Carta abierta a panistas
Hermanos panistas de Chihuahua capital.
Algunos de ustedes recordarán, otros no; a ambos les hablo.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que ser panista en Chihuahua no era garantía de ejercer el poder; no había financiamiento público, las campañas se hacían con donativos, rifas y con lo que cada cual podía aportar; los representantes de casilla no cobraban y pasaban el día cuidando votos bajo amenaza, desde antes de abrirse las urnas. Ganar costaba trabajo y perder costaba con frecuencia algo peor que la derrota… imagínenlo, recuérdenlo, pregunten.
Aquí, en nuestra tierra, no necesitamos que nadie nos explique lo que costó abrirle las puertas a la democracia: hubo resistencia civil, festiva tozudez y una larga educación ciudadana hasta que —primero en 1983 y luego en 1992— el PAN llegó al poder.
Ha pasado mucho tiempo; tanto, que se corre el riesgo de que aquellas gestas se queden en el olvido o, peor, nos queden como marco decorativo; y ése sí sería un problema. Cuando la historia deja de doler, termina colgada en una pared y sanseacabó.
No quiero decir que el pasado haya sido limpio ni perfecto; el PAN ha cometido errores, ha tenido malos dirigentes, disputas miserables, decisiones torpes y derrotas perfectamente merecidas; empero, durante mucho tiempo, hubo algo que permitía reconocerlo: en los límites que le imponía al poder público, en la exigencia de cuentas claras al gobierno, en la insistencia de que la política no era tanto un asunto de ganar como de ver qué causas valía la pena defender. Por eso ciertas palabras tuvieron algún día un peso tal que quizá hoy ya no tengan: persona, dignidad, bien común, municipio, ciudadanía, deber político. No servían demasiado para ganar una elección, servían para algo más: fijar un derrotero, establecer un destino. Esas palabras obligaban.
Gómez Morin siempre nos lo dijo: Acción Nacional no debía casarse con ningún régimen, ni siquiera con uno formado por hombres emanados de sus propias filas; también escribió que el poder no era un título adquirido de una vez para siempre: había que merecerlo a cada momento. No habló de conservarlo, dijo “merecerlo”.
También por esa razón, la doctrina panista insistió desde muy temprano en la independencia del partido frente al gobierno; podía respaldar a quienes gobernaban desde sus filas, por supuesto. Lo que no debía hacer era confundirse, mezclarse, mimetizarse con ellos. No se trata de una discusión histórica, constituye una advertencia.
La extinción de un partido no siempre es un asunto literal: puede conservar oficinas, dirigencias, prerrogativas, anuncios y logotipos, pero disolverse en la mediocridad, en el desinterés, en la pérdida de aquello que lo hacía distinto. El PAN en Chihuahua pasa por ese momento.
La política exige acuerdos, siempre los ha exigido; una sociedad plural nos obliga a ello: hablar con quienes piensan distinto, negociar, ceder, construir soluciones comunes; sería absurdo exigir que Acción Nacional se encerrara a conversar consigo mismo; el problema no está en hablar con otros, está en pretender sumar hacia afuera y correr el riesgo de restar hacia adentro. Y no, no juzgo la honorabilidad de nadie, se puede ser una persona decente, capaz, honesta y patriota sin haber pertenecido jamás a Acción Nacional. El PAN nunca ha tenido el monopolio de la virtud y sería risible suponerlo; estoy hablando de otra cosa: de identidad.
Efraín González Luna empleó alguna vez una imagen magnífica: el PAN no había nacido para vestirse con una “librea ajena” y también habló expresamente del tajante rechazo al oportunismo; son palabras viejas, quizá por ello resuenan ahora con tanta fuerza. No todos los acuerdos ensanchan al partido y hay puentes que terminan por llevarnos muy lejos de nuestra propia orilla.
Y sí, habría que mantener una conversación entre panistas, sin insultos ni certificados de autenticidad, sin convertir al compañero que piensa distinto en enemigo; pero también fuera del ámbito gubernamental; porque, contra lo que piensan muchos, no hay panistas de primera ni de segunda; ni se puede, desde el ejercicio del poder, mantener un diálogo de altura porque el desequilibrio es obvio; y nunca, jamás, el PAN ha consentido en ver a sus políticos como infalibles. Eso lo desnaturaliza.
A veces, pienso en aquellos que nos precedieron, no como próceres, como personas, como simples seres humanos; los que empeñaban vida y hacienda por amor al Partido y a lo que representaba, sin recibir a cambio una candidatura, un puesto, una dádiva o una ventaja; y pienso, sobre todo, en los que perdieron. Recordamos con facilidad a quienes llegaron al gobierno; sin embargo, muchos trabajaron sin saber si alcanzarían a ver el resultado; otros llegaron a verlo, sí, pero ya ancianos. Me pregunto qué pensarían hoy: ¿cómo explicarles que después de tantos años de aprender a resistir al poder pudiera llegar un momento en que al partido se le pidiera fundirse, confundirse y refundirse en él?
