso sí!)— Santi, Chago, mi hermano putativo, Santiago de la Peña Grajeda, está como esas selecciones de muchos cohetes, muchas luces, mucho dinero y muchos apoyos, pero van a quedar más sembradas que una cebolla; esos equipos que llegaron creyendo que el uniforme bastaba para levantar la Copa y naranjas dulces, limón partido. Y eso es porque, del PAN, el pobrecillo sólo sabe que, a veces, lleva mantequilla… para que resbale.
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Luis Villegas Montes.