CORTÉS: EL HOMBRE (8.ª de no sé cuántas partes).
Ya vamos en la octava entrega y es preciso hacer un resumen.
A lo largo de estos párrafos se han hecho, y sostenido, afirmaciones varias, tales como que: “México es heredero de la Nueva España y de Tenochtitlan”; que, de algún modo, “el odio a Cortés termina siendo odio a una parte de nosotros mismos”; y que el mecanismo ideológico del nacionalismo revolucionario peca de excesos varios, como simplificar a los héroes , ver a Cortés como una especie de villano funcional o romantizar a los pueblos prehispánicos, empezando por los mexicas.
Lo anterior, de ninguna manera puede verse —porque no lo es— como una caricatura inversa; así, el afirmar que Tenochtitlan no fue símbolo de ciencia o arte porque “no existía un desarrollo comparable al de Eurasia” expresa una verdad evidente por varias razones: primero, porque ninguna civilización americana del XVI iba a ser comparable tecnológicamente con Eurasia; segundo, porque todas las civilizaciones que, a lo largo y ancho del planeta, alcanzaron el repunte cultural de los aztecas (sofisticación hidráulica, astronomía ritual compleja, urbanismo monumental, admirable ingeniería agrícola, organización tributaria avanzada y arquitectura impresionante) no se quedaron en ese punto y cambiaron de estadío (o desaparecieron), y tercero, aunque nos duela admitirlo, porque la conquista es un hecho; efectivamente, enfrentadas, una civilización se impuso a la otra.
Y esto último es de capital importancia porque no significa —como pretenden los corifeos del oficialismo— que aquélla sea una estampa estática; por el contrario, como se ha dicho, y probado también, fue un acontecimiento dinámico que sobrevive a nuestros días; pues si perviven vocablos nahuas, junto a una rica gastronomía, una cosmovisión individual, festividades significativas, estructuras comunitarias, herencias agrícolas, imaginarios simbólicos, toponimias y prácticas rituales mezcladas (conste que no se trata de “mexicas puros”); existe un marco referencial, también propio y tan nuestro como esos resabios indígenas, proveniente de otras latitudes.
No se nos debe olvidar que Nueva España no era de España; la Nueva España era España; y hago bien en llamarla “Nueva España” —y sin contradecirme— porque aunque el Estado español no existía ni existía tampoco un país llamado “España” (lo vamos a ver en un instante), es el propio Cortés quien así nombra a estas tierras. En su segunda carta de relación, enviada a Carlos V en 1520, así la llama: “esta Nueva España del Mar Océano […]”; por cierto, en este punto es dable sostener este punto con datos:
Según las Leyes de Indias, los reinos americanos estaban unidos a la Corona de Castilla a través de la persona del monarca; es decir, jurídicamente, tenían el mismo estatus que los reinos peninsulares. ¿Por qué? Porque España no era un “Estado-nación” moderno, sino una agregación de reinos, provincias, señoríos y coronas unidos en la persona del rey; es decir, no existía “España” como estado unitario centralizado en el sentido contemporáneo. En su lugar, existía la Monarquía Católica de los Austrias y luego de los Borbones y tantán.
Legalmente hablando, “Las Indias” quedaron jurídicamente incorporadas a la Corona de Castilla, no al “Reino de España” (que tampoco existía como tal). ¿El fundamento de este régimen? Las bulas alejandrinas y las capitulaciones de Santa Fe (acuerdo firmado el 17 de abril de 1492 entre los Reyes Católicos y Cristobal Colón. En ellas se establecieron los términos de la expedición hacia el oeste). Ése es el título originario.
Después, vendría el fundamento normativo directo de esa unión perpetua a Castilla: la Recopilación de Leyes de los Reinos de las Indias, Libro III, Título I, Ley I, que reza en lo conducente: “Que las Indias Occidentales estén siempre unidas a la Corona de Castilla, y no se puedan enajenar”. El texto arranca con la siguiente fórmula: “[…] es nuestra voluntad, y lo hemos prometido y jurado, que siempre permanezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza, prohibimos la enajenación de ellas. Y mandamos, que en ningún tiempo puedan ser separadas de nuestra Real Corona de Castilla, desunidas, ni divididas en todo o en parte […]”.
¿Qué implica lo anterior? Por lo menos tres cosas:
1. Igualdad de dignidad jurídico-política pues los reinos americanos estaban unidos a la Corona de Castilla a través de la persona del monarca;
2. Instituciones propias como el Virreinato, la Real Audiencia y sus propios tribunales; lo que le otorgaba una estructura administrativa compleja, y
3. Que el término “colonia” se generaliza y cobra fuerza con el reformismo borbónico del siglo XVIII, cuando la Corona tiende a centralizar, fiscalizar y explotar de manera más eficiente los territorios americanos, aunque el lenguaje jurídico tradicional siguiera hablando de reinos de Indias.
Es decir, de colonia, nada (o en todo caso, el empleo de ese término resulta insuficiente o anacrónico), y mucho menos, tres siglos de decadencia. Quien lo afirme, ése sí, es un ignorante de tomo y lomo. Escribe López Obrador:
“La esclavitud, si no de jure, fue implantada de facto. El resultado fue un periodo de tres siglos de decadencia durante la dominación colonial, prolongada en un largo lapso del México independiente”.[1]
Como se ve que a este señor de poco le sirvió, según su dicho, haber estado en “todos los municipios del país”,[2] porque eso significa que no conoció nada: que no vio catedrales, ni universidades, ni retablos, ni hospitales, ni acueductos, ni caminos reales, ni puentes, ni plazas mayores, ni palacios virreinales, ni ayuntamientos, ni casas consistoriales, ni haciendas, ni bibliotecas, ni pinturas, ni platería, ni talavera, ni órganos barrocos, ni fuertes, ni astilleros, ni fortificaciones, ni portales, ni alamedas, ni fuentes, ni criptas, ni sillerías de coro, ni vitrales, ni rejas de hierro forjado, ni artesonados, ni teatros, ni obrajes, ni viñedos, ni ingenios azucareros. ¡De cuánta auténtica grandeza se perdió el pobre!
Vale la pena traer a colación —y cuantas veces haga falta—, al ilustre don José Fuentes Mares y su célebre Cortés:
“A partir del testamento de la reina Isabel, abundan las provisiones reales en defensa de la dignidad moral y libertad de los indios, y las cartas y Ordenanzas de Cortés exhiben ese propósito no obstante las brutales exigencias de la Conquista y los conquistadores […] Sólo por miopía hemos transigido con ruedas de molino, y aplaudido la tonta versión que nos denigra”.[3]
Continuará…
Luis Villegas Montes.
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[1] LÓPEZ OBRADOR, Andrés Manuel. Grandeza, Océano, México, 2026, p. 35. Énfasis añadido.
[2] Nota de la redacción titulada: “Soy el mexicano que más conoce el país, de arriba a abajo: López Obrador”, publicado el 22 de diciembre de 2022. [En línea]. Visible en el sitio: https://lopezdoriga.com/nacional/amlo-lopez-obrador-mexicano-mas-conoce-pais-todos-municipios/ Consultado el 10 de mayo de 2026 a las 6.30 h. Énfasis añadido.
[3] FUENTES MARES, José. Cortés. El Hombre, Grijalbo, 6.ª edición, México, 1981, p. 260. Énfasis añadido.