2a. CARTA ABIERTA A SANTIAGO DE LA PEÑA

Santiago:‍ ‍

Ya te escribí una vez; fui bastante claro entonces y no encuentro motivo alguno para ser menos claro ahora. No voy a repetir todo lo dicho: ni tu pasado priista, ni tu tóxica relación con el PAN y los panistas, ni las razones por las que considero que eres un pésimo candidato para la Presidencia Municipal de Chihuahua; ahí están los textos.‍ ‍

Tampoco volveré por ahora a los funcionarios que se han metido a promoverte, a los acarreos, desayunos, propaganda o a esa portentosa capacidad que has desarrollado para aparecer hasta debajo de las piedras (por cierto, tengo un cumpleaños el sábado y un bautizo el domingo, ¿te animas?). De todo eso ya habrá tiempo, expedientes y autoridades que se ocupen.‍ ‍

Hoy quiero hablarte de algo mucho más sencillo y, para ti, seguramente mucho más difícil de comprender: de lealtad, decencia y bonhomía; de ser hombre cabal en los hechos, no en la retórica.‍ ‍

Tampoco voy a insistir en tu genealogía política, ni en aquello que mamaste en casa, ni en la militancia priista que durante décadas constituyó el ambiente natural de tu familia; tampoco en tu comportamiento cuando, desde la Secretaría del Ayuntamiento, te tocó tratar con panistas que protestaban, se manifestaban o ejercían derechos —de quienes te burlabas y a quienes acosaste, perseguiste y encarcelaste—; derechos que hoy pareces descubrir como si hubieras nacido con ellos debajo del brazo y yerros que intentas encubrir como si fueras gato, ¡miau! No retiro una palabra de cuanto he escrito: está documentado y suficientemente probado, cochinote; quien quiera controvertirlo tendrá que hacerlo frente a documentos, testimonios, publicaciones y hechos.‍ ‍

Lo mismo vale para tu manera de hacer política: funcionarios públicos promoviendo tu imagen, operadores pagados desde el gobierno, reuniones, acarreos, vehículos oficiales, campañas publicitarias, presiones y toda esa colección de prácticas particularmente repugnantes cuando quien las utiliza pretende presentarse como converso a un partido que nació precisamente para combatirlas; pero esta carta plantea un problema anterior y más profundo: aun concediéndote por un instante que eres el panista converso, fervoroso, desinteresado y convencido que hoy pretendes ser, falta demostrar lo esencial: que eres capaz de poner al PAN por encima de Santiago de la Peña.‍ ‍

Sí, Santiago, voy a hablar de lealtad; justamente de esa palabra que tus propagandistas y escribidores utilizan con tanta ligereza para exigirla a otros y que muy pronto tendrás oportunidad de demostrar tú; porque resulta facilísimo declararse panista cuando el PAN representa la posibilidad de convertirte en presidente municipal; hablar de unidad cuando pretendes que todos se unan alrededor de ti; exigir disciplina cuando el disciplinado debe ser otro, y jurar amor eterno a un partido cuando ese partido puede ser el vehículo que te lleve a la Presidencia Municipal.‍ ‍

Lo difícil es estar dispuesto a sacrificar una aspiración personal para que el partido al que dices servir tenga mayores posibilidades de ganar. Ésa es la prueba de fuego, Santi. No está en los reels, fotografías, chalecos, logotipos ni consignas; tampoco en ese novedoso descubrimiento sentimental de que Acción Nacional siempre estuvo escondido en alguna recóndita cavidad de tu emponzoñado corazón esperando que una Secretaría General de Gobierno y una candidatura municipal le permitieran salir a la luz.‍ ‍

La prueba es más simple y más incómoda: si llega el momento en que tu candidatura y el interés del PAN marchan en sentidos distintos, ¿a cuál de los dos vas a renunciar?‍ ‍

No se trata de negar tu derecho a participar, recorrer colonias, reunirte con grupos, pedir apoyos o convencer a quien se deje convencer —sobre todo si la que paga es la Secretaría, como ha venido ocurriendo—. El problema no es jurídico, sino político y moral (te dejo la definición[1]): una cosa es tener derecho a buscar una candidatura y otra muy distinta que buscarla sea conveniente para el partido; una cosa es poder contender y otra que debas hacerlo; y no vengas con el cuento de que una contienda interna fortalece al PAN. Puede fortalecerlo una competencia limpia, equitativa, entre panistas, con reglas claras y sin dados cargados; lo que lo destroza es una sucesión conducida desde el poder, con funcionarios haciendo política, dinero, estructuras, presiones, medios, operadores y toda la parafernalia que antes criticábamos al PRI y que ahora algunos pretenden importar al PAN como si cuarenta años de lucha democrática hubieran servido para aprender a hacer mejor aquello que combatimos.‍ ‍

