Calaveras 2026

Diez años lleva la Flaca
persiguiendo a mis chamacos;
en su afán poco destaca,
que vaya por sus tabacos.

Este año volvió muy seria,
con su lista y su guadaña:
“¡Se acabó tanta comedia,
voy hasta Indiana y España!

A Chihuahua paso un rato,

tres de la misma familia,

los cargo como de rayo,

y a viajar hecha la chilla”.

 

LUIS ABRAHAM

Fue a buscar al regidor,
la Muerte al Ayuntamiento;
la mandaron al informe
y tomó asiento al momento.

“Éste preside la Hacienda
—dijo, al afilar el hacha—;
a ver si pronto sí enmienda
las finanzas que están gachas”.

Luis Abraham informaba
con aplomo y con soltura;
la Calaca bostezaba,
sin soltar la empuñadura.

Al final se pidió un canto,
alguien sabía de su fama;
él cantó con tal encanto
que ella olvidó a qué llegaba.

Pidió otra y otra pieza,
ya no intentaba llevárselo;
Deisy movió la cabeza:
“¡Ni se te ocurra robármelo!”.

Salió la Muerte a buscarlo
al terminar la función;
La Muerte por escucharlo

¡fue pidiendo otra canción!

 

LUISA IRLANDA y SOFÍA VICTORIA

Tras Luisita en el gimnasio,
La Vil probaba su suerte;
entre pesas, sin espacio,
nadie reparó en la Muerte.

Quiso alzar una mancuerna
para hacerse la valiente;
se le dislocó una pierna…
le salió rodando un diente.

“Casi dieciocho ya tienes,
¡ya te toca acompañarme!”.
Luisa dijo: “Cuando entrenes
puedes venir a alcanzarme”.

Fue por Sofi hasta la escuela,
vio primero su mochila;
rauda y sin dejar estela
se formó y se puso en fila.

“’Ora verás, chamaquita,
esta vez nada te salva;
te llevo porque te llevo
aunque nos agarre el alba”.

Le pusieron un examen
para ver si era estudiante;
no pasó ni con dictamen:
¡sacó cero la tunante!

Las dos niñas, muy bonitas,
muy aplicadas las dos,
se marcharon derechitas
y la Flaca… ¡ni las vio!

 

MARÍA, CHARLES e ISABEL

En Indianápolis viven,
trabajando noche y día;
dos años de amor conciben
el Charles y mi María.

La Muerte llegó a su casa
en su coche funerario;
pero del porche no pasa,
¡no coincide con su horario!

“Quiero cinco”, Charles dice,

mientras María se hace loca;
La Catrina no comprende,

serias dudas le provoca.

“¿De qué hablaban esos dos,

en términos tan opacos?”,

la pobre no es muy precoz,
¿hablaban de hijos o de tacos?

“¡Cinco niños!”, dice el gringo,
con entusiasmo oportuno.
“Ni mañana ni el domingo:
si acaso tendremos uno”.

Isabel, desde su asiento,
los mira con gran recelo:
“Yo no autorizo el aumento
de habitantes de este suelo”.

Sólo p’a verlos pelear, La Muerte,

¡la muy pazguata!,

no corrió con tanta suerte,

se sentó junto a la gata,

Isabel la vio burlarse

(ya ven cómo son los gatos);

la gata sin inmutarse,
la dejó en puros harapos.

La pareja ya salía,
muy feliz, rumbo al trabajo;
y la Flaca maldecía
con la falda hecha estropajo.

Isabel cerró la puerta
y volvió a su posición:
“Aquí la cuenta está cierta:
los humanos, yo… ¡y sanseacabó!”.

 

ADOLFO, LAURA y LOS ENEMIGOS

Por España andaba Adolfo,
entre libros y cuadernos;
la Muerte dijo: “A este golfo
me lo llevo a los infiernos”.

Laura con muy poca gana,
pregunta qué anda buscando:

“Vuelva usted por la mañana,
hoy estamos editando”.

“¿Editar? ¿Pos qué demonios?
¡Ya traigo aquí sus sudarios!”.
Le mostraron, sin agobios,
Enemigos imaginarios.

La Calaca abrió las hojas,
vio enemigos por montones;
se le encendieron las rojas
y vacías cuencas de horrores.

Dio tajazos al librero,
degolló dos diccionarios;
no encontró ni un romancero:
¡pues eran imaginarios!

“¿Y la boda?”, preguntó,
ya cansada de dar brincos.
“No hay apuro”, él contestó.
“¿Y los hijos?”. “Ni tantito”.

Laura corrigió una prueba,
Adolfo siguió escribiendo;
La Muerte buscó pelea
y acabó el libro leyendo.

Cuando al fin llegó al remate,
ya no encontró a quién llevar:
“¡Que me devuelvan mi tarde!
¡Me lo tienen que firmar!”.

 

CÉSAR JÁUREGUI

Fue la Muerte hasta el encierro
y se asomó a la rendija:
“Ya que te tienen tras hierro,
prepararé tu cobija”.