Y sí, los tiempos cambian; deben cambiar; Carlos Castillo Peraza lo explicó mejor que casi nadie: la diferencia entre doctrina e ideología es simple, una constituye un punto de referencia, la otra es la respuesta concreta a problemas y circunstancias cambiantes. Eso significa que un partido vivo tiene que transformarse, pero no al punto de renunciar a sí mismo ni de dejar de reconocerse en sus mayores, en sus predecesores, en sus padres fundadores. El punto de referencia sirve precisamente para saber hacia dónde se está caminando y, de vez en cuando, para comprobar cuánto nos hemos alejado de nuestros ideales.
Hay una expresión que usaba don Manuel y que hemos repetido tanto que amenaza con convertirse en una frase ceremonial y hueca: “Brega de eternidad”; suena bien; pero él hablaba de otra cosa: de un deber permanente, de una tarea que no se agotaba en una elección y que incluso pensaba como herencia para los hijos.
Eso cambia bastante las cosas porque una elección es un episodio, igual que una candidatura; y lo mismo una dirigencia, un gobierno o una alianza. El partido, si todavía pretende tener algún significado, tendría que durar más que todos ellos. Ésa es la dificultad. Se puede resolver una coyuntura y crear un problema mayor, se puede conservar una posición y perder algo que tardó décadas en construirse, se puede salvar un domingo y comprometer muchos años; ahí está el riesgo, no sólo en perder, sino en perdernos. Don Luis H. Álvarez lo dijo en forma magnífica: había que cuidarnos de “ganar el gobierno sin perder el partido”.
Pero tampoco creo que esto deba terminar en un momento fúnebre; no pienso en Acción Nacional como algo que ya pasó; existe alguien capaz de conducir al partido sin pedirle primero que renuncie a reconocerse en el espejo de la historia; alguien formado dentro de él y, al mismo tiempo, perfectamente consciente de que el mundo de hoy no es el de 1939, ni el de 1968, ni el de 1986, ni siquiera el de 2000; alguien capaz de generar auténtica unidad y no una impuesta con presión, amenazas, acoso y despidos; alguien que pueda construir verdaderas mayorías y tenga claro de dónde viene. Alguien que negocie desde una identidad, no a cambio de ella y no confunda unidad con obediencia ni servilismo. Que no invoque principios únicamente cuando llega la hora de necesitarlos; que conozca al partido desde dentro, no porque alguien le preparó y entregó una carpeta antes de entrar a una reunión; y, sobre todo, que entienda algo básico: contender por Acción Nacional no significa ser dueño del partido.
Carlos María Abascal decía que un líder se mide por lo que es, por lo que ha hecho y también por lo que demuestra ser capaz de hacer. No necesitamos salvadores; en política suelen salir demasiado caros. Hace falta algo menos espectacular: alguien capaz de ejercer liderazgo sin apropiarse de aquello que dirige; alguien que pueda abrir la casa sin entregarla, que pueda recibir a otros sin pedir a los de dentro que se marchen y que entienda que la política consiste en sumar, pero que una suma deja de tener sentido cuando para incorporar a alguien hay que borrar a los demás.
Ese mismo Abascal sembró una idea que vale la pena recordar: un partido no necesita verdades sexenales que le sirvan, sino una verdad permanente que lo trascienda: la dignidad de la persona humana.
Tal vez algunos consideren todo esto demasiado romántico; puede ser; sin embargo, buena parte de la historia de Acción Nacional estuvo hecha de cosas que, vistas desde la pura eficacia, parecían poco razonables: dedicar tiempo a una campaña casi perdida, cuidar gratuitamente una casilla, insistir durante años en que el voto tenía que respetarse. No de balde nos llamaron: “los místicos del voto”.
No hagamos que todo aquello resulte inútil, ridículo o absurdo. No nos avergoncemos de nuestro pasado que es, sin duda, una de las gestas más hermosas de la política mexicana.
Por ello esta carta no está escrita contra nadie; es producto de una legítima preocupación: una decisión pragmática, caprichosa, disparatada o frenética, no puede imponerse a aquello que hemos sido durante tanto tiempo en la historia de México.
Existe una pregunta pequeña y molesta que a veces surge cuando todo parece ya resuelto: ¿hasta dónde? Cada panista tendrá su propia respuesta —y así debe ser—; pero antes de encontrarla convendría recordar a quienes estuvieron cuando pertenecer al partido no daba demasiadas ventajas; y pensar también en quienes vendrán después. Ciertas cosas, una vez perdidas, no se recuperan jamás.
En este punto, vale la pena preguntarse: ¿qué quedará de nosotros cuando todo esto haya pasado?
Con cariño a los panistas de hogaño y profundo reconocimiento a todos quienes nos precedieron,
Luis Villegas Montes.