Tantito pudor, Santiago, tantito; ¿no te duele la cara de vergüenza? Te levantó la mano una persona que carece de la investidura y la facultad para ello; sin trámite, sin mecanismos de elección, sin formalidades esenciales; todo a punta de güevos. ¿Te parece digno? ¿Te parece digno que dos de tus adversarios flanquearan a quien te ungió —güey como eres— sometidos al poder en turno? ¿Te parece digno verlos sobajados, humillados, vencidos por el poder? ¿Te parece digno hacerte de la candidatura merced al chantaje, el soborno, la limosna, el forraje? ¿No te aflige ver a la presidente del partido, quien debería ser árbitro, con su sonrisa de caballo, avalando de facto lo que es uno de los actos más viles, más asquerosos, más facciosos e ilegales en lo que va de la década en Chihuahua? Verlos me recuerda un minirelato que anda en boga: para un payaso, mudarse a un castillo no lo vuelve rey, convierte al castillo en circo. ¿No te das cuenta? Todavía no eres candidato y ya convertiste al PAN en un muladar, un estercolero, un chiquero, pues. Tú sabes perfectamente de qué hablo; y si no lo sabes, peor, porque significaría que llevas meses viviendo en un partido cuya historia todavía no has entendido.‍ ‍

Pero hay algo más grave: la elección municipal no ocurrirá en una urna aislada, suspendida en el vacío, como si Chihuahua capital fuese una república independiente y lo que suceda aquí no tuviera consecuencias para el resto del Estado.‍ ‍

La candidatura a presidente municipal forma parte de una elección mucho mayor, en la que estará en juego la gubernatura y, con ella, la supervivencia política del PAN en Chihuahua.‍ ‍

Por eso he sostenido que Marco Bonilla necesita llegar a la elección con un partido cohesionado, competitivo y, sobre todo, sin una guerra civil en la capital —guerra que, te lo juro, te vamos a dar desde todos los frentes—. Ya bastante difícil será enfrentar a MORENA y al aparato del gobierno federal como para llegar, además, desangrados por una disputa intestina, con panistas agraviados, grupos enfrentados, heridas abiertas y media militancia preguntándose por qué debe pedir el voto por alguien que jamás sintió como propio: por un extraño, un ajeno, un impostor, un charlatán, un advenedizo, un desmemoriado, un traidor, un chapulín, un NMMM —niño mimado de mamá Maru—. Las elecciones se ganan sumando y se pierden restando. Una candidatura municipal que provoca rechazo entre sectores del propio PAN puede no sólo perder la alcaldía, sino disminuir la votación de arriba hacia abajo, desalentar militantes, alejar simpatizantes y cobrarle la factura al candidato a gobernador. A ti debería importarte, y mucho, si de verdad te sientes filopanista.‍ ‍

No se trata de César Jáuregui, Rafa Loera, Manque Granados, Jorge Soto ni de quien tenga levantada la mano. Supongamos que todos desaparecieran de la contienda: la pregunta seguiría intacta: ¿eres tú el candidato que más le conviene al PAN o simplemente eres el candidato que más te conviene a ti?‍ ‍

Porque si mañana existen datos serios —no encuestas amañadas, sondeos cocinados, columnas pagadas ni aplausómetros organizados desde alguna oficina pública— que demuestren que otro candidato une más, provoca menos rechazo, conserva mejor el voto tradicional del PAN, atrae más independientes y fortalece la candidatura a gobernador, tu deber, si de veras antepones el partido a tu persona, será retirarte. Punto. Retirarte con la única dignidad que nadie puede quitarte —la inherente a tu condición de ser humano—; de las demás no hablemos: ni las conoces ni las has tenido nunca. Eso se llama lealtad, Chago; todo lo demás es discurso.‍ ‍

Hasta hoy, sin embargo, has hecho exactamente lo contrario: mientras más resistencia encuentras, más dinero, más propaganda, más operadores, más eventos, más presencia, más gente y más ruido —más marrano, pues— parecen necesarios para demostrar que eres inevitable.‍ ‍

Tu precampaña no transmite la serenidad de quien sabe que la militancia lo quiere, sino la ansiedad de quien necesita convencer a todos, a todas horas, de que ya ganó porque sabe, más allá de toda duda, que está en el 4.º o 5.º lugar. ¡Ay, ternurita, qué chiquito te ves desde acá!‍ ‍

Algo no cuadra, Santi: los candidatos naturales no necesitan parecer naturales mediante toneladas de publicidad; al árbol que da sombra no hay que colocarle un espectacular que diga: “DA SOMBRA” —por lo menos aprende eso de Jáuregui—.‍ ‍