“No me apartes ningún sitio
ni me midas el cajón;
me sobra vida y litigio
p’a salir por el portón”.

La Muerte, ya muy ufana,
quiso echar mano al cerrojo;
se le atoró la guadaña
¡y se le botó hasta un ojo!

“Pues de esta sí no te salvas,

mi querido amigo ‘El Gordo’”.

Sentenció la aleve calva:

“Y ni te me hagas el sordo”.

“Tú qué sabes, vieja bruja,

yo la libertad recobro.

Chihuahua me está esperando,

nadie quiere al Carroñero,

ni a la loca que lo impuso

y que está peor que un cencerro.

Yo saldré pronto, verás,

 por lo pronto aquí me quedo;

y tú al carajo te vas,

porque no te tengo miedo.

Han intentado doblarme,

No han podido ni podrán;

Much’ombre es el César Jáuregui,

¡Y eso pronto lo verán!”.

Rabiosa se fue La Parca,

lo más cerca del Infierno,

lo más puerco de Chihuahua,

¡al palacio de gobierno!

 

EL PALACIO DEL DESGOBIERNO

Llegó la muerte al palacio
y se anunció sin tarjeta:
“Hoy no vengo por espacio
en la foto ni en la dieta”.

Traía un gran costal de huesos,
un gancho de carnicero,
y un diablito dando besos
por si encontraba dinero.

“Aquí se acaba el desfile,
la sonrisa y el incienso;
vengo a llevarme al que chille
y también al que dé un puesto”.

De mañas y tranzas muchas

se acusó a sus habitantes,

y aunque se pongan capuchas

sus penas serán constantes;

“por eso, aunque hora me chillen”,

dijo La Parca amuinada,

“y me lloren y se humillen,

¡se me van a La Tiznada!”.

 

EL PAN Y LA ETERNIDAD

¡Ay, pobrecito del PAN!

Está más muerto que vivo,

no hay panistas de verdad,

está del horror cautivo.

Limosneros mendigantes,

almas en pena son sus huestes;

piden un hueso o un beso

por salir en les encuestes.

O ya de plano aturdidos,

por miedo a perder la chamba,

imploran de Dios rendidos,

no se los lleve el caramba.

Jorge Romero primero,

con Daniela de rodillas,
Fer Álvarez, traicionero,

prepara a su camarilla.

Ni que hablar de Alfredo Chávez,

que se puso de tapete

a ver si le dan las llaves,

de una “dipu” en el “De eFe”.

Del resto ni hablar se puede,

en su inmensa mayoría,

y a ver qué se les concede,

piden cualquier porquería.

Un platito de garbanzos,

en salones de palacio,

satisfizo, ¡tristes gansos!,

sus ínfulas de batracio.

En el día de los difuntos,
la Muerte, que ya sabía,
los agarró a todos juntos,

perdida la algarabía.

“Así cobro el abandono
de ideales y de amigos;
se les acabó el abono

¡pinche bola de mendigos!”.

“¡Acción Nacional!”, gritaban,

p’a ver si podían salvarse.
“¿Cuál PAN?”, gritaba La Flaca,
“lo acabaron hasta hartarse”.

En manada hacia el panteón,

primero les dieron lumbre,

los metieron al fogón,
y ni así su podredumbre

dejó de vestir sus cuerpos.

La muerte que no claudica,

les sirvió a los pobres muertos,

en su propia bacinica,

un caldo de sabor fuerte,

por cobardes, traicioneros:

“EL CARGO NO ES PARA SIEMPRE,
EL SUFRIR SÍ, CABALLEROS”.

 

MARU: EL RELEVO DE JUDAS

Sábado por la mañana,
en palacio fue el encuentro,
Maru abrió de mala gana:
¡ya la Flaca estaba adentro!

No hubo escolta y ni aviso,
ni ocasión de hacer llamada;
la sacó sin ni un permiso,
en pantuflas, despeinada.

“¡Soy la gober!”. “Qué noticia”.
“¡Tengo fuero!”. “Qué primor”.
“¡Voy a hablarle a la Justicia!”.
“Pues que te marque al panteón”.

Varias horas, encerrada,
sin teléfono ni audiencia;
quiso hacer una llamada:
le respondía su conciencia:

“Traicionera, mala amiga,

debes varias, no te hagas,

sólo vives de la intriga

y ’ora pagas porque pagas”.

“¿Y mi hermano?”. “En otra ruta;
ya le apartaron el viaje.
Aquí el parentesco sí ayuda:
¡les juntamos equipaje!”.

La denuncia en Santa Rita
iba dentro del costal;
la Flaca, que no tramita,
la llevó al teatro infernal.

Allá estaba Judas listo,
con las piernas por afuera:
“¡Por fin alguien! ¡Ya han previsto
quién me cubra la quincena!”.

“No es quincena —dijo Dante—;
ésta viene de relevo”.
Y Judas salió al instante:
“¡Pues que disfrute el empleo!”.

En la boca, la de en medio,
del cruel Lucifer, quedó;
quiso negociar remedio
y el demonio masticó.

La cabeza entre los dientes,
por afuera los zapatos;
crujen huesos insistentes,
chilla la pobre entre trapos.

No acaba de ser comida,
no consigue terminar;
cada vez vuelve a la vida
para volver a empezar.

Sus seis alas baten hielo:
queda el Cocito sellado;
no hay fogata ni consuelo
para el que entrega a un aliado.

Quiso gritar: “¡Soy panista!”,
le salió sólo un chillido.
Luzbel consultó su lista:
“¡lo tienes bien merecido!”.

 

MANUEL CAMPOS GALVÁN Y CERBERO

En esta farsa, a Manuel
lo fue a buscar hasta Suiza;
la Flaca llegó al hotel,
le descompuso la risa.

“Tengo a Cerbero”, decía,
presumiendo protección.
“Yo también”, ella reía:
“¡Pero el mío sí está hocicón!”.

Tres cabezas, seis ojazos,
tres gargantas de alarido;
Manuel quiso darle abrazos
y salió todo jodido.

“¿Y mi hermana?”. “Está ocupada”.
“Mis contactos…”. “No hay señal”.
“Mi empresa…”. “Fue clausurada…
por el perro original.

Santa Rita te menciona
en denuncias y reclamos;
aquí, mientras se pregona,
¡con saliva te cobramos!”.

Le pusieron una mesa,
tinta negra y un tintero:
“Firma contratos, empresa,
con auténtico Cerbero”.

Por cada firma, una tarasca;
por cada sello, un mordisco;
por cada intento de transa,
un colmillo en el menisco.

Quiso contratar escoltas,
quiso comprar al portero;
le dieron sus propias bolsas
p’a recoger lo del perro.

Y así quedó el empresario,
sin hermana y sin amparo:
con contrato extraordinario,
¡pero el precio, muy, muy caro!

 

SANTIAGO DE LA PEÑA GRAJEDA

Llegó Santiago diciendo:
“No es asunto de mi esfera”.
La Muerte seguía leyendo,
lo agarró de la pechera.

“Lo de la feria lo niego;
no me toca administrar”.
“Aquí tampoco hay empleo:
¡lo que te toca es penar!”.

Traía el nombre de su hermano
bien guardado en el bolsillo;
quiso cubrir con las manos
le mordieron el… nudillo.

 “Según lo que han denunciado,
hay mucho por responder”.
“¡Pero eso ya está aclarado!”.
“Pues aquí vas a leer”.

Por voraz, dentro del cuento,
le sirvieron un banquete:

de veras que no lo invento,

eran trozos de zoquete

y varillas contaminados,

que autorizó el mequetrefe

vender a otros descastados,

aunque de todo era el jefe.

Se escondió el Santi corrupto.
La Calaca abrió un proceso:
“¿Dónde andará el insepulto?
¿Dónde se oculta el insecto?”.

“Corrupto” oyó cierto día,
retumbó así el gallinero
y hasta en medios, todavía,

dan vuelo al estercolero.

La Muerte escuchó el graznido
y entreabrió su cartapacio:
“Por fin encuentro tu nido,
¡pajarraco de palacio!”.

Santi quiso emprender vuelo,
pero le pesó el poder;
tres aletazos y al suelo
cayó de pico a sus pies.

“No tengo nada que ver”,
graznó, moviendo el plumero.
“Pues tendrás que responder”,
contestó el sepulturero.

Lo dejaron en el hielo,
sin banquete y sin dinero:
por más que miraba al cielo,

¡no atendían al carroñero!

Así acabó el secretario
en silencio y sin tajada
¡sin poder cambiar de horario
diciendo “ni pasa nada”!

Hoy se pudre en el infierno,

el priista de cajón

solo y su alma el triste engendro

¡muy canalla y muy bribón!

 

ALBERTO DE LA PEÑA GRAJEDA

Alberto llegó detrás,
muy seguro de su hermano:
“Con Santiago, ya verás,
esto queda en nuestras manos”.

“Queda entre manos, es cierto”,
le dijo un diablo panzón;
y lo acomodó, muy tieso,
dentro de un congelador.

Santa Rita daba vueltas
en un carrusel de hielo;
las denuncias iban sueltas
cual zopilotes en vuelo.

Quiso bajar de la feria
y comprar otra función;
le vendieron, ya en la histeria,
un boleto de cartón.

Lo raspó buscando un premio,
lo lamió con devoción:
“¡Me saqué un puesto en el gremio

de primera y por ladrón!”.

Al hermano vio de frente,
los dos tiesos de terror;
se cubrieron mutuamente:
¡no alcanzaba el cobertor!

“¡Haz algo!”, gritó Santiago.
“¡Haz tú!”, contestó el hermano,

“que yo te hice secretario”;
“pues se les pasó la mano”,

dijo el Diablo: “¡y al Calvario!”.

 

Luis Villegas.

  

 

Siguiente
Siguiente

Carta abierta a César Jáuregui