Tampoco confundas terquedad con carácter. Perseverar es una virtud cuando el propósito merece la pena y los medios son legítimos; persistir cuando el costo empieza a pagarlo todo el partido tiene otro nombre: egoísmo puro y duro; y ese egoísmo sería todavía más grave en tu caso porque no llegaste al PAN después de veinte años de caminar sus calles, organizar casillas, defender votos, aguantar derrotas, marchar frente a Palacio o dormir junto a paquetes electorales. Llegaste al PAN desde el gobierno y ahora pretendes que quienes hicieron todo aquello acepten que tu aspiración personal vale más que sus reservas, sus agravios y hasta la posibilidad de conservar el gobierno estatal. Ahí tendrás que demostrar de qué estás hecho.‍ ‍

Cualquiera quiere a un partido cuando el partido le entrega una candidatura; cualquiera lo abraza cuando, de a gratis y sin méritos, lo pone en una boleta; cualquiera se vuelve doctrinario cuando descubre que la doctrina conduce a una alcaldía. La verdadera prueba llega cuando el partido te dice —o la realidad te demuestra— que eres más útil fuera de la candidatura que dentro de ella. Entonces se sabe si había convicción o simple conveniencia.‍ ‍

Te lo pongo más fácil: imagina que por fin queda demostrado, con instrumentos serios y comparables, que tu candidatura divide al PAN, pone en riesgo la Presidencia Municipal y le resta votos al candidato a gobernador. Imagina que, aun así, puedes insistir, utilizar tus relaciones, apretar tuercas, convencer al CEN, obtener el respaldo de María Eugenia, forzar una designación y finalmente aparecer en la boleta. Incluso imagina que puedes hacerlo legalmente. ¿Lo harías?‍ ‍

Si tu respuesta es sí, ¡ah, puerco!, deja entonces de hablarnos de amor al PAN, unidad y compromiso: lo que amas es tu candidatura.‍ ‍

Si tu respuesta es no, haz algo inteligente desde ahora: establece públicamente el límite; comprométete a que, si otro aspirante demuestra mejores condiciones electorales y mayor capacidad para mantener unido al partido, te retirarás sin pataleos.‍ ‍

A esto te reto esta vez: vámonos a una convención con voto secreto, sin acarreados ni compra de sufragios; dile “no” a tejemanejes de cúpulas crápulas; incluso dile “no” a debatir conmigo —aunque la propuesta siga pendiente—. Pero este reto no lo eches en saco roto: demuestra que eres capaz de perder tú para que gane el PAN y, con ello, ganen Chihuahua y Chihuahua —patria chica y chiquitita—. Porque, fíjate qué cosa, Santiago, a lo mejor de eso se trata ser panista y nadie te lo ha explicado —o eres medio pendejo—: durante décadas hubo hombres y mujeres en Acción Nacional que compitieron sabiendo que perderían; pusieron dinero de su bolsa, soportaron persecuciones, ceses, amenazas, cárcel y hasta golpes —tú estabas ahí, pero del otro lado; ¿recuerdas la Recomendación 41/2016 de la CEDH? [2]—. No había cargos seguros, contratos, subsecretarías ni candidaturas garantizadas esperándolos al final del camino. Hacían política porque creían en algo que los trascendía; ahora tienes una oportunidad magnífica para probar que también eres capaz de colocar algo por encima de ti mismo. No te estoy pidiendo heroísmo ni martirio. Te estoy pidiendo una eventual renuncia a una candidatura municipal. Tampoco es para tanto, no mames. Eres joven… y… y… y… eres joven.‍ ‍

Sin embargo, sospecho que puede ser lo más difícil que te hayan pedido en toda tu renga vida, porque al final la cuestión es brutalmente sencilla: Si el PAN necesita que tú seas candidato, adelante; empero, si tú necesitas ser candidato aunque el PAN pague las consecuencias, hazte a un lado.‍ ‍

El partido no nació para llevarte a ti a ninguna parte. Si de veras quieres al PAN como ahora dices quererlo, ésta puede ser tu primera oportunidad seria de demostrarnos que no llegaste a servirte de él, sino a servirle.‍ ‍

Ya veremos.‍ ‍

Con mis respetuosos saludos, quedo a tus apreciables órdenes,‍ ‍

Luis Villegas Montes.

[1] La moral es el conjunto de principios, valores, normas y criterios mediante los cuales una persona o una comunidad juzga las conductas humanas como buenas o malas, correctas o incorrectas, debidas o indebidas. 

[2] Expediente núm. YA 533/2015, Recomendación núm. 41/2016. 

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